Miguel Hernández, la imprevista noche de Galaroza

“Me voy, me voy, me voy, pero me quedo”. M. Hernández. Juan Carlos León Brázquez aporta este dato en el día en el que se cumplen 110 años de su nacimiento.

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Ficha militar de Miguel Hernández.

Juan Carlos León Brázquez. El poeta-pastor Miguel Hernández murió el 28 de marzo de 1942 en una cárcel alicantina, cerca de su pueblo de Orihuela donde vino a nacer un 30 de octubre de 1910, hace hoy 110 años. Mucho se ha escrito de su vida y de su obra, pero nada se sabe de la noche que pasó detenido, entre desgracia y desgracia, en el pueblo serrano de Galaroza.

A decir de Gloria Guardia Zeledón, en un Especial de la revista Nerva (2002) editada en Madrid, Miguel Hernández pasó como un meteoro por el horizonte literario de España, pues solo ocho años transcurrieron desde la publicación de sus primeros poemas hasta la fecha de su muerte. Y aún así, “logró dejar su huella, su voz propia, henchida de humanidad y perseguida por el sino de la muerte, esculpida para siempre en la sensibilidad poética española”.

Fue Juan Ramón Jiménez quien captó esa fina sensibilidad del campesino reconvertido en poeta. Miguel le había escrito: “Sólo conozco a usted por su Segunda Antolojía que -créalo- ya he leído cincuenta veces aprendiéndome algunas de sus composiciones” y agrega, “con el escaso cobre que puedan darme tomaré el tren de aquí a una quincena de días para la corte…”, así llegó a Madrid, con una República en ciernes y con unos literatos indiferentes al iniciático hacer del poeta alicantino, que hasta 1933 no logró publicar su Perito en lunas. Y al año siguiente tras conocer a su mujer, Josefina Manresa, regresaría a Madrid, con todo un nuevo bagaje poético bajo el brazo. Del árbol de la vida propia brotan nuevos retoños, de amor y poesía. Llegó Josefina y llegó El silbo vulnerado y El rayo que no cesa.



Monumento a Miguel Hernández en Rosal de la Frontera. Obra de Germán Franco.

Pero el rayo maldito de la guerra lo reconvierte en “Comisario de Cultura del Batallón de El Campesino”, donde el trágico drama de la brutalidad bélica marcará en el tiempo recortado su penúltima poesía: Viento del pueblo, El hombre acecha, Cancionero y romancero de ausencias… poemas con el fondo de la guerra, de la muerte, del sentimiento por la patria ensangrentada en desgarrador enfrentamiento entre hermanos. Renuncia pronto a seguir en la tranquila retaguardia escogida por sus amigos poetas de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, quienes lo más que tomaron para su propio solaz fue el Palacio de los marqueses de Heredia-Spinola, utilizado como mirador para ver los bombardeos aéreos sobre Madrid, como si nada fuera con ellos. Miguel no, Miguel marcha al frente, a su manera, a ese Quinto Batallón de Voluntarios. Y ahí conoce las señas de identidad que marcan la muerte, la de las trincheras, la de los amigos y la de su primer hijo. Ya no habrá paz para él, porque la guerra le perdona la vida, pero le marca su sino de cárceles y ahora sí, el camino hacia su propia muerte.

Franco está a punto de decretar el fin de la guerra y Miguel días antes, el 9 de marzo de 1939, llega a Orihuela tras cinco días de caminatas por una tierra encharcada en sangre. “¿A dónde iré que no vaya?”, vaga esperanza para encontrarse con Josefina y su hijo, Manuel Miguel, de solo tres meses. No tiene más consuelo, nadie lo ayuda, ni siquiera aquel cura, Luis Almarcha, que otrora fuera tan admirador que hasta llegó a publicarle Perito en lunas. Y vuelta a Madrid, intentando huir del destino y siguiendo un plan detallado para reencontrarse con Josefina y su hijo en Lisboa, pero no irían juntos. La única mujer Premio Nobel de Literatura en castellano, la chilena Gabriela Mistral, los esperaba para ayudarlos desde su puesto diplomático en la capital lusa, pero Lisboa no llegó a recibirlos.

La guerra, solo la de trincheras, había terminado. El destino es persistente y laberintico, aunque Miguel trató de sortearlo. Consiguió que, en Madrid, el poeta falangista Eduardo Llosent lo recomendase a Joaquín Romero Murube, por entonces alcaide de los Alcázares de Sevilla, pero Franco andaba por allí y Miguel, tras hablar con el poeta, se va a Cádiz, a buscar a Pedro Pérez Clotet, director de la revista Isla, quien poco podía hacer porque andaba fuera de la ciudad, en Ronda. Y sigue en imprevista ruta buscando una mano amiga. Llega a Valverde del Camino, pero tampoco encuentra al abogado Diego Romero Pérez, también de viaje, en Madrid. Y es en Valverde donde, en la pensión a la que acude, se encuentra con arrieros, de esos del contrabando con Portugal y se agarra a la esperanza cuando decide seguir las cifradas veredas que lo conduzcan al país vecino.

Retrato de M. Hernández, por Granados Valdés. Caracas, 1968.

