DESDE LA CAVERNA DE PLATÓN

La eterna asignatura

El caso de la Fuente Vieja resulta paradigmático. Hoy el visitante encuentra suciedad acumulada, vegetación descuidada y un abandono que contradice cada palabra pronunciada el día de la foto oficial.

Desde la Caverna de Platón

Desde la Cueva de Platón 2Adolfo Morales. En Huelva llevamos años asistiendo al mismo ritual: anuncios solemnes, proyectos de regeneración urbana, placas inaugurales relucientes y fotografías institucionales donde todo parece anunciar un nuevo tiempo para los espacios públicos. Se habla de adaptación, de sostenibilidad, de accesibilidad, de convivencia, de reclama la memoria patrimonial o el orgullo patrio. Se invierten fondos europeos, privados o institucionales y se promete un entorno amable, casi pedagógico, para la ciudadanía. Sin embargo, pasado el eco de los discursos, queda la realidad: nadie limpia, nadie mantiene y nadie cuida.

El caso de la Fuente Vieja resulta paradigmático. Durante su rehabilitación se presentó como un símbolo de recuperación patrimonial y de orgullo onubense. Se aireó, se exaltó y se celebró como si fuese un acto fundacional. Pero una ciudad no se construye con inauguraciones sino con constancia. Hoy el visitante encuentra suciedad acumulada, vegetación descuidada y un abandono que contradice cada palabra pronunciada el día de la foto oficial. La obra terminó; la responsabilidad, aparentemente, también.
Lo mismo ocurre en la Cornisa del Conquero. Ese espacio, que debería ser balcón emocional de la ciudad y refugio cotidiano para vecinos y paseantes, se degrada lentamente por falta de mantenimiento, vigilancia y jardinería básica. La inversión inicial se convierte así en un gesto vacío: se gasta para rehabilitar, pero no para conservar. Y rehabilitar sin conservar no es progreso; es maquillaje.
El resultado es un desagravio a la ciudadanía. Los turistas observan con extrañeza cómo un lugar aparentemente recuperado muestra signos prematuros de abandono. Los vecinos sienten que su espacio común es tratado como decorado temporal. Y lo más grave: se repite el ciclo una y otra vez.
Los espacios públicos no necesitan inauguraciones constantes, sino cuidados constantes. Sin mantenimiento, cualquier inversión es un despilfarro; con él, incluso la más modesta intervención se vuelve digna. Aquí alguien debe asumir responsabilidades y romper, por fin, el verso eterno de la gran foto seguida del mayor de los olvidos.
La eterna asignatura.
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