RFB. Todos tenemos un lugar, y el de Elena Vélez González es, sin duda, La Antilla. De primera hora lo apreció naciendo lepera. Pero como era verano, además, en solo tres días aquella cuna del amanecer se asentó en ese espectacular enclave de la costa onubense. Luego se crio en el núcleo urbano de su localidad, consolidando el arraigo a través de la infancia y la juventud. Al cabo del tiempo se fue a estudiar a la universidad, en Sevilla. Pudo ser abogada, pero lo que quería vivir de verdad era la Comunicación, de modo que encauzó el camino a lo que más le gustaba, y afrontó la aventurada decisión de ser periodista.
Más allá de sus inquietudes algo tuvo que ver en ello, seguro, la dedicación de su padre, célebre fotógrafo en el municipio lepero. Patrocinio, de quien Elena con orgullo destaca, por encima incluso de su contrastada excelencia profesional, una pasión absoluta por la captación de la imagen y su testimonio, y una generosidad incuestionable para la etnografía de su pueblo.
Su madre, Manoli, como la mayoría de las madres con un natural sentido protector, no la animaba a ser periodista. Era conocedora, como todos, de la dificultad en un sector de limitadas expectativas laborales. No obstante al final Elena salió adelante en su profesión. Orgullo también muestra por su madre, de quien destaca fue una adelantada, porque viviendo en un pueblo pequeño, como auxiliar de enfermería, no dudó en irse con solo dieciocho años a trabajar a Bilbao, sola. Estuvo allí un tiempo y luego pudo venirse destinada al Virgen del Rocío de Sevilla.
Se siente feliz de haberse nutrido de esos buenos valores compartidos y atributos complementarios procedentes de ambos progenitores. Esa creatividad sin horario, la sensibilidad, la fortaleza, rigor y el orden, aportados desde uno y otro lado, envueltos en la idea común de que lo más importante en la vida es ser buena persona. El horizonte le tiene marcado a Elena, para disfrute esencial, la oportunidad de trasladárselos, a su vez, a su propia hija de seis años. Su niña, naturalmente por la expresión de la cara cuando nos lo dice, se llama Bella.
Los padres de Vélez, ella paymoguera y él lepero, responsables de su existencia, se conocieron en La Antilla. Otro anclaje emocional más de la playa en el corazón de Elena. Y esos orígenes hacen que le tire también, por su madre, el Andévalo, a donde acude cada vez que puede.
La influencia familiar más directa, porque es innegable que vivimos en una realidad sistémica, se completa en Elena Vélez con su hermana mayor, María José, que orientó su vida profesional al mismo mundo sanitario de la madre, en este caso ejerciendo de médica, en Cantillana.
No se lo preguntamos, pero mucho nos tendríamos que equivocar si pensamos que Elena en sus tiempos de estudiante universitaria e, incluso, en sus primeros años laborales, hubiese imaginado que en un futuro daría el paso a la política. Se lo pensó bien y lo hizo cuando Juan Manuel González se lo propuso, de cara a las elecciones municipales de 2019. Nos expresa el acierto, porque se encuentra encantada de formar parte de su equipo.
En su primera legislatura tuvo otro desempeño, pero en esta está responsabilizada de Turismo y Playas, además de Comunicación y Prensa. Recordamos a Bella Verano, su antecesora en materia turística, que hoy está en Madrid, viviendo en directo la tensa situación de un Congreso de Diputados en verdadera ebullición. La aprecia personalmente y admira como responsable público, destacando la importante labor que hizo en su pueblo. Y debe ser recíproco, porque nos cuenta que le dijo cuando se incorporó «que pena que tu entres y yo salga, porque me hubiese encantado trabajar contigo«, a lo que Elena le respondió «y a mí me hubiese encantado aprender de ti«. Lo explica así: «ella, aparte de ser buena persona -fundamental-, es una trabajadora incansable… bueno, yo es que la admiro muchísimo«.
Ilusión y pasión por lo que hace nos transmite Elena, para ella enfocado inequívocamente al bienestar de los vecinos. Y nadie podrá negar que para hacer bien las cosas esos dos ingredientes son fundamentales. De ellos surge el entusiasmo, algo que Elena nos está infundiendo en la charla desde el primer momento. Cree en su pueblo, en sus gentes y en los muy variados tesoros con los que cuenta el término para ser tan atractivo a los visitantes del exterior.
A estas ventajas competitivas que podríamos considerar ‘de serie’ pensamos -coincidiendo con ella- que hay que sumar el ingenio lepero, la imaginación y el impulso. Lo decimos porque en la vuelta que nos dimos por el paseo de La Antilla, por ejemplo, estuvimos visitando elementos de esa gran idea que supuso la creación del museo al aire libre. Una muestra permanente con réplicas de simbólicas obras o referencias artísticas o arquitectónicas de renombradas localidades de España. A nosotros nos llamó mucho la atención la centenaria barandilla de la Playa de la Concha, de San Sebastián. Cien metros originales de la misma hoy lucen en el paseo lantillero mirando no al Cantábrico, si no al bendito Atlántico de nuestras vidas.
La simpatía y gracia natural del lepero, y su carácter acogedor, son para Elena baluartes contra el desánimo y motor de tanto emprendimiento. Algo que le gusta especialmente y se conecta con sus ámbitos de responsabilidad. Hablamos en serio pero la charla -y su carácter- nos permite con la responsable municipal del turismo lepero reírnos en numerosas momentos de la entrevista.

