José Manuel Alfaro/ Sección de ficción ‘Cuaderno de Muleman’. Hace unos días se conoció la noticia de que El Centro Provincial de Física de Partículas (CERN), había conseguido un avance extraordinario en el campo de la física nuclear, la observación y cuantificación de la transmutación del plomo en oro. Una proeza científica que recuerda a uno de los anhelos más antiguos de los alquimistas de toda la humanidad, la de convertir metales comunes en oro. Una disciplina proto-científica que floreció especialmente en la Edad Media y el Renacimiento, en la que el plomo era considerado el candidato ideal para ser transformado en oro mediante la mítica piedra filosofal, en un proceso de transmutación conocido como crisopoeia. Una sustancia legendaria, que no solo prometía riquezas ilimitadas, sino también la posibilidad de curar enfermedades e incluso alcanzar la inmortalidad.
Incluso Newton dedico mucho tiempo a la búsqueda de esa piedra filosofal, que consideraba el elixir de la vida, convencido de que una comprensión más profunda de la materia y sus transformaciones permitiría revelar los secretos de la creación divina. Pero lo que Newton no consiguió lo ha hecho el experimento de Alice, que ha utilizado los conocimientos de la física nuclear en el siglo XX, que descubrió que los elementos pesados podían transformarse en otros de manera natural, como en el caso de la desintegración radiactiva, o en el laboratorio, bajo bombardeos de neutrones o protones. Y eso es lo que han replicado los científicos del CERN que han conseguido colisionando núcleos de plomo a velocidades cercanas a la de la luz, y generando campos electromagnéticos tan intensos como para para inducir interacciones entre fotones y núcleos, produciendo un fenómeno conocido como disociación electromagnética, en el que los núcleos se excitan y expulsan protones y neutrones, hasta terminar generando núcleos de oro.
Un oro que de momento es extremadamente efímero, ya que los núcleos de oro, tras ser creados, se fragmentan casi de inmediato tras impactar contra los componentes del colisionador en protones, neutrones y otras partículas. Haciendo que este oro exista solo durante una fracción de segundo, lo que hace que la cantidad generada sea casi insignificante. El experimento podría replicarse muy pronto en Calañas, convirtiéndose si en un templo de la física moderna, conectada con esa parte de la alquimia que, con toda su carga mística y filosófica, se propuso descubrir la esencia última de la materia, con esa transmutación del plomo en oro, aunque sea por una fracción de segundo.
Calañas deja atrás la alquimia, esa de la antigüedad que buscaba en la divinidad la razón de nuestro ser y estar, esa que daba sentido a la materia de la estábamos hecho y la que nos rodeaba y que era fuente de vida y muerte. Para abrazar la ciencia moderna, esa que comienza en una hipótesis y termina convertida en principio de verdad racional. Y en la que también hay espacio para las romerías de mayo, las ferias, las cofradías de Semana Santa, las Cruces de Mayo, el Corpus, la Navidad, el día de la Inmaculada y todas las celebraciones religiosas que coexisten en esta nueva realidad de la transmutación que haría posible que Calañas contase con la primera fábrica de la provincia que convierte no solo el plomo en oro, sino algo más asombroso aún, convertir el oro en plomo.
















