Hablemos de Frankenstein con M. D. Castelló

M. D. Castelló nos trae para esta semana la reseña de la película Frankenstein

Hablemos de Frankenstein con M. D. Castelló

M. D. Castelló/Sección de cine. Resulta complicado imaginar a un cineasta más idóneo que Guillermo del Toro para afrontar una nueva adaptación de la novela de Mary Shelley. Su filmografía ha estado siempre atravesada por criaturas marginales y figuras monstruosas entendidas no como entes desprovistos de humanidad, sino como seres incomprendidos. Ahí están Pinocho (2022), otra reinterpretación contemporánea del mito de Prometeo, o La forma del agua (2017), con la que obtuvo dos premios Óscar a mejor película y mejor dirección. En 2025, el realizador mexicano presenta su visión de Frankenstein.

La película se mantiene razonablemente fiel al texto original, aunque no ha evitado el recelo de algunos lectores puristas. Del Toro, no obstante, introduce variaciones que refuerzan su sello autoral en lo que supone su decimotercer largometraje. Su firma se reconoce en la empatía hacia los inadaptados, en estallidos puntuales de violencia explícita, en un estilismo visual desbordante y en una narrativa que deposita gran parte de su peso en el diseño de producción más que en la palabra.

El director apuesta decididamente por lo visual como vehículo psicológico. Los conflictos, deseos y contradicciones de los personajes se expresan a través del color, la composición y los objetos. Es una estrategia que viene puliendo desde La Cumbre Escarlata (2015), donde ya demostraba su interés por convertir la escenografía en discurso.

En los primeros compases del metraje quedan establecidas las reglas simbólicas del universo que propone: el significado de los colores, las texturas del vestuario y la carga emocional de los espacios. A lo largo de la película predomina el verde en la fotografía, tonalidad que adquiere especial relevancia con la aparición del personaje interpretado por Mia Goth, sobria y eficaz aunque discreta en la suma total, envuelta en un llamativo verde esmeralda que despierta la obsesión del Victor Frankenstein encarnado por Oscar Isaac.

El arco emocional de Victor también se construye mediante símbolos recurrentes. La insistencia en la leche como elemento visual remite a la represión de su duelo materno, subrayado por la presencia del blanco en el sarcófago de su madre. El rojo, por su parte, aparece asociado tanto a la figura femenina protectora como a detalles del vestuario del propio Victor, estableciendo un diálogo cromático constante también enlazado con la madre del protagonista.

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La cámara no permanece estática en (prácticamente) ningún momento. El movimiento, incluso en los planos más sutiles, genera una sensación de inmersión progresiva en ese mundo gótico y opresivo. Una técnica que recuerda a la empleada por Alfonso Cuarón en Gravity (2013) o Alejandro G. Iñárritu en El renacido (2015), donde la movilidad refuerza la experiencia sensorial del espectador.

El apartado artístico alcanza cotas notables. La recreación de paisajes helados, torres amenazantes y una Inglaterra victoriana minuciosamente detallada evidencia una producción ambiciosa en la que no se han escatimado recursos. Cada escenario contribuye a consolidar la atmósfera trágica y romántica que define la propuesta.

El punto más controvertido reside en la concepción del monstruo, interpretado por Jacob Elordi. Lejos de la criatura grotesca y fragmentada que cimentó el terror de la novela, aquí se presenta como una figura estilizada, casi armoniosa y dotada de capacidades superheroicas. Pese al compromiso del actor, esta reinterpretación resulta menos verosímil que el resto del conjunto y diluye parte del impacto original.

Con todo, Frankenstein se erige como un espectáculo visual de primer orden, respaldado por una narración sólida y un despliegue técnico sobresaliente. Está llamada a ocupar un lugar destacado dentro de la filmografía de Del Toro, junto a títulos como El laberinto del fauno (2006) o la ya mencionada La forma del agua. Una obra que confirma su coherencia temática y estética, justo cuando el cineasta parece inclinar su futuro creativo hacia la animación.

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