Un millón de gracias, Diego.

El conserje, portero o bedel del Colegio Público El Faro de Mazagón, como muchos otros compañeros de su gremio, realiza una labor excepcional.

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Cualquier padre. Cada mañana a lo largo del curso escolar hay razones para el más efusivo ‘gracias’ a Diego, el conserje del Colegio Público El Faro de Mazagón. Así lo manifiestan los pequeños, abrazándole espontáneamente al llegar al cole. Seguro que en él, afortunadamente, podemos identificar a una gran mayoría de estas personas, los ‘porteros’ de los centros de enseñanza de la provincia onubense. Figuras esenciales que a veces, por no hacer ruido, puede parecer que pasan desapercibidas, pero en absoluto.

Diego, ayudando a un pequeño con su mochila, a la entrada del colegio.

¿Quién de los mayores no recordamos al ‘portero’ de nuestro colegio? Alguien necesariamente próximo y protagonista de nuestras idas y venidas durante tantos años a los centros donde se forja de inicio el camino social de nuestra vida.

Hoy acaban las clases y la familiar presencia de Diego a primeras horas de la jornada escolar se suspende hasta septiembre. Lo echaremos de menos pero, sobre todo, lo echarán de menos los niños y niñas del colegio. Pero no pasa nada, son solo tres meses.

Nadie cuestiona, por obvio, que la labor del maestro es esencial en nuestras vidas. Miramos para atrás y comprendemos la extraordinaria influencia que, más allá del aprendizaje, tienen los profesores que hemos conocido en nuestro comportamiento.

Nuestro protagonista pendiente de la llegada del autobús.

Los, llamémosle, laureles, desde luego merecidos en la gran mayoría de los casos, se lo llevan estos docentes que marcan nuestro crecimiento vital, nuestra evolución y el alcance de nuestra primera madurez. Quizá por eso es posible una cierta injusticia en el reconocimiento expreso para profesionales como Diego. Pero lo más importante de la labor de Diego no es su indiscutible celo funcional, su impecable atención a todo lo que sucede en la puerta del colegio cada mañana.



En este sentido es gratificante, como usuarios de los servicios públicos, observar como este empleado público sobresaliente está pendiente de todos y cada uno de los detalles de ese escenario de la llegada y salida de los niños y niñas del colegio. Como decimos esto es tranquilizador para padres, madres, abuelos y abuelas. El desempeño de su función, como lo hace, es una garantía para los escolares y sus familiares.

Diego, franqueando la entrada y con unas madres observando las filas de los escolares.

Pero, insistimos, no es esta la clave. La esencia de lo que transmite Diego es amor. Un amor explícito, sincero y generoso con los niños que él asume son de su plena responsabilidad desde que son entregados por sus padres hasta que son devueltos a la finalización de las clases.



Sería suficiente con que hiciese bien su trabajo, pero no se limita a ello. Va mucho más allá. Por eso se percibe como Diego, algo que ha sucedido siempre con los buenos porteros de los colegios de toda la vida, goza de un elevadísimo grado de respeto y admiración por parte de los profesores y la comunidad escolar en general.

Atendiendo a los más rezagados.

Todo se conjuga naciendo de él, emanando de su compromiso y buena condición personal -no puede ser de otra manera- para que la energía positiva, las sonrisas, las palabras amables y los buenos consejos reinen en esta parcela de su responsabilidad, en esos veinte metros cuadrados tan importantes en nuestras vidas, donde el es el líder.

Una parcela que tiene una importancia extrema, para los familiares y para los escolares. Las escenas de cariño por parte de Diego intercambiadas con los niños son constantes en la puerta del colegio El Faro, y su desinterés multiplica el merecimiento de esas gracias que aquí humildemente expresamos.

El conserje, Diego, es una figura esencial en el colegio.

Su sonrisa abriga siempre a los pequeños al llegar, ‘aliviándoles’ de alguna manera cuando se hace un poco más cuesta arriba el ir al colegio, por las razones que sean. Y esa paz que transmite Diego es la que se llevan los escolares para dentro de las aulas y las que se llevan también los padres y abuelos al darse la vuelta una vez dejado al hijo o al nieto en la cancela, bajo la extrema y cariñosa supervisión de Diego.

Cuando termina la jornada escolar la concentración de Diego es absoluta. Es una maravilla apreciar como hace de bien su trabajo. Observa el alrededor de la entrada y procesa en cuestión de segundos las caras de todos los que allí se encuentran esperando a los niños. Sin errores va dando paso a las sucesivas ‘entregas’ de los escolares, frenando un poco -con cariño- el ímpetu natural de los pequeños por salir a la calle.

Gracias, Diego, porque mientras las madres, padres y otros familiares charlan de forma distendida en los alrededores de la entrada, creando un cierto ambiente de desenfado e incluso descontrol, redoblas la atención para no perder ningún detalle, ofreciendo seguridad a todos y aportando ese control imprescindible que nos garantiza tranquilidad.

Y no es sencillo, hay que tener capacidad y actitud. Cada niño tiene en ocasiones una pléyade de posibles ‘recogedores’ a la salida del colegio. Padres son dos, abuelos pueden ser cuatro, e incluso tíos o hermanos mayores completan una larga lista de rostros que Diego memoriza exhaustivamente porque siente ese compromiso y responsabilidad que supone el tesoro de estos niños que tanto le quieren.

Un millón de gracias, Diego, y hasta septiembre.

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