Festejos y jolgorios de Pascua en Huelva a finales del siglo XIX

Juan Villegas Martín nos trae en este artículo algunas de las formas en las que la provincia onubense ha celebrado siempre la Pascua y este Sábado Santo.

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1859

Juan Villegas Martín. Pascua florida, Pascua de Resurrección, expresiones de hermosas sonoridades que, sin embargo, hace ya algún tiempo que empezaron a pasar a mejor vida en nuestro lenguaje cotidiano. Como no cabe duda de que la evolución del léxico está directamente comandada por la de la propia realidad –y no al revés, mal que les pese a algunos–, la caída en desuso de estos términos es ya en sí una pista de lo que ha venido ocurriendo, al menos en el último siglo, con las celebraciones pascuales.

San Pedro.

Está claro que si partimos de planteamientos estrictamente teológicos, la Semana Santa solo alcanza su pleno sentido con la celebración de la Resurrección. Así parece que fue en otros tiempos, donde tanto la Iglesia como el pueblo llano la celebraron con mucha más intensidad que hoy. Un detalle: en el siglo XVI casi todas las cofradías de la Soledad, en pueblos y ciudades, tenían entre sus obligaciones de reglas dos procesiones, la del Entierro de Cristo y la de su Resurrección, en la que la misma Virgen Dolorosa que había salido el Viernes Santo se vestía de blanco como reina de alegría y procesionaba junto al Resucitado.

Otras muchas cofradías realizaban fiestas de Pascua, a las que acompañaban diferentes actos jubilosos de gran predicamento popular. La fuerza de estas antiguas celebraciones está aún vigente en algunos lugares; remito a las procesiones de La Redondela, Hinojos, San Juan del Puerto o Cartaya, y también a las de varios pueblos del Aljarafe sevillano, donde el Domingo de Resurrección es uno de los días más señalados del año.

La Cinta.

La Pascua era todavía una fiesta principal en la Huelva de fines del siglo XIX, como podemos comprobar al hojear las páginas del diario La Provincia, fuente de la que extraemos la mayor parte de estas informaciones 1*. Hay que apuntar primeramente que, antes de la reforma litúrgica de mediados del siglo XX, la Vigilia Pascual, y con ella la propia Resurrección, se celebraban en la mañana del Sábado, llamado por entonces de Gloria. Ese día tenían lugar en los templos de Huelva, especialmente en las dos parroquias de San Pedro y La Concepción, los oficios de la bendición del agua y el fuego, la del cirio pascual y el rompimiento del velo negro que cubría el altar mayor.



Las primeras protagonistas del júbilo pascual eran las campanas. Inveteradas anunciadoras de las buenas y de las malas noticias, enmudecían en señal de luto el Viernes Santo y, según sostenía la imaginación popular, se marchaban a Roma, de donde solo volverían para saludar la Resurrección de Cristo. Así, en su crónica de la Semana Santa de 1892 los redactores de La Provincia recogen cómo el sábado 16 de abril, “después de la bendición del agua y el fuego, las campanas han alborotado de lo lindo con sus lenguas de bronce, anunciando la Resurrección”.

Concepción.

Y en una identificación subconsciente de la muerte de Jesús con el invierno y de su resurrección con la primavera, se recreaban: “el campo se esmaltará de flores, la primavera hará renacer la naturaleza aletargada por los fríos del invierno, y tendremos más calor, más luz, y con ello más vida”. Resurrección y primavera unidas llamaban, pues, a la expresión del júbilo popular, al goce de la vida y al abandono de los rigores y penitencias que desde el Miércoles de Ceniza había tenido impuestos doña Cuaresma, vencedora allá por febrero en su mítica batalla con don Carnal.

Pero, antes de dar paso al disfrute de la naturaleza renacida, había una cuenta que saldar. Una costumbre perdida hoy en la mayoría de los lugares, pero conservada en algunos pueblos como Hinojos o Fuenteheridos, quería que el traidor Judas pagara su culpa por haber vendido a Jesús. Ignorando el desenlace evangélico que había conducido al discípulo al suicidio, el pueblo andaluz había determinado tomarse la justicia por su mano. El Sábado de Gloria en la ciudad de Huelva tenía lugar la ejecución de Judas, representado en un muñeco contra el que disparaban los cazadores y quienes disponían de armas de fuego. Por ejemplo, sabemos que a las nueve de la mañana del sábado 24 de marzo de 1883 la muchedumbre abrió fuego “contra los Judas de paja que, atados en lo alto de palos, había en muchas calles”.

Cabezos.

La costumbre estaba, pues, en plena vigencia, pero algo amenazaba su continuidad, y ello no es más que la transformación que estaba experimentando la capital onubense. En los nuevos parámetros urbanos de la renovada Huelva empezaba a no caber lo que los sectores más influyentes consideraban una “rancia y ridícula costumbre [que] no hace mucho favor a la población” y que “bueno sería que para otro año la autoridad impidiera”. Lo acabarían consiguiendo, y no en mucho tiempo.

