Semana Santa popular en la Huelva del siglo XIX (I)

Juan Villegas Martín nos trae, en vísperas de esta Semana Santa peculiar debido a la pandemia, un repaso por la historia de esta tradicional fiesta, muy arraigada en Huelva y provincia.

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Juan Villegas Martín. Sin dejar de reconocer en una fiesta como la Semana Santa las profundas significaciones religiosas que constituyen su principal razón de ser, me gustaría en el presente artículo dedicar una mirada a las implicaciones de esta celebración en el ámbito de lo popular, una faceta de la que a veces parecemos desentendernos y que, sin embargo, ocupa un lugar en absoluto desdeñable en la consideración de este tiempo festivo.

En esta ocasión pondremos el foco en una época, las últimas décadas del siglo XIX, de gran interés para la historia de la Semana Santa onubense, una etapa en la que, al hilo de la incipiente transformación urbana de Huelva, se van apuntando las líneas de evolución de la fiesta hacia nuevos modelos cada vez más separados de los de la antigua y popular celebración pasionista.



Para ello tenemos la fortuna de contar con la rica fuente informativa que constituye la prensa local, en concreto el diario La Provincia, del que extraemos las historias y citas textuales que expondremos a continuación*1, y cuyas páginas nos recuerdan, con mirada a veces crítica y controladora, a veces indulgente y hasta jocosa, que la faceta popular de la Semana Santa ha sido siempre una constante en su historia. Echemos pues, a través de las columnas de dicho periódico, una ojeada curiosa a algunas historietas o casos populares de la Semana Santa onubense de hace casi 130 años.

Viendo pasar a los armaos



La centuria romana de Huelva, creada en 1892 y activa durante más de tres décadas, como explica en su ilustrativo libro el historiador Eduardo J. Sugrañes*2, se convirtió casi desde sus inicios en uno de los mayores atractivos de la Semana Santa onubense. Acompañando con su marcialidad y su brillante atuendo los cortejos procesionales de Jesús de las Cadenas, el Santo Entierro o la Expiración de San Francisco, los romanos onubenses concitaban poderosamente la atención de un público –frecuentemente integrado por novias, esposas y madres– siempre dispuesto a ponderar la gallardía y el donaire de los suyos por encima de cualquier cosa. El cortejo de la centuria aportaba el tono espectacular a las cofradías onubenses de la época y daba a los redactores de La Provincia la ocasión para el chiste y la historieta.

Contaban, por ejemplo, que el Viernes Santo de 1892 veían pasar la procesión del Santo Entierro dos señoras, una de las cuales se quejaba de que la otra armaba mucho ruido, presumiendo de que su esposo iba de romano en la centuria: “¡Pues no mete mucho escándalo esta señora porque va el marido con lanza y capotín!”. Acusada de envidiosa, la primera mujer contraatacaba: “¿Envidia, yo, que lo tengo así to el año?”. ¿Cómo era eso posible? –preguntaba intrigada la esposa del armao–. Muy sencillo, el marido de la otra ejercía uno de los oficios más característicos de la Huelva de aquellos tiempos: era sereno.

Las tribulaciones de un gitanillo de Montrocal

Era el Miércoles Santo de 1893 y en la iglesia de San Pedro se celebraba el tradicional Oficio de Tinieblas. Este antiguo ritual, desaparecido en la actualidad, consistía en un acto nocturno en el que a medida que se rezaban una serie de salmos se iban apagando una a una quince velas colocadas en un gran candelabro triangular que representaban a los apóstoles, las santas mujeres y la Virgen. Al extinguirse la última de dichas velas, el templo quedaba a oscuras y se reproducían ruidos que simulaban los fenómenos naturales que siguieron a la expiración de Jesús, provocando un particular efecto sobre los asistentes. Pero aquel gitanillo del callejón Montrocal nunca había asistido a semejante ceremonia. Ese año acudió, “incitado por algunos amigos de la calle de Silos y plaza de la Soledad, zagaloncetes como él”, que decían divertirse mucho en el acto.

Todo fue bien mientras quedaban velas encendidas; el gitanillo se divertía escuchando los cantos y observaba el tenebrario, aquel curioso candelabro que era el centro de todas las miradas. Hasta que solo quedó la última vela, y esta se apagó también, dejando las naves de la iglesia en la más profunda oscuridad. “Al poco tiempo empezó un ruido que puso los pelos de punta a nuestro protagonista”; entonces el chaval “tomó una jindama como para sí solo”, y le invadió un deseo irrefrenable de salir corriendo de la iglesia. Le retenían sus compañeros, diciéndole que entonces empezaba lo mejor, “las Tinieblas”. Cuenta el periódico que, presa del pánico, “el gitanillo metió mano a la faja y sacando una faca de regulares dimensiones, contestó: Pues a la primera tiniebla que se me acerque, la divido”.

¿Sale o no sale la cofradía?

El Jueves Santo de 1894 se había presentado desapacible y lluvioso; vino el día “atravesado, no dando gusto a nadie y produciendo disgustos sin cuento”. Los más disgustados eran probablemente los armaos que tenían que acompañar esa tarde a la procesión del Señor de las Cadenas: “Ahí es nada llevarse toda la mañana un honrado obrero (…) armándose de romano centurión con ayuda de la familia”, preparando con mimo su lanza, el reluciente casco con celada y la “áurea dalmática”, para luego tener que sentarse en el portal de su casa a esperar que escampe. No es difícil imaginar cómo “el jefe de la centuria, en actitud guerrera, miraba de reojo por entre la celosía del casco el amontonamiento de nubes en el horizonte”.

Pero, por fortuna, al final la tarde permitió alguna victoria del sol, “mientras las nubes y los celajes corrían por el horizonte, derrotadas, a esconder sus vergüenzas tras los cabezos”. La cofradía de los Judíos iba a salir, pero no había certeza sobre su horario: ¿las diez, las once, las doce? La gente acudía a la plaza de la Merced, y también los romanos de la centuria, pero todo eran preguntas. Como la que hizo “una señorita de tez pálida por la vigilia a un centurión que pasaba”. ¿Cuándo saldría por fin la procesión? “Ni Dios lo sabe, contestó el romano sin pararse”. La chica y su madre quedaron debatiendo sobre lo groseros que eran los “armados de ahora”, recordando la madre que no eran así “los armados de su tiempo”.

(Continuará). El próximo sábado nueva entrega en Huelva Buenas Noticias.

1 Archivo Municipal de Huelva. Hemeroteca histórica. Diario La Provincia, 16-04-1892, 30-03-1893, 24-03-1894.
2 Sugrañes Gómez, Eduardo J. (1990): Centuria Romana de las cofradías de Huelva. Huelva, Caja Provincial de Ahorros.

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