Emilio Romero. Otra de las historias que me contaba José María Romero Silva es cuando un día tomando café en el casino, en compañía de un grupo de amigos pasando un rato agradable, les contaba a sus compañeros que para él de niño lo más duro era cuando iba a la barbería y el barbero le metía la máquina de pelar por un lado y se la sacaba por otro. Su madre, me decía, les obligaba a pelarse a cero, que era como se le llamaba, «para que siempre tuviésemos la cabeza limpia«.
En una ocasión convenció al barbero, que era tío suyo, a que le pelara como hacía con otros niños. Lo hizo y salió de la barbería más contento que cuando entró, alegría que solo le duró hasta que llegó a su casa. Cuando le vio su padre le cogió por un brazo y le llevó de nuevo a la barbería para pelarlo como siempre.
Seguía contándome…. «detrás de nosotros se presentó mi madre y le dijo al barbero lo pelas como siempre, pero le dejas sin pelar los mininis que a él le gustan. Y ha sido eso lo que nos ha hecho reír un buen rato. Solo por decir yo lo contento que salí cuando me vi en el espejo, pelado, pero con los mininis sin cortar. Cuando se vive con ganas de reír, solo es necesario tener buen humor y por supuesto pelarse y que te dejen los mininis«.

Él siempre pensaba que la niñez que le tocó era lo más normal del mundo. Por eso contaba que «era verdad que en mi niñez nunca me puse unos zapatos, que la gran mayoría de ese tiempo lo pasé descalzo, y que el único calzado que me puse fueron unas alpargatas. El no tener comida, el tener que dormir con tus padres porque no teníamos mantas, para mí era una cosa totalmente normal. Puedo decir hoy que mi niñez fue muy buena, porque ¿a qué niño no le gusta dormir abrazado a su madre y recibiendo besos constantemente?.
¿Qué con diez años estaba solo en el campo guardando cabras?, tampoco fue ningún problema para mí, ya que yo solo jugaba al bolinche y con un trompo que me regalaron. Aunque es verdad que si lo fue un problema para mis padres. Visto desde ahora solo siento y mucho no haber podido haber ido a la escuela. Pero en aquella época lo supe suplir con aquella pizarra de escribir y borrar que mi padre me compró y que yo con mucho cariño usaba.
Es verdad que fue mucho lo que sufrimos cuando a mi padre se lo llevaron a la cárcel de Huelva y veíamos días y días a mi madre llorando. Por lo demás no he sentido miedo a nada de las muchas barbaridades que aquella situación me obligaron hacer. He dormido muchísimas noches solo en el campo. Como han sido muchas las veces que tuve que ir desde Valdelamusa hasta Cortegana en busca de higos, castañas o bellotas para poder comer, y nunca tuve miedo de hacerlo.
Como tampoco sentí miedo cuando con catorce años y con las esposas puesta me llevaron a la cárcel de Cortegana. Puedo seguir contando miles de cosas que de niño tuve que hacer y que seguro que hoy no tendría por qué hacerlo, pero las dos cosas más importantes para mí recordando aquellos tiempos fueron que fui un niño rodeado por el cariño de mis padres y la otra que no le guardo rencor a nadie«.
La Velada de La Zarza

Este de la chaqueta clara y ese pelo sin cortar es nada más y nada menos que el protagonista de estas historias, José María Romero Silva, de oficio en aquella ocasión pastor. La foto la hizo Antonio Castellano, fotógrafo de la Zarza, y que muchos le llamaban Antonio el retratista, en una Velada del pueblo. El que le acompaña en la foto es su hermano Rafael, que por ser más pequeño que él, le dejó la silla para que se sentará.
«La ropa que llevamos puesta -nos cuenta- nos las cambiamos antes de salir de casa. Mi hermano se puso mi chaqueta y yo la de él. Como veréis el calzado que llevamos puesto es el calzado que en aquella época estaba de moda. No era otro que unas alpargatas con el dedo gordo fuera.
Cualquiera que mire la foto y vea la ropa, el calzado que llevábamos puesto y la cara tan risueña que tenemos, dirá que estuvimos toda la noche ligando. Si digo que es una foto que guardo con cariño es porque para poder ir aquella tarde a la Velada de La Zarza tuvo mi madre que irse ella a guardar las cabras. Y como comprenderéis eso no se me puede olvidar nunca.
El viaje de Valdelamusa hasta La Zarza lo hicimos andando por el camino de Los Cerrejones y la hora de hacerlo las tres de la tarde de un 18 de julio (la fecha tiene cojones). Otra cosa que no se me puede olvidar, es el dinero que haciendo un sacrificio mi madre nos dio. 6 reales a cada uno, y que para podernos dar tuvo que pedir prestados.
Me acuerdo de que la comida que llevábamos para cenar, (me rio, pero es verdad) eran cinco pepinos, pepinos que nos comimos antes de llegar a la fiesta. Para nosotros fue una fiesta muy bonita. Con los seis reales que nos dio mi madre compramos una peseta de turrón y dos reales de garbanzos tostados. El regreso lo hicimos por el mismo camino que habíamos ido, de noche y totalmente a oscuras, pues al otro día tenía yo que seguir guardando las cabras.