Un camión lo traslada hasta la siguiente parada, Aroche. Alpargatas nuevas para caminar y un triste bocadillo para distraer el hambre. Retorcidos caminos rurales de contrabando en la Sierra de las Contiendas para cruzar “la raya”, sorteando la Rivera del Chanza y tras la negrura de la noche y una avanzada mañana, evitando a la Guardia Civil y a los guardiñas salazaristas portugueses, consigue llegar a Santo Aleixo da Restauraçao. Lo pierde el ansia de llegar ahora a Lisboa, porque no acepta la invitación de un joven que lo ayuda y le pide que se quede unos días y descanse. Miguel quiere llegar cuanto antes a la capital y la siguiente parada está en Moura. Necesita dinero, vende un traje y el reloj de oro blanco regalo de Vicente Aleixandre por su boda con Josefina. Miguel dedicó a Aleixandre su Oda entre arena y piedra. ¿Cómo iba a tener un reloj así un tipo con tan pobre pinta?, pensó el comprador que dio parte a los guardias portugueses, que rápidamente lo detuvieron, el 3 de mayo, presumiendo que era un ladrón y como tal lo entregan a la Guardia Civil, en Rosal de la Frontera. Un reloj reconvertido en afilado cuchillo que amenaza la vida de Miguel.

Fue en la mañana del 4 de mayo de 1939 cuando lo regresan a España. Primer delito asignado, atravesar clandestinamente la frontera. Le confiscan lo poco que le quedaba, un billete de 20 escudos, una moneda de cinco centavos y otras cuatro de diez. Según consta en el atestado que redactó la Guardia Civil también llevaba un auto sacramental que había escrito, “Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que era” y el libro “La destrucción o el amor”, que contenía una carta personal de su propio autor, su amigo Vicente Aleixandre.

Y a partir de ahí días de interrogatorios y palizas que le hicieron orinar sangre y perder el oído izquierdo. Del hambre, solo mitigado con lo que Manuela llevaba con su hija a su marido Francisco “Guapo”, el contrabandista preso con el que compartió celda y las escasas viandas. Estuve hace unos años con la niña a la que aupaba su madre para que viera por la ventana al padre y a aquel compañero de fugaz presidio. Poco sabía, solo de los canastos con comida que su madre llevaba a su padre y de que le lavó la ropa. Y del último chorizo que su madre envolvió para el poeta al enterarse de que iba a ser trasladado.

Cinco días en Rosal hasta que la autoridad decidió enviarlo a la cárcel de Huelva. Y aquí empieza una pequeña historia menos conocida. La Guardia Civil que lo custodia llega a la estación de tren más próxima, Jabugo-Galaroza, en la pedanía de El Repilado, con la intención de tomar el tren hacía Huelva, pero un derrumbe en la vía ferroviaría hace que deban improvisar. De la estación lo llevan provisionalmente a los calabozos de Galaroza, donde va a pasar “como un meteoro”. Allí comparte celda con Antonio Fernández Muñiz, político local republicano con cargos en el Ayuntamiento. Era soltero y vivía con sus padres. Su hermana Carmen le preparaba la comida que su hijo, Benigno García Fernández (Galaroza, 1922), le llevaba a su tío encarcelado. Antonio que vio el lamentable estado con el que Miguel Hernández llegó a Galaroza no dudó en arroparlo y compartir su comida con el poeta preso. Antonio al poco salió en libertad, pero los falangistas fueron a buscarlo a la casa de campo familiar y se lo llevaron a Fuenteheridos donde lo asesinaron. Su hermana Carmen nunca más pisó las calles cachoneras. La familia, que vivió muerte a derechas e izquierdas, decidió guardar en silencio el breve paso por Galaroza del poeta alicantino.

18 de julio 1936-18 de julio 1938. Miguel Hernández.

Mientras, Miguel Hernández Gilabert, con apenas 28 años, acusado de “adhesión a la rebelión militar” siguió su ruta carcelera hacia Huelva, y de ahí a Sevilla, y de ahí a Madrid… Y tras un brevísimo periodo en libertad, en septiembre de 1939, otra vez una ruta carcelera que pasa por Palencia, Madrid y Alicante. Condena a muerte, conmutada a 30 años para no crear otro caso García Lorca. Y de cárcel en cárcel su sombra de poeta compone versos a cada llanto y lágrima del sufrido sentir y sale esos Poemas últimos, hasta que en la prisión de Alicante la tuberculosis tumbó su sensible alma poética. Fueron 32 años de vida, amor y muerte, los que dijo haber escrito “en el arenal de la vida”. Hoy tendría 110 años, pero no lo dejaron avanzar. Solo permanece su poesía, aquella que lo enfrentó a la intensidad de su corta existencia y al poso amargo final de sus tres heridas, la de la vida, la del amor y la de la muerte.

Nota: Tuve conocimiento de esta historia hace varios años y testigos me confirmaron la existencia en el Ayuntamiento de un documento firmado donde constaba la entrada y salida del preso en Galaroza. El documento ya no está en los Archivos Municipales, que como la mayoría de archivos adolece de falta de custodia e inseguridad, por lo que algún desaprensivo sustrajo ese documento. A falta de él, fueron varios descendientes familiares de Antonio Fernández Muñiz quienes me confirmaron la veracidad de la historia y del breve paso de Miguel Hernández por Galaroza (Huelva).

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