En 1884 aún clamaban los partidarios de la prohibición: “El sábado parecen algunos barrios de nuestra población aduares de moros cuando corren la pólvora”; y tenían una propuesta: “que en lugar de matar a tiros a los Judas de trapo que aparecen en la mañana del Sábado Santo en muchas calles, se les ahorcase en silencio”. Así, “la buena intención resultaría igualmente satisfecha” y se evitaría “el estrépito de un tiroteo formidable y los sustos”. En la Semana Santa de 1886 parece que la tradición perdió ya la batalla, suprimida por una orden municipal que firmaba el alcalde Antonio García Ramos y que prohibía el disparo de armas de fuego en el interior de la ciudad. Se pretendía, y probablemente se logró, acabar con “la costumbre abusiva, por todos repugnada, de hacer descargas simultáneas en las calles donde se simula a Judas”.

Campana detalle.

No era este el único regocijo propio de las pascuas onubenses. El antiguo Sábado Santo también estaba marcado por otra costumbre antigua y desaparecida: las “tradicionales rifas de borregos”, que en la zona del mercado daban comienzo después del “repique de Gloria”, y de las que nos dan noticias las crónicas de La Provincia en 1895 y 1897. En la tradición del Antiguo Testamento el cordero era el animal sacrificado en la Pascua, identificándose posteriormente al propio Jesucristo como Cordero Pascual; por eso, la venta, rifa o representación de estos animales (incluso en forma de dulces o figurillas comestibles) era habitual en este día. Un gran mercado de corderos se celebraba en ciudades como Sevilla o Barcelona, y también en muchos pueblos, conservándose todavía en algunos.

Por fortuna, la vecina villa de San Juan del Puerto nos ha mantenido viva esta ancestral costumbre. Quien acuda allí en la mañana del Domingo de Resurrección podrá percibir todavía los retazos de esa alegría pascual propia de los siglos pasados al contemplar la procesión del Resucitado y la Virgen de la Esperanza junto con la tradicional rifa de borregos a las puertas del ayuntamiento. Similar ambiente se vivía también en la Huelva de fines del siglo XIX, por cuyas calles se podía ver el Sábado de Gloria a “estos animalitos acompañados de las personas agraciadas”, aunque en ocasiones se dieran abusos, como la reventa a cargo de “una mano de granujas” el Sábado de Gloria de 1897 de papeletas ya sorteadas, con el consiguiente disgusto de quien “se presentaba a recoger su borrego y lo que recogía era un desengaño”.

Finalmente, nos referiremos a otros antiguos esparcimientos onubenses destinados a celebrar, después del recogimiento y la penitencia, el motivo alegre de la Resurrección. En muchos pueblos el Domingo de Pascua se caracterizaba por la llamada “jira”, una comida campestre y festiva con la que se ponía fin al período cuaresmal. La Huelva del siglo XIX conservaba aún esta costumbre popular. Decía el cronista de La Provincia en abril de 1897 que en aquella ocasión “apenas se oyó el alegre toque de Gloria y el canto de ¡Aleluya!, aquella multitud que se postraba silenciosa y contrita sobre el pavimento de los templos o al paso de las sagradas procesionales imágenes, como si se ahogase en el estrecho recinto de la ciudad, abandonó esta saliendo al campo a ensanchar los pulmones respirando el perfumado ambiente de una adelantada y risueña primavera”.

El final del tiempo penitencial invitaba al disfrute de los sentidos en medio de la naturaleza exultante, y los onubenses salían en masa a parajes cercanos como “los pintorescos huertos de la Cinta, del camino de la Soledad, del de Santa Cruz, Pozo Dulce, Cardeñas”, que son los que “el pueblo invade los días de gala y jolgorio”. Por su parte, los jóvenes demandaban impacientes la diversión que les había hurtado el rigor de las costumbres cotidianas durante la Semana Santa, y “refrescada su conciencia con la vigilia y el ayuno”, abandonaban el recogimiento para saltar “del templo al salón de baile”. Porque –apostillaba el comprensivo redactor– “si la vida es una sucesión de etapas, alegres unas y tristes otras, bueno es irlas alternando” y, al fin y al cabo –concluía–, “la misma Iglesia nos lo enseña: tras la Cuaresma, la Pascua”.

Cuaresma y Pascua, por lo tanto, marcaban en aquella época un contraste cuya dimensión, por razones relacionadas con la evolución social, no nos resulta fácil de comprender hoy. Estas antiguas celebraciones pascuales, en buena parte ya extintas o muy mermadas, señalaban el momento en que el pueblo se despedía de la severidad del tiempo cuaresmal, de “los ayunos y las abstinencias, los crespones y los salmos de Jeremías”, para abrazar el nuevo ciclo, luminoso y festivo, de la primavera.

1* Todos los entrecomillados del texto están tomados de: Archivo Municipal de Huelva. Hemeroteca histórica. Diario La Provincia, números de 26-03-1883, 14-04-1884, 22-04-1886, 16-04-1892, 24-03-1894, 12-04-1895, 18-04-1897 y 20-04-1897.

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