Teresa Herrera Vidarte. Escribo desde un lugar donde el dolor no tiene forma todavía. Un lugar quebrado, silencioso, en el que el nombre de María Clauss pesa más que nunca. Me cuesta escribir en pasado, me cuesta aceptar que María y Óscar Toro ya no están, que su viaje se interrumpió de manera brutal en el accidente ferroviario de Adamuz. Hay ausencias que no se asimilan, se instalan. Y esta se ha quedado a vivir en mí.
Conocí a María desde la cercanía diaria, desde su carisma arrollador, desde el trabajo compartido, desde la complicidad tranquila que nace cuando dos personas creen en la cultura como un acto de cuidado. En el Museo de Huelva organizamos exposiciones juntas –La Joya, José Caballero– y hoy esos recuerdos son como fotografías interiores, escenas detenidas que vuelven una y otra vez, cargadas de una luz que ya no existe fuera de la memoria.
María era fotógrafa, sí, pero sobre todo era mirada. Roland Barthes escribió en La cámara lúcida que toda fotografía contiene un esto ha sido, una certeza irrefutable de vida que, al mismo tiempo, anuncia la muerte. María entendía esa paradoja sin teorizarla. La vivía. Cada retrato suyo era un diálogo con el tiempo, una forma de decirle al mundo, Mira bien, esto importa, esto no volverá.
Para ella, un retrato no era solo un rostro, era una biografía condensada. Una fotografía no era un objeto, sino un espacio donde el pasado se quedaba quieto para que el futuro pudiera encontrarlo. Susan Sontag escribió que fotografiar es una manera de apropiarse de lo fotografiado, de establecer una relación con el mundo. María no se las apropiaba, simplementecapturaba la esencia de la realidad vital.
Huelva fue siempre el centro de su universo emocional. Su ciudad estaba en su cámara como otros llevan a alguien querido en el bolsillo. La fotografió sin estridencias, sin poses, con una devoción casi íntima. Supo ver la belleza donde otros solo veían costumbre. En sus imágenes Huelva respira, recuerda, se reconoce. María nos devolvió una ciudad más verdadera porque la miró con amor.
Como profesional era exigente, meticulosa, profundamente honesta. Pero era su humanidad lo que hacía que todo brillara un poco más. Tenía la rara virtud de sumar sin imponerse, de enseñar sin subrayar. Y tenía risa. Una risa que ahora echo de menos con una intensidad que duele físicamente.
Hoy entiendo mejor que nunca eso que tantos autores han dicho sobre la fotografía: que es un territorio donde conviven la vida y la muerte, donde el tiempo se detiene solo para recordarnos que no se puede detener. María ahora habita ese lugar. Vive en cada imagen que dejó, en cada encuadre que salvó del olvido, en cada gesto suyo que mi memoria se empeña en repetir.
Me ha dejado rota, sí. Con una grieta que no se cerrará. Pero también me ha dejado una huella luminosa, una forma de mirar que ya es parte de mí. Quizá de eso se trate al final, de aprender a seguir viviendo con las ausencias, de aceptar que hay personas que no se van del todo porque su mirada enfoca el mundo desde algún lugar invisible.
Huelva sigue ahí. La luz sigue cayendo sobre sus calles. Y en algún punto, detenido para siempre, está el objetivo de María Clauss, recordándonos que hubo una mujer que supo amar esta ciudad ,y la vida, con una verdad tan profunda que ni siquiera la muerte ha podido desenfocar.
María Clauss, Huelva en el objetivo.