Viendo la ropa y el calzado que tenemos en la foto, y tratándose de un día de fiesta, es posible que haya personas que hasta les den lástima de nosotros, pero puedo decir con toda tranquilidad que de pena nada, porque nosotros éramos unos niños totalmente felices. No teníamos calzados, pero sabíamos correr y jugar. Carecíam balones ni pelotas de gomas y jugábamos con una pelota de trapos. No teníamos ropa para quitarnos el frío, pero sabíamos hacer candela y calentarnos por delante y por detrás. Y hasta sin tener comida, comíamos hierbas, mortiños y algarrobas.
¿Qué como pudimos sobrevivir a esa calamitosa vida? Pues de la misma manera que sobrevivieron y sobreviven millones de personas, en España y en muchos otros países. En el mundo hay dinero y comida para que nadie tuviera que morir de hambre o en el camino que inician para buscar comida. Lo que pasa es que lo que les falta a esos millones y millones de personas para vivir decentemente se lo llevan unos cuantos para vivir indecentemente. No conocí a ningún hijo de un minero de la época mía que fuera a la Universidad. La Universidad solo estaba dedicada a los hijos de ellos. Era Ingeniero el hijo del Ingeniero, y Medico el hijo del Médico y el hijo del Minero era Minero y el hijo del Pastor su trabajo seguro era ser Pastor.
Mi Hermano cuando lee lo que cuento, de que mi madre me tiró con un plato por derramar un cazo de leche, me llama y me dice: mañana cuenta cuando mamá te tiró con el reloj despertador. Y es verdad que en otra ocasión y por otra travesura mía, llego a tirarme con lo que tenía en la mano. Y en esta ocasión era el reloj despertador. Esta travesura pensaba contarla, pero no tan cerca como la que ocurrió cuando me tiró con el plato.
Todo ocurrió como consecuencia del hambre que pasábamos. Ese día mi madre había comprado medio cuarto kilo (125 gramos) de sardinas. Justo ni más ni menos que tres sardinas. Ella las había repartido de la siguiente forma: una sardina para mi madre y mi hermana, otra para mi hermano y para mí y una entera para mi padre que era el que tenía que ir a la mina.
En ese momento entré en casa, vi las sardinas troceadas en un plato y le pregunté para quien eran, mis hermanos me explicaron cómo había hecho mi madre el reparto, y yo sin pensarlo dos veces, cogí media sardina y me la comí en dos segundos. Fue entonces cuando mis hermanos se lo dicen a mi madre, yo salgo corriendo para la calle y en ese momento salía mi madre de casa. Me ve corriendo, y como lo que tenía en la mano era el reloj, pues con el reloj me tiró. Afortunadamente para mí en esta ocasión el reloj se rompió pero a mí no me dio.
Estas travesuras mías fueron muchas veces contadas por mi madre, cuando con aquel cariño que por sus hijos tenía ella decía: de los tres el más travieso mi José, pero fue mi José el que muchas veces siendo un niño nos traía algo para comer. Y es verdad, mi madre decía que yo era el más travieso de los tres. Y yo digo que era el único malo que había en la casa. Mis padres lo mejor que teníamos, mi hermana era la más pequeña y mi hermano por mucha hambre que tuviera no era capaz de quitarle a nadie ni un piñón. Todo lo contrario de cómo era yo que me andaba 40 kilómetros para traer 10 kilos de castañas.
Con sólo 12 años he sentido cerca de mí a los lobos, estando yo solo, y las personas que más cerca estaban de mi se encontraban a más de un kilómetro de donde yo dormía, es totalmente cierto. Fueron muchas las noches que tuve que salir del chozo donde dormía para ayudarle a los perros a que los lobos se marcharán y no hicieran daños a las ovejas que yo guardaba. Es verdad que el encargado de dormir con las ovejas no era yo, era el pastor principal. Pero yo en vez de salir de mi casa de madrugada para ordeñar a las ovejas, me iba por la noche. Yo dormía en el chozo junto al ganado y el pastor principal dormía es su cortijo y con su familia.
Nunca sentí miedo por el hecho de estar completamente solo de noche y en el campo. Las noches que los perros no ladraban, esas noches mi sueño era de una sola etapa. Me acostaba y no despertaba hasta que el pastor venía y me llamaba para empezar a ordeñarlas. Fue otra etapa de mi vida importante para mí. No tuve miedo nunca a estar solo en el campo y muchas noches con los lobos cerca de mí. Quizá haya sido ese el motivo por el que nunca he tenido ni tengo miedo a nada ni a nadie. La vida te da estas cosas, aunque muchas y muy importantes te las quita. Hay un refrán que dice que hay que estar a las verdes y a las maduras«.
José María Romero Silva, un minero de bien. Emilio Romero.


















