RFB. David Toscano Pardo ha llevado a rajatabla esta emotiva recomendación que le hacía su padre, Aniceto, de niño: «sonrie y se amable, puedes cambiar la vida de muchas personas«. Una característica muy visible de su perfil que comporta dentro la profunda condición de buena persona. Y la duda sobre si somos de nacimiento o aprendemos en David no tiene recorrido. A tenor de lo que nos cuenta -y vemos por su trayectoria- en los genes tiene la semilla ideal pero también un generoso aprendizaje de sus familiares mayores que ha germinado en alguien que es un Buena Gente en la acepción más auténtica del calificativo. Lo que dice nos hacer ver que siente, con satisfacción y agradecimiento, que la Providencia ha puesto en su vida unos puntales humanos maravillosos -sus padres, abuelos, hermana, mujer,…-.
Está más que merecidamente nominado a los Premios Buena Gente de Huelva, en su VII Edición, promovidos por la Fundación Cajasol y este diario, que tendrán su culminación el próximo 24 de septiembre, a las 20:30 horas, en el Gran Teatro.
Su familia proviene de Oliva, pero él ya nació aquí, en el Manuel Lois. Las personas de su infancia le hicieron mucho bien, porque dejaron un impresionante vademecum de ideas, experiencias, ejemplos y recomendaciones que le han servido para ir observando los colores de la vida, los más bonitos y también los más oscuros, haciendo una lectura donde la luz al final siempre ha estado presente en el horizonte. Continuos detalles de ese entorno afectivo que han creado un argumentario vital que resulta apasionante escuchar.
Fue alumbrado un lunes santo de madrugada: «Mi madre siempre cuenta que aquella misma tarde mi abuela Dolores había venido desde nuestro pueblo, Oliva, y estuvo viendo la burriquita con mi padre. Cuando regresaron, yo ya había nacido. Para mi madre, esas horas a solas de los dos nos unieron para siempre«.
Sus recuerdos más antiguos están llenos de escenas familiares. «Veo aún la imagen difusa de mi bisabuelo Luciano, sentado en su silla de enea junto al pozo. Yo apenas tendría dos años y medio, pero esa estampa se me quedó grabada. Más clara es la llegada de mi hermana Mariló, cuando yo tenía tres años y tres meses. Aquel día me dijeron: ‘esta es tu hermanita, tienes que cuidarla mucho’. Esa frase me marcó como un mandato que acompañó toda mi vida. Con Mariló compartí camino, alegrías y complicidades, pero también el recorrido de su enfermedad. Fue la persona más buena y generosa que he conocido: desde niña siempre fue así. Su manera de vivir, con bondad desbordante y ternura, sigue siendo un ejemplo que me acompaña cada día«.
Entiende que sus abuelos fueron fundamentales en su educación sentimental. «Mi abuela paterna Carmen, junto a mi tía abuela María, cosían para la calle, con su Singer y entre coplas y fogones, me enseñaron la ternura, la dignidad con pocos recursos y la pasión por la cocina. Eran dos abuelas y una se encargó de mi padre y otra de su hermano gemelo Francisco, aunque en el pueblo le decían los mellizos. Como era el único nieto y acababa de morir mi abuelo Aniceto, pasaba mucho tiempo con ellas gracias a la generosidad de mi madre que nunca fue posesiva. En las noches frías de invierno extremeño me acostaba con cuplés que memoricé por siempre: La segadora, Margaritiña, El vizconde, …
Mi abuelo materno Ildefonso, corredor de ganado y hombre de negocios, elegante, disciplinado, me transmitió la importancia de los rituales y la seriedad de la palabra dada. Iba con él a todos los pesos de ganado que podía en la sierra al despuntar el día. Poco hablador pero muy cariñoso siempre me mimó. Su mujer, mi abuela Dolores, un ejemplo de resiliencia y capacidad de adaptación. Tuve la suerte de cuidarla de mayor, aunque necesitaba poco y a cambio trasmitía mucha sabiduría. Autónoma hasta los 94 años. Tiraba de refranes para la vida, -casamiento y mortaja del cielo baja- o – en época de lluvias no se hacen las mudanzas. Era coqueta como ella sola, siempre arreglada, siempre con ese toque de orgullo femenino, pero también con una fortaleza inmensa. Con ella aprendí que se puede sufrir sin perder la dignidad ni la alegría de vivir«.
