José Manuel Alfaro/ Sección de ficción ‘Cuaderno de Muleman’. Volver a nacer, hacerle una nueva raya al tigre, lo de las siete vidas del gato, ver una luz al final del túnel, volver del más allá, tener una experiencia cercana a la muerte, vivirlo para contarlo, salvarse por un segundo, ver los tres pelos al lobo, besar el suelo, volver a nacer, lo de mañana será otro día, y que el tuerto volverá a ver los espárragos, de buena me he librado, dios me puesto la mano encima, los astros se han alineado para que no haya ocurrido lo que debía de haber ocurrido y no ocurrió o hoy no estaba escrito mi último día, son algunas de las frases que habrían pasado por la cabeza de este hombre, al que la muerte venía a visitarlo y al que finalmente lo ha hecho un cortador profesional de jamón.
Nadie sabe cuándo va a venir ese momento, el de la muerte, del que muchos piensan qué está escrito, que hay un lugar, una especie de cuaderno o una escritura vital donde alguien, no se quien, si con barba o sin barba, ni edad conocida pero más mayor que el Rey eso sí, se dedica en los ratos libres a escribir los designios de la gente, colocándote delante de la muerte, eligiendo como va a suceder, dónde a qué hora, como si fuera el notario que está dando fe de la hipoteca de una vivienda que terminaras de pagar treinta y cinco años después, un crédito que te esclavizará a este mundo para siempre y lo peor es que te robará toda capacidad económica para poder hacer el viaje de tu vida, ese que siempre quisiste hacer a las pirámides de la que fueron partícipes los alienígenas.
Pero esta vez no ha sido así, nadie con guadaña se ha cruzado en el camino de este hombre en Bonares, que cuando creía que todo estaba perdido, que sentía como se elevaba del suelo, que parecía estar volando, que no sentía dolor alguno, que todo era júbilo y alegría mientras un lince blanco le lamía la cara, todo eso se esfumó porque apareció de entre la niebla un cortador profesional de jamón, posiblemente con la hoja de acero más afilada del mundo para salvarle la vida y regalarle la misma vida de mierda que estaba viviendo. La misma vida que le había obligado horas antes a firmar un préstamo para pagar una deuda que no podía pagar, pero esta vez avalada por su madre y su padre.
Lo cierto es, que este hombre conducía por la carretera, cuando perdió el control, cuando algo parecido a una capibara se atravesó. Luego vino lo de perder el control, las vueltas en el asfalto, la salida de la vía, hasta que un árbol paró el coche. Él había quedado boca abajo, había sobrevivido y solo le impedía salir, antes de que el coche explotara, quitarse del cinturón y arrastrarse como una serpiente por el suelo hasta un lugar seguro donde pudiera ver cómo el coche se incendiaba y saltaba por los aires. Pero su vida dependía de un cinturón que lo tenía atado a la muerte en ese momento, eso y el préstamo que nunca iba a devolver y que acaba de firmar.
Hasta que la providencia se hizo, plato de jamón de récord tras setenta y dos horas sin dormir, ciento cincuenta kilos y treinta y ocho jamones y todo gracias al talento del cortador de jamones más laureado de todos los tiempos y la hoja de un acero extraterrestre afilada con el láser más preciso, que fue capaz de cortar el nylon de un cinturón de seguridad, que lo devolvió la vida y sus deudas.























