Dramatis Personae

"Y las sirenas y los tritones que nadan y saltan en las olas. Criaturas estas últimas que sólo algunas personas que no estoy autorizado a revelar podían ver en aquella Punta Umbría literaria y mágica a la que, en un sueño, mi subconsciente, sin mi permiso, como suele, bautizó con el nombre de Maldevo". Por Félix Morales.

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Félix Morales Prado. Al mismo tiempo que pergeñaba estos recuerdos de aquella Punta Umbría en la que se desarrollaron mi infancia y adolescencia (pues recuerdos, no se olvide, y no otra cosa son; recuerdos con la falibilidad de los recuerdos, opinión, visión subjetiva y no ciencia histórica -supuestamente objetiva-), mientras, insisto, intentaba describir trozos de mis memorias de aquellas calles y plazas, de aquellos bosques, edificios que ya no son, rincones inolvidables y olvidados, con sus olores y sonidos, sus suavidades y sabores, contrastando unos, difuminando otros, quizá olvidando muchos, una serie de personajes, más o menos presentes o ausentes en los textos, derivaban por esos espacios, los poblaban, yendo cada cual a sus asuntos, saludándose al cruzarse, ocupando el minúsculo, y sin embargo universal, fragmento de ser, manifestación del Ser, que les correspondía, con que se correspondían, desempeñando su papel en este teatro calderoniano en el que el autor ordena al mundo: “Yo a cada uno / el papel le daré que le convenga, / y porque en fiesta igual su parte tenga / el hermoso aparato / de apariencias, de trajes el ornato, / hoy prevenido quiero / que, alegre, liberal y lisonjero, / fabriques apariencias / que de dudas se pasen a evidencias”. De forma que está claro que ese que con nuestro ojo panorámico, atemporal y cósmico, vemos avanzar portando un maletín con herramientas por el Cerrito hacia la casa de los Méndez, donde se rompió una tubería, es Rasco, el fontanero, que saluda al paso a Ramón, el electricista. Vuelve de revisar el transformador en la Retama, junto al depósito de agua de la Compañía minera. Vides, enjuto, tocado con gorrilla gris, de actitud decidida y jovial, acaba de entregar una carta en la Calle Ancha. Además de ser el cartero es siempre el organizador y maestro de ceremonias en los festejos; como, por ejemplo, en la Cruz de Mayo y su Romería, con toda la parafernalia de bailes, tamborileros, concursos de sevillanas y demás que eso implica. Cierto que cuenta con la ayuda de otros devotos de tales celebraciones, como Enriquito, el de la mercería de la calle de Los Tarantos y La Cueva, donde Jacinto el guitarrista ejerce su arte.

Aquel que se tambalea por la Muralla, con serio peligro de despeñarse, envuelto en un andrajoso abrigo gris oscuro, con barba de varios días y pinta de personaje barojiano, es Don Remi, curiosamente homónimo del hombre más rico del pueblo y dueño de la Isla de Saltés; de él se cuentan historias que, de boca en boca, van modulándose y cambiando, como ocurre con todas las de tradición oral. Que es hombre muy culto, se dice; unas veces, que abogado; otras, que médico. En una ocasión, lo vi dormido sobre el fango de la bajamar, abrazado a un montón de verdigones. Las razones por las que ha llegado a esta situación no dejan de ser un racimo de conjeturas que desembocan en una entrega al culto báquico que ya no se sabe si es causa o consecuencia. Figuras surrealistas, dignas de una película de Fellini o Berlanga, no faltan en el pueblo. Aquella mujer que va detrás de ese entierro, hecha un mar de lágrimas, no conocía al muerto; ni a ese ni a casi ninguno de los protagonistas de los sepelios a los que asiste. Y asiste a todos los que se celebran y llora en todos. En este momento se está sacando un enorme reloj despertador del bolsillo del abrigo para mirar la hora. Delante de la Calle San Francisco Javier, entre la churrería de Ropero y la tienda de Araceli, da grandes zancadas Faísco, parando de vez en cuando y abriendo mucho los ojos como si cayese en la solución de algo que estuviera rumiando; palmotea entonces muy fuerte y se golpea las piernas dando grandes carcajadas que cesan de súbito. Pikolín, flaquísimo, frágil, con gesto miedoso y huidizo y una bondad natural que no logra echar abajo la terrible y burlona homofobia de la época, se apoya en la pared del Bar Camarón como la heroína de la canción “Ojos verdes” en el quicio de la mancebía. Pasa el, para mí siempre enigmático y fantástico Cosario, envuelto en su capa oscura. Hoy sería sencillamente un mensajero que trabaja para MRW. Las cosas han perdido su épica. Y Contreras el ciego, pregonando los cupones de la once, golpetea la acera con el bastón. Nunca conseguí saber si gritaba “Dos iguales para hoy”, “Diez iguales para hoy” o “Los iguales para hoy”. Allí, delante del bar de playa “San Nicolás”, está José María Entrena, el culturista del pueblo, musculando en las anillas. Admirado como el atleta de la localidad, se contaba entre los niños que era capaz de hacer el Cristo de Blume, máxima hazaña de la época.



