RFB. Hace justo diez años disfruté de uno de esos momentos que te hacen comprobar lo afortunado de esta profesión. Aunque era amigo, y había tenido la oportunidad de hablar en muchas otras ocasiones, charlar con Juan Vázquez Méndez para aquella entrevista lo consideré entonces y, visto con perspectiva, ahora mucho más, un verdadero privilegio.
Hoy, embargado por la tristeza de su reciente pérdida, escribo estas líneas para expresar agradecimiento por su existencia y para evocar a alguien que deja una huella profunda en sus allegados, por supuesto, y en tanta gente que tuvo la suerte de cruzarse en esta vida con él.
La entrevista que le hicimos hace diez años, al calor de su ochenta cumpleaños, empezaba así: «no le gusta la notoriedad ni el protagonismo ni, por tanto, las entrevistas. Ha aceptado esta por consideración especial a un buen amigo que ya no está y con el que compartía, a nuestro juicio, una virtud clave, ser una excelente persona. Por eso, a la hora de atribuirle calificativos uno de ellos sería, sin duda, la de ser generoso, lo que ha puesto de manifiesto a lo largo de sus intensos ochenta años de vida«.
Hoy Juan ya se encuentra seguro con ese amigo y con otros muchos, con sus ancestros, así como con Rafael Gómez Naranjo, a quien en la entrevista señaló como un gran referente personal y empresarial. «Aunque me lleva solo tres años, ha sido como un padre para mí. Aprendí mucho a su lado..» -nos decía-.
Cumplía Juan ocho décadas de intensa vida en esos días y mantenía una energía desbordante. Y esa vitalidad que le acompañaba estaba marcada por una sabiduría nutrida de la experiencia y la honestidad. Una mochila especial que había acumulado en tan fructífero recorrido terrenal.

El orgullo que manifestaba por sus hijos era equiparable al que podíamos apreciar en ellos por su extraordinario padre. Nos decía cuando le preguntábamos sobre las enseñanzas que deseaba dejarles «mis hijos han tenido otra forma de vida, quizá más fácil. Teresa, Juan, José y Ángela todavía me tienen con ellos, y trato de inculcarles lo que ha sido mi vida, trabajo, honradez y mucho amor al prójimo«.
Y esa realidad no la expresaba Juan con presunción, todo lo contrario. Su sencillez y naturalidad generaban un ambiente a su alrededor donde la sinceridad, la franqueza y el calor humano te envolvían creando espacios de felicidad.
Juan Vázquez tenía entonces muy claro el valor del tiempo terrenal. Había establecido una fórmula en la que el 50% de su tiempo lo daba a los demás. Aparte de volcar su esfuerzo personal en los propósitos solidarios a los que se enfocase, también era capaz de ‘liar’ a otros en ello. Todo con una determinación y generosidad a la que era muy complicado sustraerse.
Me recordaba un poco a ese estilo del cura Paco Girón. Inagotable, incansable en hacer, en no estar parado ante la realidad injusta que con frecuencia nos rodea.
Es natural que cuando pusimos en marcha la iniciativa de premiar a los Buena Gente de Huelva, en aquella primera edición de 2018 -hace pocos días han sido entregados los de la séptima en el Gran Teatro- él fuese uno de los justamente homenajeados.
Juan Vázquez recibió muchos y notables reconocimientos. Pero, a nuestro juicio, si hubiese que sintetizar en uno lo que su condición representaba pensamos sin duda que es el de Buena Gente.
La autenticidad de Juan, su capacidad de amar, su sentimiento familiar, su generosidad humana, sus principios éticos, y la singular forma de expresarlos constituyen símbolos. Un ejemplo personal que a todos los que, felizmente, le hemos conocido servirá siempre de referencia. Pensar en él es esbozar una sonrisa y sentir la emoción de haber vivido su presencia. Una huella imborrable que agradecemos de corazón.
Juan Vázquez Méndez, Buena Gente de Huelva.













