M. D. Castelló. Todos los años, entre las nominadas a mejor película, aparece un título que destaca más por su presencia industrial que por su verdadera solidez artística: Joker (2019), Mank (2020), CODA (2021), Barbie (2023), Emilia Pérez (2024)… y ahora, Sinners (2025).
La película más nominada a los Óscar de este año es un blockbuster clásico aquejado de una evidente crisis de identidad y sustentado por una estructura narrativa que roza la desgana creativa. Ryan Coogler firma un nuevo relato sobre el maltrato histórico hacia la población negra, esta vez envuelto en una pátina de fantasía blanda que acaba diluyendo y desactivando la fuerza de su mensaje central.
Los diálogos, tediosos y carentes de ritmo, intentan emular sin éxito el cine de gangsters de segunda fila. Sin embargo, el mayor problema no reside en ellos, sino en la escasa fe depositada en la propia escritura del relato. La historia parece avanzar sin convicción, como si nunca confiara del todo en sus propias ideas.
Resulta involuntariamente cómico comprobar cómo unos asesinos con poderes sobrenaturales se amedrentan ante un palo de madera y una botella de licor de maíz, anulando por completo cualquier atisbo de amenaza. La supuesta tensión se diluye en una atmósfera artificiosa, tan plástica como casi imperceptible.
Coogler incurre por momentos en una pretenciosidad que no se traduce en dirección de actores efectiva. El resultado son interpretaciones de un nivel comparable al de Mark Wahlberg en Transformers: La era de la extinción (2014), actuaciones sorprendentemente suficientes, al parecer, para asegurar varias nominaciones.
Sería fácil enumerar una larga lista de decisiones erróneas tomadas a lo largo del metraje, pero hay una especialmente reveladora. Michael B. Jordan interpreta a dos hermanos gemelos, supuestamente con personalidades muy distintas. Para evitar cualquier posible confusión, cada uno viste sistemáticamente de un color diferente —azul y rojo—, una solución tan obvia como innecesaria, que recuerda al uso de los sables láser en Star Wars (1977). Un gesto que evidencia, una vez más, la escasa confianza depositada en la inteligencia del espectador y en el propio trabajo actoral a la par que el del realizador.
Pese a todo, el diseño de producción y la banda sonora rozan la excelencia y se erigen como los únicos elementos capaces de sostener mínimamente la experiencia cinematográfica.
Lo que queda es una historia que se desmorona conforme avanzan los minutos, una inteligencia diegética inexistente, una redundancia narrativa agotadora incluso para el espectador menos exigente, protagonistas glorificados a pesar de su condición de asesinos, perfiles psicológicos planos como el papel de fumar y conflictos sin peso ni motivación. Un conjunto de carencias que convierte a Sinners en un ejemplo paradigmático de cómo una película puede acumular nominaciones mientras pierde, por el camino, casi todo lo que la haría merecerlas.
















2 comentarios en «Hablemos de Sinners con M. D. Castelló»
Magnífica crítica.
Magnífica crítica, directa y bien fundamentada.