Se resiste a vincular a Lepe más al campo o a la mar, cuando le preguntamos. «Lepe no se entiende sin la mar, y no se entiende sin su campo -afirma categórica-. El mar fue una fuente económica importante en su momento por la pesca, un pilar fundamental, y ahora lo son la agricultura y el turismo«. Lo señala con conocimiento de causa y con vínculos familiares en ese referente identitario de la localidad costera que supone la pesca. Su abuelo paterno fue redero y trabajó para pescadores asentados en La Antilla, allá por principios del siglo pasado.
Recuerdos de tiempos pasados en este mundo de la pesca se conectan también con el Paraje Natural de Nueva Umbría y su antiguo poblado de la Real Almadraba. Comentamos que a veces se pierde la perspectiva de que este increíble espacio y su gestión corresponde al término de Lepe, aunque tenga en la otra banda de la ría territorio cartayero. Lugar al que nos referimos, así como a la playa y todo el enclave próximo a El Terrón, absolutamente espectacular, con un valor ecológico y paisajístico único. Nos recuerda que la playa nudista que allí se encuentra es la única oficial de la provincia.
No todo puede ser idílico y admite Elena el handicap que comporta que esa maravillosa lengua, como todos los elementos arenosos de la costa onubense, tenga una naturaleza viva. Ello le proporciona encanto pero también dificultades. El movimiento de la Flecha, que la desplaza hacia el Este, supone un menoscabo a la playa de La Antilla. La solución está planteada hace tiempo, pero no ha acabado de cristalizarse.
El espigón previsto, de 160 metros perpendiculares a la línea de playa, está licitado y en trámite de que sea adjudicado a una constructora. «El alcalde -destaca- lleva muchos años luchando por este espigón. Infinidad de gestiones en el ministerio con viajes a Madrid, y hace poco hemos conocido que la adjudicación puede producirse en breve«. El espigón nos informa que irá justo en el límite de la playa de La Antilla con la de Santa Pura.
Elena Vélez pone en valor el crecimiento de La Antilla y su proyección internacional como destino turístico. La Mancomunidad de Islantilla ha sido un enorme acierto según su criterio y ha contribuido a dicha internacionalización. Tiene claro que la demanda ha evolucionado al concepto de experiencia y entiende que en La Antilla, y en Lepe en general, se ha trabajado intensamente en esta línea.
Las singularidades de este territorio son las que destaca Elena como argumentario de atracción turística. Señala en este sentido que «el turista hoy en día quiere ir a un destino donde se puedan hacer actividades que no puedan llevarse a cabo en otro lugar, o visitar lugares únicos.
En muchos sitios se pueden hacer, por ejemplo, paseos a caballo por la playa. Pero es que la experiencia aquí supone hacerlo por un Paraje Natural que se llama Nueva Umbría, y que vas a llegar hasta la Flecha y vas a poder maravillarte con el atardecer más bonito que puedas imaginar.
O, por ejemplo también, vas a ir a hacer actividades náuticas por el río Piedras, disfrutando de esa marisma y te vas a encontrar con una Almadraba de las pocas que quedan en pie en Andalucía. O te puedes ir a una finca agrícola y vivir la experiencia de la obtención de los frutos rojos«.
Y si hablamos de realidades únicas de este municipio quizá la más indiscutible sea la devoción a la Virgen de la Bella. Nos dice una frase para describir la importancia de la Advocación lepera, «Ni Lepe se entiende sin su Virgen de la Bella, ni a la Virgen de la Bella se la entiende sin Lepe. Es nuestra fiesta religiosa, turística y cultural por excelencia. En la romería recibimos a miles y miles de personas, en un fin de semana, en ese paraje que también es una joya, el de la Ermita de la Virgen de la Bella. Para el lepero su Virgen es lo máximo«.
«La romería -prosigue- es que es un todo de singularidad. Desde el jueves de Exposición, que se baja a la Virgen del Camarín para que todo el mundo pueda apreciarla desde más cerca. Su ofrenda de flores es el desfile de moda flamenca más grande que existe en Andalucía y, por tanto, en el mundo. Un acontecimiento de color, luz y alegría. Con caballos y millones de flores que se ponen a los pies de la Virgen… ese momento es único.
Y después la propia romería como se vive. El carácter del lepero es acogedor, siendo de fuera nunca te vas a sentir que estás en un sitio extraño. Allí aunque no conozcas a nadie todo el mundo te va a invitar a pasar a su casa, y te sentirás como uno más. Yo creo que la persona que viene por primera vez acaba tan cómoda, tan acogida y tan enamorada de la Virgen, que por eso luego repite«.
El objetivo y la conclusión, con todas las posibilidades como destino turístico, es que el término de Lepe se puede disfrutar los 365 días del año. Y particularmente se expresa esta idea en el proyecto presentado en la última Feria Internacional del Turismo, El Terrón 365. Lo sustenta en «una rica gastronomía, unas marismas del Piedras espectaculares para pasear, un espacio para practicar deportes náuticos, espacio de conciertos, paseos a caballo, la playa nudista y toda la enorme extensión de la playa de Nueva Umbría, una playa canina. Es indudable que el Terrón reúne unas condiciones para disfrutar durante todo el año«.
A Elena le gusta mucho viajar. Entiende que es un enriquecimiento. Pero tiene claro, y no es por el puesto que ocupa, que «como aquí no se vive en ningún sitio. Sales, conoces, disfrutas, pero también te hace valorar lo que tenemos en nuestra tierra. Y es que aquí tenemos un Paraíso«.
Nos lo creemos por que lo compartimos. Elena Vélez, natural y espontánea, innegablemente lepera por esa chispa ingeniosa y talento esencial. Ella nos habría convencido si fuésemos desconocedores de esta maravilla que lleva en su carta de destino turístico. Un destino sin duda espectacular, y singular.
Reportaje gráfico: Edith-HBN.
















