Adolfo Morales. No conocer tu propia historia es caminar con los ojos vendados por la casa en la que naciste. En España, esa ceguera no es inocente: es una herencia fabricada. Si ignoramos de dónde venimos, tampoco entendemos por qué muchos de nuestros padres callaron, por qué muchos de nuestros abuelos miraban al suelo, qué miedo se coló en las sobremesas y qué silencios se nos pegaron a la piel.
La historia reciente nos obliga a nombrar lo sucedido: el golpe de Estado de 1936, el llamado «alzamiento nacional» y la Guerra Civil que Francisco Franco dirigió contra la Segunda República. No fue solo una disputa de banderas; fue la ruptura de un proyecto de derechos y de modernización, y después una dictadura que castigó al vencido con palizas, cárcel, exilio, hambre, humillación y, en demasiadas ocasiones, muerte. Mientras la mayoría —pobres, agricultores, jornaleros, empleadas, sirvientes— hipotecaban su vida para sobrevivir, otros por adhesión o sumisión, consolidaban poder bajo el paraguas del fascismo: cargos, tierras, negocios, privilegios, reconocimientos, medallas. Parte de esa ventaja se transmitió como una herencia «limpia»: empleos, propiedades, terrenos sin escriturar. Pero cuando la riqueza nace de la violencia y del expolio, inevitablemente le acompaña una sombra de vergüenza y culpabilidad.
En Huelva, además, la memoria se cruza con otra vergüenza: la simpatía y la colaboración con el nazismo en ciertos círculos, la presencia de agentes alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y el paso de fugitivos y redes de apoyo. Complicidades que ensuciaron la dignidad de quienes carecieron de ella.
Por eso importan los nombres: Azaña defendiendo la legalidad; La Pasionaria encendiendo la resistencia; Machado y Lorca como símbolos de una cultura truncada; Companys fusilado; miles de maestros depurados; miles de represaliados; mujeres violadas; y cientos de asesinados en muros y cunetas, en caminos que quisieron ser de esperanza. Y también importa la Transición, con su pacto de olvidar: útil para frenar la violencia, pero insuficiente para reparar. Sin verdad y justicia, la democracia nace con muletas. Intentar tapar la historia te hace cómplice.
El desconocimiento no te hace neutral: es un riesgo. Quien no sabe de dónde viene, se vuelve fácil de manipular; confunde propaganda con memoria, consigna con argumento, y termina defendiendo ideas que lo dañan sin darse cuenta. En los jóvenes, ese vacío se disfraza de «no va conmigo», pero acaba siendo «pueden decidir por mí». Sin historia no hay criterio; sin criterio, cualquier voz que grite más fuerte parece verdad. Aprender el pasado —aunque incomode— es una forma de protección: te da palabras para detectar el abuso, para reconocer la injusticia y para no repetirla con otra bandera.
No tener memoria significa no saber quién eres. Conocer no es abrir heridas; es impedir que las cicatrices se conviertan en ley, es saber de donde vienes.
La Caverna de Platón. Abolir la ignorancia.
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