M. D. Castelló. Sección Hablemos de cine. No es ningún secreto que Una batalla tras otra (2025) parte como clara favorita en la carrera hacia el Óscar a mejor película. La temporada de premios respalda esa condición: ha acumulado más de treinta galardones, entre ellos el Globo de Oro, el BAFTA y el premio del Sindicato de Productores. Un palmarés que avala su impacto, aunque también invita a preguntarse si realmente se trata de la mejor película del año.
Hablar de la obra de Paul Thomas Anderson implica referirse a uno de los cineastas más influyentes del cine contemporáneo. Su aproximación al medio se caracteriza por una puesta en escena realista, una mirada directa a los personajes y una confianza casi absoluta en los recursos físicos del rodaje. Sus películas rara vez dependen del artificio digital; prefieren la textura de lo tangible, de los espacios reales y de los efectos prácticos.
Mucho antes de que Christopher Nolan popularizara su rechazo a los efectos digitales, Anderson ya defendía una estética basada en la materialidad de la imagen. Esa filosofía también se refleja en la dirección de actores, siempre intensa y profundamente naturalista.
En Una batalla tras otra esa identidad visual se mantiene. La fotografía adopta un tono quemado y granuloso, menos refinado que en trabajos anteriores como The Master (2012) o Pozos de Ambición (2007), pero igualmente reconocible. El reparto ofrece interpretaciones sólidas, las localizaciones están escogidas con precisión y el humor ácido se mezcla con momentos de intensa carga emocional.
El problema aparece en el terreno del guion. Tras el visionado, la historia deja una impresión curiosamente efímera. La película plantea un arranque complejo, con una introducción de aproximadamente media hora dedicada a situar a los personajes y sus conflictos. Sin embargo, el desarrollo posterior simplifica ese planteamiento inicial hasta convertirlo en una narración mucho más convencional.
La trama termina reducida a una persecución de tono casi paródico entre bandos enfrentados. El desenlace, además, resulta sorprendentemente buenista y recuerda —de forma casi involuntaria— a la resolución de Buscando a Nemo (2003). Esa claridad narrativa contrasta con la densidad que suele caracterizar el cine del director.
Nada de esto convierte la película en un mal trabajo. Al contrario: cada elemento revela dedicación y oficio. Pero cuesta imaginar que el film deje una huella duradera comparable a la de obras anteriores del cineasta, como El Hilo Invisible (2017).
El Anderson más interesante aparece en momentos concretos. Destacan especialmente las escenas protagonizadas por Sean Penn, que ofrece una de sus interpretaciones más estimulantes en años mientras su personaje intenta integrarse en la organización conocida como “Los Amantes de la Navidad”. En esas secuencias reaparece el director capaz de combinar ironía, tensión y belleza visual, evocando incluso el tono de Magnolia (1999).
También merece mención el clímax de la persecución final, filmado con precisión y energía. Aun así, resulta difícil no compararlo con referentes del cine de acción como El Caso Bourne (2002) o Death Proof (2007), donde ese tipo de secuencias alcanzaban una intensidad mayor.
Parte del éxito de la película reside en su vocación de entretenimiento. Funciona con eficacia como relato dinámico, pensado para mantener el interés sin exigir demasiada reflexión. Algunos espectadores han querido ver en ella una crítica al clima político y social de Estados Unidos, representado mediante una especie de guerra civil soterrada. Sin embargo, esa lectura queda apenas esbozada y se desarrolla con trazo grueso, caricaturizando por igual a las distintas posturas ideológicas.
Los personajes, en consecuencia, resultan más esquemáticos de lo habitual en el cine de Anderson. Sus motivaciones son simples y el conflicto termina reduciéndose al egoísmo de quienes lideran ambos bandos.
Resulta una lástima, porque la película contiene elementos de enorme potencial. A pesar de los numerosos premios que ha recibido, da la impresión de que el reconocimiento celebra más una versión accesible del director que la profundidad que suele definir su filmografía.
En cualquier caso, conviene aclararlo: Una Batalla Tras Otra es una buena película y merece ser vista. Dentro del panorama cinematográfico de 2025 podría considerarse una obra valiosa. Sin embargo, al compararla con el conjunto de la carrera de Paul Thomas Anderson, la sensación es distinta: en el contexto de su filmografía, más que oro parece una pieza de bisutería.


















