Ángel Márquez López. Villanueva de los Castillejos y Puebla de Guzmán son dos pueblos andevaleños que, aunque tengan sus evidentes particularidades que los hacen únicos, guardan alguna que otra similitud. Una que es prácticamente común a cualquier núcleo poblacional es la nomenclatura de ciertas calles. Algunas de estas denominaciones de calles nacen de la espontaneidad y uso diario de los mismos vecinos y que, por el propio peso de lo consuetudinario, no hubo más remedio que oficializarlo.
Estoy hablando de calles como el Cabezo, Nueva, Mesones o Mudo/s. Otras nacen de las instituciones y nos hablan de historias o personajes ilustres locales, como la calle que ambos municipios nombran en recuerdo del pastor Alonso Gómez, quien, según la leyenda, halló en 1460 en el paraje del Prado de Osma (El Almendro) de forma milagrosa dos imágenes de vírgenes, las hoy conocidas como Virgen de Piedras Albas y Virgen de la Peña, patronas de Villanueva de los Castillejos –y El Almendro— y Puebla de Guzmán respectivamente. No obstante, no siempre se puede entrever la historia local solamente a partir de losrótulos de las calles. A veces, incluso los protagonistas de los grandes cambios políticos quedan fuera del callejero. Un ejemplo de esto, y común a ambos pueblos, es el concerniente a dos personajes históricos locales que fueron diputados de las Cortes de Cádiz a principios del siglo XIX.
Francisco Gómez Fernández
Uno de ellos era Francisco Gómez Fernández, nacido en Villanueva de los Castillejos en 1755. Estudió tres años filosofía y cinco de teología en el Colegio Mayor de Santo Tomás de Sevilla y fue bachiller en leyes por la Real Universidad Literaria de Sevilla. Inició su andadura profesional en el
ámbito jurídico y la magistratura pública.
La Guerra de Independencia le sorprendió en Sevilla y, tras la ocupación francesa de la ciudad, buscó refugio en Villanueva de los Castillejos, donde sería parte activa en la resistencia española. Fue entonces cuando en la Junta Suprema, ubicada por entonces en Ayamonte, fue propuesto como asesor del ejército español. Su ferviente oposición francesa y su rechazo a propuestas de adhesión a las autoridades galas le valió para sufrir la incautación y destrucción de dos de sus viviendas en Castillejos.

A finales de 1810 fue elegido diputado de las Cortes de Cádiz por el reino de Sevilla, donde tuvo una actividad parlamentaria destacada. Su postura era marcadamente absolutista, firmemente contrario a la soberanía nacional, a la abolición de señoríos, a la homogenización judicial e incluso al proyecto constitucional, y defendía la figura del rey como única autoridad investida por Dios. A pesar de su postura, es uno de los firmantes de la Constitución de 1812.
Por contradictorio que pueda parecer, esto no fue rara avis. Es indudable que el mayor empuje de los reformistas liberales dejó su impronta en el texto, aunque todas las facciones hicieron concesiones. Y es que los absolutistas apoyaban las Cortes de Cádiz como órgano legítimo provisional y vieron «La Pepa» como medida coyuntural en la crisis política que acontecía, algo transitorio hasta que la vuelta de Fernando VII reinstaurase el orden precedente.
Diego Martín Blanco Serrallas
Y así fue como sucedió en 1814. Por entonces, Diego Martín Blanco Serrallas, nacido en Puebla de Guzmán en 1762, ya era diputado de las Cortes de Cádiz, elegido por los electores del partido de Sevilla un año antes. Comparte perfil educativo con Francisco Gómez, aunque Diego optó por la carrera eclesiástica llegando a ser cura en Chucena, Jerez de la Frontera y Sevilla y, por último, canónigo en la catedral de Sevilla. Ideológicamente también absolutista, su trayectoria política en las Cortes fue breve, cuyo culmen y a la vez cierre fue su participación en la firma del «Manifiesto de los Persas».
Este manifiesto abogaba por la anulación de la Constitución y la vuelta a la monarquía tradicional, y serviría de base para el llamado Decreto de Valencia del 4 de mayo, que proclamaría la restauración del Antiguo Régimen y la abolición de la Constitución. De esta forma, dos andevaleños nacidos a una distancia de apenas 15 kilómentros el uno del otro llegaron a formar parte, por capricho de la historia, del nacimiento y muerte de la primera constitución de nuestro país.
















