Manuel J. de Lara Ródenas. Cuando, en 1964, siendo alcalde de Huelva Manuel López Rebollo, fue demolida la iglesia del antiguo convento de San Francisco, la única voz que salió en defensa de aquel templo del siglo XVI, finalmente derruido por la piqueta, fue la de Diego Díaz Hierro. En el diario Odiel del 25 de septiembre de ese año, Díaz Hierro afirmaba con tristeza que “nuestro silencio hubiera sido un absurdo. Y del silencio al olvido hay menos que un palmo”. No salió en su defensa ninguna voz más: ni eruditos, ni periodistas, ni onubensistas de aquí y allá.
Y no es porque entonces el régimen político español fuera una dictadura: años después, ya en la democracia, siendo alcalde de Huelva Juan Ceada Infantes, fue derribado el palacio de los Garrocho de la calle de la Fuente (sin duda, el inmueble más emblemático del caserío antiguo de Huelva, levantado en los siglos XVI y XVII) para construir el anodino edificio que lo sustituyó, y tampoco se multiplicaron las voces en contra.
Lo mismo puede decirse en la mayoría de los atentados que el menoscabado patrimonio histórico de Huelva ha ido sufriendo desde hace unas décadas hasta el día de hoy, de tal manera que la desastrosa gestión patrimonial que venimos sufriendo no solo debe achacarse a políticos insensibles, técnicos indiferentes o empresarios voraces, sino también a parte de una ciudadanía que, en buena medida, pese a algunos golpes de pecho, se ha venido instalando tradicionalmente en el silencio por comodidad o por no indisponerse con las administraciones de las que espera algún beneficio.
Sin embargo, un centenar de personas procedentes de la universidad y diversos colectivos sociales se concentraron el pasado día 15 de octubre para protestar de la pretendida recalificación y derribo de la casa donde Diego Díaz Hierro nació, vivió y trabajó por construir gran parte de lo que hoy es Huelva en términos históricos e identitarios.
No es que alzar la voz sea siempre útil. Cuando en su día, por ejemplo, protesté en la prensa por el derribo de la célebre Jangarilla por acabar así con una de las leyendas más importantes que tenía Huelva (la que decía que en esa casa nació el predescubridor de América Alonso Sánchez), nadie hizo caso y el inmueble, con su leyenda, fue sustituido por la incalificable “plaza” que está entre la avenida Pablo Rada y la ermita de La Soledad. Sin embargo, cultivar el absurdo silencio contra el que advertía Díaz Hierro es condenarnos a ser víctimas de quienes atentan contra un patrimonio que, desde cualquier punto de vista, es una fuente de cultura y, por qué no, también de riqueza futura.
Ahora resulta que el Ayuntamiento quiere recalificar y derribar la casa del historiador Diego Díaz Hierro, después de que corporaciones municipales de Huelva de uno y otro signo hayan sido incapaces de cuidarla, conservarla y protegerla durante los 46 años (¡casi medio siglo!) que han pasado desde la muerte del historiador. De ese derribo que se pretende nos hemos ido enterando a cuentagotas. Hace tan solo unos días dijo el Ayuntamiento de Huelva que la iba a proteger, y muchos nos alegramos, porque ha sido una constante reivindicación de grupos y personas en los últimos años. Después dijo que iba a cambiar el uso dotacional socio-cultural por el residencial y pensamos: “aquí pasa algo”. Y por último dijo (todo como en una película de suspense) que la protección de la casa de Díaz Hierro consistía en su derribo.
Lo que se pretende, en suma, es recalificar y derribar la casa, reproducir la fachada (que será una imitación, un falso histórico) y construir encima cuatro plantas de pisos a cambio del local comercial que se haga, en el que se pondrá, si acaso, un “centro
de interpretación” como premio de consolación. Un local comercial, por mucha fachada imitada que tenga, sobre el que se levanten cuatro plantas de pisos, no es la casa de Diego Díaz Hierro, ni formalmente ni en espíritu.
Y, a todo esto, el informe municipal redactado ad hoc afirma que la casa (diseñada por uno de los mejores arquitectos de la historia de Huelva, Francisco Monís, y que es de los pocos inmuebles burgueses de principios del siglo XX que quedan en la ciudad) tiene “cierto” valor histórico y arquitectónico. Esa palabra, “cierto”, tan ajustadamente metida ahí, me recuerda cuando, bien avanzados los años ochenta, el arquitecto de la Delegación Provincial de Cultura, de cuyo nombre no quiero acordarme, puso en su informe sobre la ermita de La Soledad que sus muros eran meros “muñones” y que aconsejaba también su derribo. Menos mal que entonces pudimos pararlo.
En resumen, que se quiere construir al menos cuatro plantas de pisos para su venta, que la promotora va a ganar bastante dinero, que el piso inferior va a imitar la fachada de la casa y que, una vez derribada, se acabó la cuestión. Tengo delante una
copia autorizada del testamento de Diego Díaz Hierro, otorgado el 15 de abril de 1977 ante el notario de Huelva Virgilio Rey Amaya.
En su cláusula sexta, se dispone que “la casa número veintisiete de la calle Fernando el Católico de esta ciudad se destinará a pequeño museo particular [de] historia de Huelva, conservando en la misma todo lo que existe”. Dice “la casa”, no el local con fachada imitada de un bloque de pisos que se construya en su solar. Lo digo porque he leído que, derribando la casa y construyendo el bloque, se respeta la voluntad de Diego Díaz Hierro. No es así. El Ayuntamiento de Huelva recibió en 1989 la casa y el extraordinario legado histórico que contenía para gestionar el museo, no para otra cosa, y así debería cumplirse.
Para facilitar efectivamente la construcción y venta de los pisos, el Ayuntamiento está dispuesto a recalificar el inmueble, eliminando el uso dotacional socio-cultural que hoy tiene por un uso residencial, con lo que el valor del metro cuadrado se multiplica exponencialmente y, de camino, se contraviene expresamente el testamento de Diego Díaz Hierro y la función para la que el Ayuntamiento recepcionó la casa.
En el pleno municipal en que esta recalificación se someta a votación, los partidos políticos con representación en el mismo han de ser conscientes de estos hechos, porque serán responsables de lo que se haga.
Debemos tener una visión a largo plazo. En caso de que las paredes blancas de los edificios adyacentes molesten, siempre habrá soluciones imaginativas que ensayar. En otras ciudades se hace. El patrimonio de Huelva es algo que debemos cuidar y todo derribo que se practique es ya irreversible. No solo nosotros; también las futuras generaciones se están jugando mucho. La conservación en el tiempo de un patrimonio que liga a Huelva con su verdadera identidad histórica, de la que no debemos prescindir, y Diego Díaz Hierro es santo y seña de lo mejor de eso. Derribar su casa y no convertirla en un santuario de la Huelva secular es algo que terminaremos lamentando.
Quizás no lo lamenten los que tengan un beneficio con esto, pero sí los demás. Diego Díaz Hierro es uno de los onubenses más relevantes de los últimos tiempos. Conservar su casa es velar, de verdad, por un patrimonio que pertenece éticamente a la ciudadanía. Lo otro es pregonar una cosa y obrar la contraria. No guardemos ese absurdo silencio contra el que nos advirtió Díaz Hierro. Estamos a tiempo de parar este nuevo atentado a la historia de Huelva.
















