M.D. Castelló. Durante un tiempo, una parte significativa del público dio por hecho que Chloé Zhao había dejado atrás su sensibilidad autoral al aceptar dirigir Eternals (2021), una de las entregas más solventes del engranaje Marvel. La decisión resultaba, como mínimo, desconcertante: no mucho antes había sido reconocida con el Óscar a la mejor dirección por Nomadland (2020), galardón que ganaba una mujer por segunda vez en la historia tras Kathryn Bigelow por En tierra hostil (2008). La pregunta era inevitable: ¿qué hacía una cineasta de vocación íntima integrándose en la industria más espectacular y comercial del momento?
Solo unos pocos confiaron en que aquel desvío respondía a una necesidad coyuntural más que a una renuncia creativa. Que se trataba de un paréntesis, un medio para garantizar la libertad de volver a filmar desde un lugar honesto y personal. Hamnet (2025) confirma esa intuición.
La película se articula desde una delicadeza constante, construyendo su relato a partir del afecto, la empatía y un dolor contenido que nunca se vuelve impostado. Zhao demuestra una notable madurez al manejar el tono, evitando la manipulación emocional y apostando por una progresión orgánica de los sentimientos.
El primer tramo del metraje se instala en una cotidianidad luminosa (nunca mejor dicho), donde predominan la armonía familiar y la sensación de plenitud compartida. Esta elección no es gratuita: funciona como anclaje emocional y permite que el posterior conflicto cale con mayor profundidad, estableciendo una conexión directa entre el espectador y los personajes.
Formalmente, Hamnet apuesta por una sobriedad milimétrica. Cada encuadre, cada gesto y cada silencio parecen calculados para reforzar lo que no se verbaliza. La puesta en escena actúa como un discurso paralelo, ampliando el significado de la narración sin subrayados innecesarios.
Bajo esta aparente sencillez se despliega una riqueza temática sorprendente. La obra reflexiona sobre el amor, la pérdida, la construcción del núcleo familiar, la espiritualidad invisible y el desgarro íntimo de los creadores enfrentados a su propio proceso artístico. Todo ello convive en un equilibrio notable, sin que ningún elemento eclipse al resto ni derive en exceso.
En su aproximación libre a la figura de William Shakespeare, la película introduce referencias veladas a su legado literario mediante detalles sutiles y ecos narrativos. Lejos de ceñirse a los códigos del biopic convencional, el film opta por sugerir antes que explicar, confiando en la inteligencia del espectador.
Hamnet se consolida así como una de las propuestas más valiosas del cine de 2025. Su posible distancia con parte del público no nace de debilidades estructurales, sino de una apuesta clara por la introspección frente al estímulo inmediato. Una obra que exige sensibilidad y paciencia, y que recompensa a quien esté dispuesto a mirar el dolor humano sin filtros ni artificios.
















2 comentarios en «Hablemos de Hamnet con M. D. Castelló»
Creo que quién no la haya visto , al leer está maravillosa reflexión o crítica o como la queramos llamar, no dejará de ir al cine para disfrutarla.
Sensibilidad pura. Ni un detalle se ha dejado al azar. La música, la fotografía, la ambientación y la magnífica interceptación del elenco hacen que nos sumerjamos en la historia y nos conmueva.