MCLópez. Durante décadas, cuando caía la tarde en Punta Umbría y el calor empezaba a aflojar, llegaba la magia, había un ritual que marcaba el inicio de la noche: el camino pausado hacia el Cinemar San Fernando. No era solo un cine, sino una forma de entender el verano. Situado en la plaza de Pérez Pastor, aquel recinto al aire libre se llenaba cada noche de sillas metálicas, conversaciones cruzadas y ese murmullo previo que solo existe antes de que se apague la luz y la pantalla cobre vida. El tiempo espléndido de este día de Reyes Magos, jornada tan evocadora de la memoria, invita a recrearse en la memoria puntaumbrieña que tantos onubenses compartimos. Viendo unas fotos antiguas nuestra mente se traslada treinta, cuarenta incluso cincuenta años atrás, rememorando un entrañable escenario vital.
Cada uno de nosotros, a partir de los que superan los cuarenta, tiene un trozo de su vida conectada al San Fernando. Vivencias en esa época imborrable de la adolescencia y juventud. Este entrañable y mágico cine puntaumbrieño mantenía la estética de los veranos de los años cuarenta y cincuenta, de modo que las sensaciones nos permitían viajar n el tiempo tres o cuatro décadas atrás. De alguna forma nos trasladaba a la época de nuestros padres, cuando ellos eran también jovenes.
Una de las fotografías que publicaremos más adelante es anterior, o como mucho correspondiente, a 1950. Y en 1955 tuvo un episodio estelar, con la celebración de la I Semana Cinematográfica de Punta Umbría, del 16 al 21 de agosto.
Profesionales del séptimo arte y celebridades se dieron cita en unas jornadas que impactaron a lugareños y veraneantes. Si hubiese tenido continuidad este certámen habría sido de los más antiguos de España, solo superado por el célebre Festival de Cine de San Sebastián, que inició su andadura en 1953.
La iniciativa se asocia directamente al entonces alcalde José (Pepe) Figueroa Agea, a quien se atribuye el impulso y la capacidad de “traer” cine y gente de cine para darle brillo a la cita. Y, según una crónica posterior, por allí pasaron actores y actrices de primera fila (se mencionan nombres como Paco Rabal, Maruja Asquerino, Antonio Vilar, María Fernanda Ladrón de Guevara o César González Ardavín), lo que ayuda a entender por qué aquello se vivió como un acontecimiento excepcional para un pueblo de veraneo de la época.
También hay un detalle muy revelador: el eco mediático llegó hasta el NO-DO. En el archivo de RTVE figura un noticiario de septiembre de 1955 (NOT N.º 661 B, fechado 05-09-1955) que incluye un bloque titulado “Cinematografía: El festival de Punta Umbría” (junto a una visita al Monasterio de La Rábida). Eso no te lo cubría el NO-DO por rutina: sugiere que, para el relato público de entonces, la Semana tuvo suficiente entidad como para merecer “pantalla” nacional.
El Cinemar San Fernando funcionaba como un pequeño corazón social. Allí se daban cita familias enteras, pandillas de adolescentes y parejas que buscaban la penumbra cómplice de una película bajo las estrellas. El cine olía a salitre, a refrescos recién abiertos y a bocadillos improvisados; los sonidos del pueblo se colaban sin pedir permiso, mezclándose con los diálogos del filme y recordando que el espectáculo no estaba encerrado entre paredes, sino abierto al cielo de julio y agosto.
Las películas eran importantes, claro, pero casi nunca eran lo esencial. Lo verdaderamente inolvidable era la experiencia. El aire nocturno corriendo entre las filas, el rumor del mar a lo lejos, el vecino que comentaba la escena en voz baja, el niño que se quedaba dormido antes del final. Cada sesión era distinta, aunque el ritual se repitiera noche tras noche, verano tras verano. Recuerdo especialmente cuando fui con varios amigos y amigas a ver la película de adolescentes ‘Polo de Limón’. Me impactó.
Como tantos cines de verano, el San Fernando vivió su esplendor en una época en la que el ocio era compartido y amable, cuando salir al cine significaba encontrarse con el pueblo entero. Con el paso del tiempo llegaron otras formas de entretenimiento, los multicines cerrados, la televisión y los cambios urbanísticos. El cine fue apagando su proyector hasta que, a mediados de la década de 2000, desapareció físicamente del paisaje urbano.
Hoy el Cinemar San Fernando ya no existe, pero sigue ocupando un lugar muy concreto en la memoria colectiva. Vive en los recuerdos de quienes aprendieron allí a amar el cine, en las historias de veranos interminables y en esa nostalgia dulce que despierta pensar en una pantalla blanca recortada contra el cielo nocturno. Porque hay lugares que, aunque desaparezcan, nunca se van del todo.














1 comentario en «La fascinación, imborrable en la memoria, del Cinemar San Fernando de Punta Umbría»
Un excelente artículo que refleja con sensibilidad la añoranza de muchos no solo por la perdida de un edificio sino también de ese ambiente tan bien reflejado. Enhorabuena