Esa niña que nos mira sonriente en la verja del Barrio Obrero

RFB. La niña que miraba sonriente en la entrada del Barrio Obrero quizá se llamase María, Pepita, Lola o Carmen, que eran los nombres más frecuentes en las nacidas antes de 1930 en Huelva. Bonita y franca sonrisa de esa pequeña que podría tener diez u once años y que vestía con un sencillo traje blanco inmaculado.

Los pequeños, portando canastos, se pararon para quedar inmortalizados por Calle, Alloza o Cerezo.

Serían sobre las once de la mañana y pasaba por allí con un, también menudo, vecino a quien así mismo su madre le había encargado un ‘mandao’. Llevaba, como él, un canasto para meter la compra o, sencillamente, aquellos frutos que puede que fueran a pedir en una finca cercana de las que había en torno al Pozo Dulce.

Como todas las mañanas se había levantado feliz y con ilusión, en una ciudad, Huelva, alegre y bulliciosa a pesar de su pequeño tamaño. Probablemente había bajado por la cuesta desde las casas del barrio, en una de las cuales vivía con sus padres -él operario de los talleres de la Cía. de Rio Tinto-.

Cabe también la posibilidad de que la chica fuera hija del guarda del barrio, y ese espacio de la entrada formase parte de sus ‘dominios’. La cuestión es que estaban en ese momento y en ese lugar, una mañana de otoño de 1930. Y ahí se quedarían para siempre, en ese instante, en una imagen ya imborrable.


Puerto de Huelva

Imagen de la tarjeta postal enviada por José Hierro en 1932 a Bélgica, ya con un sello de la República Española.

Con su amigo, que posiblemente se llamaba Pepe, Manuel o Antonio -nombres más frecuentes por este orden entre los varones nacidos en la provincia onubense antes de 1930- se pararon un momento porque había un señor con un trípode y cámara que estaba enfocando a la preciosa entrada del Barrio Reina Victoria de Huelva.

Quizá fuese Joaquín Alloza, Diego Calle o Francisco Cerezo -hijo-. Tenía un encargo de la Papelería Diario de Huelva, de Manuel Arias Cabrera. Una serie de veinte vistas de Huelva para la edición de unas postales que había concertado con Talleres Fotográficos Gilera, de Barcelona. Naturalmente el singular Barrio Obrero tenía que protagonizar alguna de ellas, que pretendían ser representativas de lo que era Huelva entonces.

Se había culminado hacía poco tiempo la segunda fase de construcción en el Barrio, quedando definitivamente conformado como lo observamos hoy en día. Coincidía este hito con la colocación de unos misteriosos símbolos masones en algunas fachadas de varias casas, que perduran en la actualidad. Quedaba poco, por otra parte, para que se reinstaurase la República en España, solo unos meses.

Ese lugar hoy, noventa y tres años después.

María, la niña sonriente que se paró en la verja del Barrio Obrero, por supuesto, era ajena a esas cosas de mayores. Ella estaba más en jugar y en disfrutar de ese escenario mixto urbano campestre que posibilitaban los espacios que rodeaban al bello complejo de inspiración británica, pero corazón español, donde vivía. Por eso sonreía con tanta franqueza y tanta luz.

El enclave donde se situaba afortunadamente no ha cambiado mucho. Las columnas de la entrada son las mismas y el arco igual. Solo difiere este último que ahora no tiene la corona que entonces lo encabezaba. El rótulo de la derecha que aparece en la foto también debió ser eliminado, y ahora hay una placa reciente a la izquierda.

A veces María por aquel entonces se iba con Pepe a recoger carbón de las vías para llevárselo también a su madre, con objeto de que lo utilizase en la cocina. Desde pocos meses antes la efigie del Monumento a Colón era reciente en la Punta del Cebo, con lo que es muy posible que cuando precisamente se acercasen a las vías, pasado el barrio del Matadero que tenían enfrente, a lo lejos vislumbrasen maravillados la imponente escultura de Gertrude Whitney.

Era por allí, en las casas del Matadero, donde una pequeña tienda de ultramarinos abastecía a los vecinos del entorno. El suelo que pisaba nuestra sonriente jovencita y su amigo no sabía de enlosados y mucho menos de asfalto. Tierra compacta por las que las trabajadas zapatillas de los chicos se desplazaban a las mil maravillas.

La niña sonriente con su amigo, en la verja del Barrio Obrero, hace noventa y tres años.

No se imaginaba María, cuando se paró en la puerta del barrio para quedar inmortalizada en la fotografía, que esa imagen recorrería el mundo. El ejemplar que nos ha servido para recordar a esta pequeña, en concreto, fue enviado por el coleccionista de postales onubense José Hierro Báez, dos años después, a un señor de la ciudad belga de Alost. Edouard Lampens, que así se llamaba, quizá quedó contagiado de la sonrisa de la pequeña onubense del Barrio Obrero.

Lampens dejaría ese documento gráfico postal a sus descendientes y estos puede que lo vendieran a alguna almoneda que, a su vez, lo puso de nuevo en el mercado del coleccionismo. Llegó, tras pasar por varias manos, a una penúltima que fue la que volvió a remitir, en sentido contrario, la tarjeta postal de modo que nueve décadas después vuelve a su lugar de partida, nuestra ciudad.

La sonrisa de María seguro que es eterna y, por el natural transcurso del tiempo, probablemente resplandece en otra dimensión, trascendente. Si viviera en la actualidad tendría algo más de cien años, con lo que es probable que no sea así, aunque ojalá lo fuese. Pero quizá, y quisiéramos tener el gusto de conocerlos, su familia lleve su herencia humana y la genética de su sonrisa. Puede que vivan hijos o hijas, nietos o nietas, o incluso biznietos o biznietas. Quizá en el propio Barrio Obrero. Enhorabuena por esa sonrisa regalada a la eternidad.

 

La niña sonriente del barrio obrero 1930



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