En la terraza de su casa, que está junto a la de Don Antonio Alaminos, sentado, Pajarito, que dicen que no ha dormido nunca. Nunca. Siempre despierto. Terrible. Admirable. Junto a la cofradía, Don Antonio Gil, el Chinguito, el Alcalde por antonomasia, que regresa a su hogar, saluda a Don José de las Casas, el contramaestre, cuyo inteligentísimo hijo era un genio incomprendido. Alguna gente del pueblo expresaba esta circunstancia diciendo que se había vuelto loco “de tanto estudiar”, etiología no constatada por la ciencia hasta el momento pero muy utilizada entonces. Nadie, sin embargo, le discutía a su hermana Maruchi el mérito de ser la belleza del pueblo. En la lota, de pie, observa las cajas de marisco Combes, italiano que llegó al sitio en circunstancias novelescas, en un bote con un velacho. Y que, sabiendo ver el potencial que tenía la chirla, años y años delante de las narices de los autóctonos sin que lo advirtieran, supo también explotarlo y hacerse rico. Así como, según parece, correspondió con generosidad a la tierra y la gente que lo acogieron en el exilio.

En la puerta de su farmacia, frente a la Panadería del Río, Don José Figueroa, que solía regalarme cajitas de pastillas Juanolas, da unos sonrientes buenos días, las manos cruzadas en la espalda, a Ochoa, cuya lesión en la boca hacía que se me asemejara a Popeye. Su hermana la monja está dentro de la botica comprando unas aspirinas que, con su eterna amabilidad, le despacha Mohedo, el mancebo.



Camino de la playa va Marconi, el fotógrafo oficial. Marconi llevaba un gorro de astracán ruso, una excentricidad para la época. Alguna “mala lengua” me comentó que era comunista. ¿Sería por eso por lo que lo llevaba?

En la iglesia, Pepe Chaves el organista ensaya en el armonio las canciones del culto, “Vayamos jubilosos…”, mientras Celestino, el sacristán, enciende las velas para el próximo oficio.



Sentada junto al Casino en su mecedora, Rosario, de negro, como inventada por García Márquez.

Al mando de las canoas, listos para la singladura, Carretita y Retamales, Aparicio y Camarón…

Y en este o en aquel sitio, desde la Canaleta a La Cabrita, entre Terramar y La Esperanza, por las calles de arena, deambulan Don Antonio el practicante, Cándido el de los búcaros, Miranda, Cacharrito, Rita, Ángel el del tenis, Don Joaquín el maestro, Alberto el barbero, Doña Victoria, Doña Concha, Salmerón, Rafael Tolmo, Antonio el dulcero… y todos los que ya nombré y los que no y los que no conocí, cantando cada uno lo que le corresponde de la partitura de la ópera compuesta para este lugar perdido. Así el Levantisco, el Rifeño, Rafael Infante, José Orta… y los otros marineros que salían cada mañana con el sol para traer la chirla, la caballa, la sardina, como los que dejaron su vida en el mar embravecido al cumplir con su labor. También interpretan sus escenas las hadas y los elfos y los duendes en La Retama y en los pinares y las dunas. Y las sirenas y los tritones que nadan y saltan en las olas. Criaturas estas últimas que sólo algunas personas que no estoy autorizado a revelar podían ver en aquella Punta Umbría literaria y mágica a la que, en un sueño, mi subconsciente, sin mi permiso, como suele, bautizó con el nombre de Maldevo.