María Rocío C. Si te mueves por el centro de Huelva es frecuente atravesar la plaza de las Monjas. No deja de ser un punto neurálgico de la ciudad, de encuentros, de despedidas, de paseos o, sencillamente, para tomar el solecito. Ayer pasaba por allí y no me quería hacer sangre pero, inevitablemente, me la hice. Bastaba con que mi camino colindara con la fuente. Esa fuente de tan buen gusto que nos han endosado como una muestra más de lo que decía Francis Fourneau.

El geógrafo francés sugería algo a sí como que Huelva estaba diseñada por el enemigo. Y pensé, de nuevo, en lo hortera que me parece el pedestal del Colón y, más aún, ese juego de mármoles que en otro lugar, por ejemplo un cementerio, podría quedar de lo más acorde.
Para hacer esta valoración solo hay que mirar el contexto y preguntarse que armonía existe entre esta ‘monumental‘ fuente de la plaza de las Monjas de Huelva y su más que digno -este si- templete de música. O con las farolas fernandinas que iluminan y decoran la plaza, que ya fue castigada por otra parte con la cafetería que puso Perico al lado de los ficus. O con el pequeño y antiguo quiosco del jardinero, o con los cuatro quioscos de sus vértices.
Todos estos elementos tienen armonía entre si. El cuadro se lo carga la susodicha fuente. No lo entiendo ¿en que estaban pensando cuando se plantearon cambiar la fuente anterior? ¿Afear la plaza? Más sencillo, más bonito y más barato habría sido, seguramente, quitar de aquella esos azulejitos azules y repararla.

Tan simple, dados los antecedentes en muchos casos del lamentable rediseño de nuestra Huelva, con olvidarse de aventuras estéticas y dejarla con esa función que fuese simplemente refrescar el ambiente y la visión. Con eso iba que chuta.
Y bien que siento expresarme en estos términos. Porque ser crítica no significa dejar de amar a esta ciudad, solo desear que mejore. Recorrido tiene sin duda. Menos derribos de edificios con cierta solera, más afloramiento para disfrute de restos arqueológicos y más pensar en que la antigua villa no debería ser un banco de pruebas para iluminados.
Volviendo a la fuente, en concreto esa función suya de refrescar, básica, la cumple. Pero a costa de erosionar la belleza de un enclave tan significativo de la urbe. Ayer, como decía, pasaba por allí. Vi a una niña con su mamá y a un pequeño con su abuela. Ambos se refrescaban metiendo las manitas en el agua. Unas palomas, un poco más allá, hacían lo propio. Bonitas estampas que lo serían más en otro contexto.
Ahora que lo pienso… me está dando hasta miedo lo que he comentado. A ver si a ‘alguien’ le da un viento y se le ocurre cambiar las farolas fernandinas y derribar el templete para mantener la ‘armonía’ de la plaza.
Armonía Plaza de las Monjas de Huelva.