No llegó a conocer personalmente a su abuelo Aniceto, murió justo al nacer David, pero nos indica que siempre estuvo presente en los relatos familiares. «Era un hombre bueno y respetado en el pueblo, fue presidente de la Adoración Nocturna, con fama de ayudar desde el ayuntamiento a todo el que lo necesitaba. Cuando le preguntaba a mi padre como era me decía – imagínate, compartir casa con su mujer y su cuñada y no pelearse nunca-. Esa generosidad y sentido de servicio quedaron como parte de la herencia moral que me transmitieron mis padres y mi familia«.
El padre de David Toscano salió del pueblo con apenas once años para estudiar becado en el seminario de Loja. Nos cuenta que, aunque no tenía vocación, la disciplina de aquellos años le acompañó siempre, «y su formación en Teología le permitía explicarme el mundo de una manera sencilla a mi y a mi hermana. Abogaba por un Dios bueno que nos quiere como somos y ante el temor de niños al infierno nos decía que no existía. Para él el infierno era lo que se sufre cuando nos apartamos de Dios. Terminó trabajando como director de sistemas de información en Ibersilva, filial de ENCE, pero lo que más lo definía era su autenticidad. Te decía lo que pensaba, con amabilidad, pero sin miedo a no gustar. Nos trasmitió mucha cultura, nos leía poesía, la Biblia, nos hablaba mucho de historia y mi madre tenía que poner limite a su compra sin fin de libros y enciclopedias. Falleció demasiado joven esperando un trasplante de corazón. Poco más de sesenta años. Su muerte me obligó a enfrentarme al dolor más temprano de lo que esperaba, pero también me dejó un legado imborrable de integridad y amor«.
«Mi madre, Mariloli le dicen en el pueblo, Lola en el hospital, es para mí la lección viva de vitalidad, generosidad y aceptación. Empezó a estudiar cuando ya nos tenía. Primero trabajó como jefa de cocina en el hospital, luego siguió estudiando auxiliar de enfermería, después disminuidos psíquicos y finalmente consiguió una plaza en el Infanta Elena. Su vida estuvo marcada por cuidar a los demás, incluso a quienes eran marginados. Trabajó muchos años de roting en el hospital y eso le permitió conocer mucho de la vida. En los años más duros del sida, cuando muchos los trataban como apestados, ella nunca dudó en tocarlos, escucharlos y acompañarlos. Ahora que está enferma, sigue transmitiendo esa misma grandeza: nunca pide nada, siempre da y jamás le he escuchado quejarse de su enfermedad. Exprime cada momento que la vida le da.
La infancia y adolescencia las viví en Huelva, primero mis padres compraron un piso en Muñoz de Vargas y luego en La Orden, al lado de la Cinta, desde donde podía jugar en el Parque Moret y en la ciudad deportiva. Tenía unas vistas preciosas de la marisma desde la ventana de Mariló y desde el salón veíamos a las Oblatas en la Cinta. Creo que es el sitio más bonito en el que he vivido. Más tarde nos mudamos a la calle Palos, rodeados de vecinos de Oliva, como si hubiéramos trasladado un trozo de nuestro pueblo a la ciudad. La vida de barrio fue para mí comunidad, pertenencia, sentirme parte de algo más grande. Huelva te permite hacer vida de pueblo por zonas, es una ciudad con ese encanto«.
Uno de los ‘síntomas’ de los buena gente es su extendido sentimiento de agradecimiento. Los espacios, los lugares y las personas que van apareciendo en su vida son susceptibles siempre para ellos de ese sentimiento. Así lo pone de manifiesto David Toscano cuando nos habla de su etapa colegial: «En el Colegio Salesiano aprendí la alegría sencilla de Don Bosco, la importancia de compartir y de mirar a los que menos tienen. Años después, al visitar Valdocco en Turín, comprendí que esa pedagogía había quedado grabada en mí. Aún recuerdo las misas alegres y participativas en las que la música era fundamental. Escuchar a Mari Pulido cantarle sevillanas a Maria Auxiliadora es algo que no se borra nunca. En los Maristas recibí una formación más académica, pero también tuve la suerte de profesores que me transformaron. El hermano Esteban me dio confianza en las ciencias, y Miguel Fuentes me abrió las puertas de la poesía. Gracias a él descubrí a Hernández, Lorca, Alberti o Juan Ramón, y entendí que la literatura podía ser una forma de resistencia y de búsqueda interior«.
