DESDE LA CAVERNA DE PLATÓN

Parque Moret

Incluso en el mejor de los casos, aun suponiendo una ciudadanía modélica, la presencia humana deja huella. Deja papeles, polvo, desgaste, maleza, hojas secas, senderos castigados, mobiliario deteriorado.

Desde la Caverna de Platón

Desde la Cueva de Platón 2Adolfo Morales. ¿Hay alguien al volante?

Parque Moret no necesita discursos pomposos ni más homenajes de ocasión. Necesita manos, atención, constancia y gestión. Necesita jardineros, personal de limpieza, barrenderos, mantenimiento, vigilancia y riego. Necesita, en definitiva, que alguien se haga cargo de lo que tantos proclaman como orgullo colectivo. Porque una cosa es llenarse la boca hablando del gran pulmón verde de la ciudad y otra muy distinta asumir la obligación cotidiana de conservarlo en condiciones dignas.

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¿Hay quien cree que un espacio público de esta magnitud puede sostenerse solo? ¿Que basta con la buena voluntad de algunos ciudadanos para que todo permanezca limpio, ordenado y cuidado? Si así fuera, tampoco harían falta administraciones, ni concejalías, ni planes de conservación, ni responsables públicos. Pero la realidad, tozuda, demuestra lo contrario. Existen ciudadanos ejemplares, personas que pasean, disfrutan y respetan. Y existen también quienes no respetan nada, aunque hayan recibido educación, comodidad y recursos suficientes como para saber comportarse.

Sin embargo, incluso en el mejor de los casos, aun suponiendo una ciudadanía modélica, la presencia humana deja huella. Deja papeles, polvo, desgaste, maleza, hojas secas, senderos castigados, mobiliario deteriorado. La vida en común ensucia, altera y transforma. Por eso limpiar no es un lujo, sino una necesidad básica. Regar no es un capricho. Podar no es un exceso. Mantener un parque no consiste en abandonarlo a una supuesta pureza natural, sino en armonizar naturaleza y uso ciudadano.

Ya está bien de invocar el nombre del Parque Moret como si bastara su simbolismo para sostenerlo. Sin ánimo de establecer paralelos, sino apenas como una anécdota reveladora, recuerdo aquella fotografía de una gran gala en la Rusia de los zares: mujeres cubiertas de joyas y sedas, hombres de uniforme, copas de champán, manjares exquisitos, luminarias deslumbrantes, un salón barroco rebosante de solemnidad. Nadie en aquella imagen parecía sospechar que pocos días después todo aquel mundo se desplomaría.

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Salvando todas las distancias, conviene extraer una lección humilde: menos pompa, menos palabrería, menos solemnidad vacía, y más pie en tierra, más cuidados. Porque lo público no se mantiene con palabras, sino con trabajo. Y por eso la pregunta vuelve, incómoda y necesaria: ¿hay alguien al volante?

Hagamos todo lo posible por hacer de todo lo imposible.

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