Hablemos de Valor sentimental con M. D. Castelló

M. D. Castelló nos trae, a un día de la gala de los Oscars, la última reseña de las nominadas a Mejor Película.

Hablemos de Valor sentimental con M. D. Castelló

M.D. Castello. Sección Hablemos de cine. Hay pocas filmografías tan variadas como la de Joachim Trier. Su cine mantiene una identidad muy clara a pesar de moverse entre registros distintos. Puede pasar del drama nacional y angustiante grabado totalmente en plano secuencia de Oslo, 31 de agosto (2011) a la mezcla de terror y relato adolescente de Thelma (2017) sin perder coherencia estilística. Esa capacidad para cambiar de tono sin abandonar su personalidad lo sitúa entre los autores contemporáneos más reconocibles.

Las técnicas formales del cineasta noruego mantienen su sello a pesar de trabajar con varios géneros cinematográficos, sin llegar a la altura de la maestría de Stanley Kubric aunque haciendo guiños a su carrera.

Uno de los rasgos más evidentes de su estilo es el uso de metáforas visuales. El director suele introducir imágenes sencillas que esconden un significado claro pero sugerente. Los poderes sobrenaturales de la protagonista en la ya citada Thelma o el momento en que el tiempo se detiene en La peor persona del mundo (2021) son ejemplos de esa forma directa de transmitir ideas complejas. Su lenguaje simbólico recuerda, en cierto modo, a la aparente simplicidad de las canciones de Elvis Presley: accesibles en la superficie, pero con una carga emocional intensa.

En Valor Sentimental (2025) ese enfoque se vuelve más elaborado. La casa familiar funciona como un símbolo del legado que atraviesa a los personajes, transformándose según los conflictos que cada uno afronta. Sin embargo, la película añade nuevas capas expresivas a través de la iluminación, los espacios, el vestuario o la utilería. El color adquiere un protagonismo inusual y cada plano parece calculado para reforzar el estado emocional de quienes aparecen en pantalla. Una muestra de ello es ver tan pronto a Julien Alary, colorista en la mayoría de películas de Trier, en los créditos finales, algo que no suele reconocerse tanto.

A simple vista, la historia podría parecer previsible o incluso plana en su planteamiento. No obstante, esa aparente sencillez esconde una planificación muy precisa. La película revela un control minucioso de la cámara y de los elementos visuales, lo que la convierte probablemente en la obra más calculada del director.

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La trama gira en torno a la gestión del dolor dentro de una familia. Un padre que ha estado ausente emocionalmente regresa con la intención de reconciliarse con sus hijas a través del único lenguaje que domina: el cine. El personaje interpretado por un magnífico Stellan Skarsgård el el hilo conductor de la narración y conecta el pasado familiar con las nuevas generaciones, encarnadas por Renate Reinsve e Igna Ibsdotter Lilleaas.
Aunque breve, la aparición de Elle Fanning resulta clave. Su presencia introduce un momento de claridad que ayuda a comprender las motivaciones del padre y a reforzar el eje emocional de la historia.

A medida que avanza la narración, el espacio principal —la casa familiar— se vuelve cada vez más blanco y vacío. Este cambio visual acompaña la evolución de los personajes. El rojo, asociado al concepto de “bloodline” o linaje familiar, acaba cediendo su lugar al blanco del papel en el que el protagonista escribe sus guiones, transformando su propia vida en relato.

Al igual que ya lo hizo Spielberg en su autobiografía particular, Los Fabelman (2022), el padre de familia, también director de cine, solo sabe hablar de sus sentimientos a través del arte cinematográfico, es por eso que casi siempre vemos a los personajes rodeados en la mayoría de ocasiones de elementos y paredes blancas, como si estuviésemos leyendo sus vidas y el vestuario y atrezo que utilizan reflejan sus emociones más que sus palabras.

El final es una forma que ha tenido Joachim de sincerarse consigo mismo y con los espectadores, firmando así una obra con una lectura enriquecedora que nos hace preguntarnos si realmente lo que hacemos es lo que amamos y si la esencia humana está en el disfrute de las cosas banales o en el amor hacia la historia familiar y el respeto y cariño que hay que mostrar al hablar de ella, ya sea llorando a los pies de una cama o representada sobre un escenario.

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