La vida a David Toscano le fue enseñando pronto el peso de la pérdida: «La enfermedad y muerte de mi padre me enseñaron dignidad. La de mi hermana Mariló, a la que cuidé todo lo que pude, la fragilidad absoluta de la existencia. El cuidado de mi madre enferma, la ternura como forma de amor y la generosidad vital. Esas experiencias me han hecho comprender que la felicidad no es ausencia de dolor, sino la capacidad de aceptar la vida como un todo. Cuando me preguntan si soy feliz, siempre digo que sí, porque he amado, me he enamorado, he sufrido, he soñado y he aprendido. Y porque sé que al final llevaré conmigo un saco lleno de momentos únicos compartidos con quienes he querido«.
«En ese recorrido, una de las partes más hermosas de mi vida es Alba, mi mujer. Ella ha sido un pilar en los momentos más duros, cuando la vida parecía tambalearse y el dolor se hacía insoportable. A su lado descubrí lo que significa el amor incondicional, ese que no se quiebra ni en las pruebas más duras. Cada día me siento más enamorado de ella, su presencia me ha dado serenidad, alegría y confianza. Con Alba aprendí que compartir la vida es hermoso, y que no hay nada más grande que caminar juntos con la certeza de tenerse el uno al otro. Ahora ya somos tres«.
Estudió Ciencias Económicas y Empresariales y David Toscano terminó dedicándose a la universidad. «No fue un camino sencillo -afirma-, pero me permitió unir docencia, investigación y transferencia y formarme en otros centros a través de estancias. Creo que la educación transforma sociedades, y que sin espíritu crítico no hay libertad. He escrito algunos ensayos cortos sobre la necesidad de expresar opiniones sin atacar a las personas, sobre la falacia de vincular capitalismo y esperanza de vida, o sobre la injusticia de un mundo en el que los votantes de los países ricos podrían hacerlo el doble de próspero si fueran más solidarios. Escribir y enseñar me permiten unir mis convicciones personales con mi trabajo profesional. No creo en ideologías unidas a nuestra identidad, eso hace que si alguien opina distinto nos sintamos atacados. Creo en la ideología que se puede argumentar y por tanto es respetable«.
Destaca David Toscano que la amistad también le ha sostenido siempre: «En mi infancia Domingo Varela ha sido como un hermano, alguien que me ponía los pies en la tierra cuando soñaba demasiado. Su familia se convirtió en una segunda familia para nosotros en Huelva. Con Vicente Morales compartí pupitre y admiré su fe confiada y limpia. Ellos son parte de mi historia tanto como mis propios parientes. En la universidad también he hecho grandes amigos que ahora son mucho más que compañeros«.
Tiene a la música, el deporte y la escritura como aficiones. Desde niño la guitarra y el piano le acompañan, igual que el fútbol, el judo, el tenis o el voleibol. Le gusta coger el kayak en nuestra marisma, nadar en el mar o escaparse a esquiar a Granada o donde se pueda. Y la escritura se ha convertido en refugio: «no me considero poeta, pero escribir poesía y relatos me ayuda a comprenderme y a superar las partes más duras de la vida«.
Cree que ser buena gente no significa ser perfecto, sino caminar por la vida intentando hacer el bien y ayudar a los demás. Considera que «no siempre se consigue, pero la clave está en no dejarse arrastrar por la mediocridad ni la oscuridad que a veces anida en algunos corazones. Me basta con acostarme con la conciencia tranquila, sabiendo que he dejado el día un poco mejor de como lo encontré«.
Si David Toscano pudiera cambiar algo en la sociedad sería la injusticia y la indiferencia. No acepta que aún hoy haya gente que muera por nada o que sea invisible. Su ilusión sería crear un espacio en Huelva para personas con problemas de salud mental, más allá de comunidades terapéuticas o centros de día. Un espacio simplemente para ser escuchados con dignidad. «A veces un café y una charla pueden salvar una vida«.
Hoy su mayor ilusión es su hija, que acaba de nacer -tiene días-. «Leerle a Hernández, Alberti, a Juan Ramón, cantarle a Serrat, a Chavela Vargas, a Martirio, enseñarle a mirar la vida con generosidad desde la multiculturalidad. Ella es mi proyecto vital más importante. En ella quiero volcar lo que he aprendido: que la belleza está en lo que nos rodea, que la felicidad se encuentra en los gestos sencillos y que la vida solo tiene sentido si se da a los demás«.
David Toscano Pardo, Premios Buena Gente de Huelva. Fundación Cajasol y Huelva Buenas Noticias.
David Toscano, profesor Uhu.













