Todos los 3 de agosto de nuestras vidas

Eje de nuestro calendario, nos hace pensar sobre el valor, la temeridad, la desesperación y la aventura. Y todo conectado con aquí, con Huelva.

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RFB. El 3 de agosto no es un día cualquiera, en la historia de la humanidad y particularmente en la de Huelva. Es uno de los ejes de nuestro calendario. Así lo vivimos desde pequeños, herederos del fervor americanista que renació en el último tercio del siglo XIX, en Huelva y en España. Mucha culpa debió tener el estadounidense Washington Irving y algún otro viajero romántico al poner en el mapa, tras siglos de oscuridad, un enclave tan neurálgico como La Rábida.

La gente de estas tierras supo entenderlo. Se salvó el convento rabideño -con la milagrosa intervención del gobernador Alonso y la ayuda de los Montpensier-. Y, sobre todo, se adquirió el compromiso de recordar con honores para siempre esta fecha eterna. Desde entonces tantos 3 de agostos vividos y celebrados. Parafernalias singulares y también humildes evocaciones pero siempre abanderados del reconocimiento a una gesta increíble.

Nao Santa María. Réplica de 1892

Aquel 3 de agosto fascinante que hoy conmemoramos comenzaba para la historia un poco antes de las siete de la mañana en el puerto de Palos, hace 530 años. Todo pertrechado desde la jornada anterior para la que se esperaba una larga aventura. El muelle lleno de gente que saludaba a las tripulaciones de los tres barcos -grandes para ellos-.

Los abrazos habían quedado atrás, antes de subirse a los botes las tripulaciones, porque las naves estaban fondeadas desde la tarde anterior en medio del río. Eso simplificaba la maniobra de zarpada y permitía ganar tiempo y reducir esfuerzos. Aquel miércoles no fue una casualidad, estaba calculado que el comienzo de la vaciante coincidiese con el alba para, si había suerte, contar con la típica brisa del norte matinal que permitiese la salida de las embarcaciones por el estuario.

El ancla de la nao Santa María se custodia en el Museo Nacional de Haití. / Foto: Sean Clowes.

Se había decidido que la nao capitana fuera la primera en virar el ancla, por ser la menos ligera. Luís de Torres, el intérprete que llevaba Colón, observaba la maniobra en semipenumbra desde el castillo de proa de la Santa María. El ayamontino Rodrigo de Jérez, el lepero Pedro Izquierdo y el vasco Domingo de Lequeito, marineros, a pocos metros de él se esforzaban girando el molinete que subía el cabo del ancla. Al mismo tiempo un bote impulsado por seis remeros que quedarían luego en tierra tensaba una amarra fijada en la popa para ayudar a que la nave cambiase de posición, para que quedase aproada hacia la salida del río Tinto.

Virada la nao, con Pedro Alonso Niño llevando personalmente la caña, el bote que había soltado la amarra anterior recibió un cabo desde la proa de la Santa María. La intención era dar remolque a la nave, aún sin desplegar velas, para ir ganando barlovento, acercándola al margen derecho del río -donde hoy están los Fosfoyesos-.

Réplica actual de la Santa María. / Fundación Nao Victoria.

Ya pegada la embarcación casi a ese lado de las marismas, Chanchu, el contramaestre, voceó a los marineros que estaban subidos en los flechastes de los obenques en el palo mayor y el trinquete para que soltasen las velas que esperaban enrolladas a las vergas. Así se hizo y, tensadas las escotas, la nave comenzó a deslizarse suavemente por si misma, acompañada de la pequeña corriente mareal, en dirección a la punta de la Isla de Saltés.



Amanecía en ese 3 de Agosto y la misma maniobra, pero menos trabajosa, la habían llevado a cabo las tripulaciones de la Niña y la Pinta. Venían un poco por detrás, dando algo de ventaja, para no distanciarse en la cabeza al tener mayor navegabilidad que la capitana.

Todo el proceso fue observado en silencio, desde el castillo de popa de la Santa María, por Cristóbal Colón y Juan de la Cosa. Una vez navegados unos metros Colón, mirando a levante, se fijó emocionado en el humilde convento franciscano que tanto cobijo le había dado. Allí, en la colina, se veían unas figuras diminutas que eran los seis franciscanos, que saludaban en la lejanía. Ellos también quisieron ser testigos -aunque desconocían como es lógico su repercusión global posterior- de este momento tan especial de la historia universal.

Se estaba iniciando nada menos que el cambio de era en el mundo, de la edad Media a la edad Moderna. Nadie lo sabía allí, pero quedaban solo setenta días para entrar en una nueva etapa de la Historia. Y ese puñado de 87 hombres, la mayoría de Palos, Moguer, Huelva, Lepe o Ayamonte, y las familias y vecinos que los despedían, formaban parte de un escenario único, de una película real con un guión magistral. Una experiencia determinante para todo lo que vino después.

Llegando a la altura de Saltes sobre las ocho de la mañana, las naves abrieron un poco el rumbo para enfilarse al sur por completo, marcando la corredera -un invento muy reciente entonces- en ese momento algo más de cuatro nudos. El día espectacular de aquel 3 de agosto en esta costa simpar mostraba un esperanzador horizonte para la aventura de sus vidas. Mirando la línea infinita del mar se preguntaban que le depararía el destino incierto que suponía adentrarse en esta mítica singladura. No cabía paso atrás. La suerte estaba echada. Y era un verdadero alarde de optimismo.

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