Moguer reivindica su estrecha vinculación a la gesta americana

Se cumple el 529 aniversario del regreso de la Niña y del cumplimiento del Voto Colombino.

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Redacción. El 15 de marzo de 1493 arriba al puerto de Moguer sobre el río Tinto la carabela Niña, y culmina el primer capítulo de la gesta americana. Trae la noticia del descubrimiento de un nuevo mundo. Y esa misma noche Cristóbal Colón la pasa en el monasterio de Santa Clara, orando para dar gracias por el feliz desenlace de la aventura.

En el 529 aniversario de aquellos episodios históricos la ciudad que vio nacer a los hermanos Niño y a tantos y tantos navegantes, reivindica su destacada participación en el descubrimiento, exploración y evangelización de las nuevas tierras allende los mares.

A finales del siglo XV Moguer era un importante enclave económico y comercial.

A finales del siglo XV época Moguer era un centro económico y comercial de primer orden. En su puerto sobre el Tinto, que contaba con muelle de carga, varadero, astilleros y una de las más importantes alotas del litoral andaluz, la actividad marinera era incesante.

La pericia de los navegantes de la comarca era reconocida en el mundo entero. No es de extrañar por tanto que Cristóbal Colón encaminase sus pasos a la ría del Tinto. Tenía la seguridad de que en estas tierras se encontraban los hombres, los barcos y los conocimientos náuticos necesarios para hacer realidad su sueño: alcanzar las Indias por una nueva ruta hacia Occidente.

El Convento de Santa Clara de Moguer es una de las referencias histórico-colombinas.

Colón visitó la villa de Moguer en varias ocasiones con el propósito de conseguir apoyos para su proyecto. Encontró en la entonces abadesa del monasterio de Santa Clara, Inés Enríquez, pariente del Rey Católico, una eficaz aliada que se convertiría en valedora del marino genovés ante la corte de Castilla.

Representación escultórica del moguereño Pedro Alonso Niño.

Otros moguereños de la época también prestaron ayuda y cobijo a Colón. Destacan entre ellos el clérigo Martín Sánchez y el hacendado Juan Rodríguez Cabezudo. Este último dueño de la cabalgadura con la que el genovés viajó a Santa Fe a negociar con los Reyes, y a quién encomendó la custodia de su hijo Diego.

Patio de las Madres de Santa Clara de Moguer.

Hacia 1488 los carpinteros de ribera moguereños construyen con madera de pino y chaparro de nuestros montes la que estaba llamada a convertirse en una de las naves más famosas de la historia, la carabela Niña. Bautizada en su origen como Santa Clara, pasaría a la posteridad con el nombre de sus propietarios, la importante familia marinera de los Niño.



Los Niño en Moguer y los Pinzón en Palos, eran las dos principales estirpes de navegantes y armadores de la comarca. Por ello son los encargados de realizar la captación de marinería para el gran viaje trasatlántico. Por aquel entonces Colón era aún un perfecto desconocido. Sólo a la influencia de estas dos familias se debe el que los marineros de la zona se enrolasen en lo que sin duda era toda una aventura hacia lo desconocido.

La expedición de Colón contó con una determinante participación de marinos de Moguer.

Tres fueron los Niño que acompañaron a Cristóbal Colón en el primer viaje. Pedro Alonso, piloto mayor de la flotilla, que viajaba junto al almirante en la nao Santa María; Juan y Francisco, que comandaban el barco de su propiedad. Y con ellos, decenas de moguereños, hasta una tercera parte de la tripulación de las naves.

Cuando la nao Santa María encalla en La Española, la pequeña carabela moguereña, que había demostrado en el viaje descubridor sus excelentes aptitudes para la navegación, pasa a convertirse al regreso de la expedición en la nave capitana.

Rememoración del Voto Colombino.

Precisamente en el tornaviaje se produce uno de los episodios que estrecharían aún más los lazos de Moguer con el primer almirante de las Indias. A la altura de las Azores, cuando una fuerte tempestad amenazaba con hacer zozobrar las naves, el marino genovés se encomendó a Santa Clara. Le prometió que, de salir con vida de tan peligroso trance, daría gracias pasando una noche en vela y oración, y haciendo decir una misa en la iglesia del monasterio moguereño.

Y así, al arribar la Niña a la bocana del Tinto el 15 de marzo de 1493, Colón se encaminó inmediatamente a Moguer. Tenía que cumplir esa misma madrugada la promesa realizada en alta mar.

Comitiva para el homenaje a los marineros.

En los años posteriores al Descubrimiento, primero los Niño, con el famoso viaje de Pedro Alonso a las costas de Venezuela y Margarita del que regresó con una preciosa carga de perlas, y posteriormente otros muchos nativos de Moguer, participaron en las expediciones colonizadoras y evangelizadoras al nuevo continente, esfera clave en la gesta americana.

Azulejo en honor a Pedro Alonso Niño.

Andrés Niño, piloto real descubridor de los mares del Sur. Alonso Vélez de Mendoza, navegante del Amazonas y repoblador de la Isla de Santo Domingo. Bartolomé Ruiz de Estrada, piloto de la famosa expedición de «los 13 de la fama» con la que Pizarro inició la conquista del Incario. Fray Antonio de Olivares, fundador de la hoy populosa ciudad de San Antonio de Texas. Franciscano Quintero, que acompañó a Hernán Cortés en su expedición a México, o Diego García de Moguer, que navegó con Magallanes en la primera vuelta alrededor del mundo. Son sólo algunos ejemplos de la participación de la villa de Moguer en el descubrimiento y exploración del nuevo continente.

Durante los siglos XVI al XVIII muchos moguereños se alistaron en las armadas o emigraron al nuevo continente. Estaban animados por las noticias de bonanza económica que llegaban de las Indias. Esa correspondencia de Moguer con América tuvo también su contrapartida. Se materializó en el flujo de metales preciosos y dinero que los emigrantes americanos remitieron a lo largo de estos años a su pueblo natal.

La estrecha relación de Moguer con América comienza con la gesta descubridora y todos los posteriores viajes de exploración a la tierra americana. Y continúa con la Carrera de Indias, los incontables viajes de ida y vuelta entre los moguereños y americanos durante los siglos posteriores al Descubrimiento.

Estos viajes provocarán influencias de todo tipo. Arquitectónicas, costumbres comunes, los cantes que viajan por mar y que regresan enriquecidos y únicos, y un sinfín de cosas en común. Carácter, gastronomía, fiestas, idioma… que mantienen vivo en Moguer el orgullo de su destacada participación en el encuentro y el conocimiento entre dos nuevos mundos.

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