Los pinos

"Ese territorio caótico en el que Josef Koudelka, el famoso fotógrafo de la Primavera de Praga, captó a unos niños jugando felices en un rudimentario columpio, ese laberinto de chabolas y árboles que había que cruzar hacia el sur para ir al estercolero, del que se levantaba un olor fétido, para llegar al sitio al que carros tirados por mulas llevaban los desperdicios". Por Félix Morales, en 'Visiones de Maldevo'.

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Félix Morales Prado. De este a oeste, de donde sale el sol a donde se pone, recorría el espacio una Punta Umbría de luz y de olas y otra de sombras y chozas, una rica y espetada y otra pobre y humilde. La punta de los yates, los balandros, los cócteles y las veladas se iba mudando en la más poéticamente sencilla o sencillamente poética de las tabernas, los comercios y los patios con higueras (en verano al mediodía emanaban un aroma dulzón con somnolencia) que pasaba por la umbría de los pinos y las casetas para abismarse en el ocaso de los basureros y el cementerio. Como símbolo doliente.

Estaba primero, entonces, la colonia de los veraneantes, formada por chalés u hotelitos, como también se les llama, en medio de parcelas de arena blanca y limpia salpicada de geranios, adelfas, lantanas, acacias, buganvilias y otras plantas floridas, que se quedaba desierta, vacía, muda, solitaria en invierno y volvía a despertar a la vida en junio para brillar, fiestas y siestas, durante tres meses efervescentes, entre baños en la ría, paseos en snipes o en lanchas deslizadoras y bailes y recepciones en El Club Náutico y el de Tenis.



Había, a continuación, otra población más interclasista, donde vivían las personas dedicadas a los servicios, tenderos, panaderos, electricistas, contratistas, médico, practicante, cura, cartero, carpinteros... Se levantaba a ambos lados de la Calle Ancha, arteria central de la localidad, partiendo de los alrededores de la iglesia vieja, pasando por el Mercado de Abastos, la fábrica de gaseosas, Villa Aurora con sus altos eucaliptos, la farmacia, Las Delicias, Correos, Los Caracoles, Juanito Coronel, Santi y la biblioteca y concluyendo, aproximadamente un poco más allá de la tienda de Sevidanes y la de Cascales, después de un corral situado a la izquierda en el que mi memoria de niño ve un buitre atado a un árbol. Y por ahí, casi, comenzaba una tercera Punta Umbría, olvidada, preterida, oculta, la de la miseria en muchas ocasiones, la del chabolismo, la que no se enseñaba a los turistas, la zona de Los Pinos, donde en el mejor de los casos se alumbraban con una triste bombilla, cuando no con quinqués o velas y para lavar, fregar, pero aún para beber, no tenían sino el agua de los pozos excavados por ellos y extraída con cubo, soga y carrucha, con suerte; la Punta Umbría de los marineros, donde habitaba la principal fuerza de producción y fuente de riqueza de ésta, la de los héroes homéricos que se jugaban la vida en la mar para arrancarle sus frutos, y, en fin, el más claro exponente de la injusticia. Estaba formada por pequeñas casetas hechas con tablas claveteadas y chapas, remendadas sin demasiados conocimientos ni medios de construcción, chamizos en ocasiones donde se hacinaba toda la familia en un espacio común. Y, así, de lo acaudalado, de lo pudiente, de lo próspero, se pasaba en dos brochazos a lo menesteroso. Esto se arregló más tarde, pero quizá no de la forma en la que se tendría que haber arreglado. Una vez más, cuando la solución se hizo del todo posible optaron por lo más feo e impersonal, los bloques de pisos sociales tipo caja de zapatos propios de todos los suburbios.

El tiempo y la historia trajeron, por tanto, ciertamente un pintor que aplicó un difumino y suavizó los contrastes. Y eso fue bueno. Pero ese pintor que hizo eso bueno fue, asimismo, digamos torpe. Y en su afán de borrar, fue borrando también cosas preciosas: casas antiguas y bellas (las de los ingleses, la de Emilio Cano, la Peña, el cuartel…), extensos bajíos y bosques espléndidos. ¿A quién hay que preguntarle los motivos? Tal vez Mammón, demonio del dinero, sepa algo.



Los Pinos. Ese territorio caótico en el que Josef Koudelka, el famoso fotógrafo de la Primavera de Praga, captó a unos niños jugando felices en un rudimentario columpio, ese laberinto de chabolas y árboles que había que cruzar hacia el sur para ir al estercolero, del que se levantaba un olor fétido, para llegar al sitio al que carros tirados por mulas llevaban los desperdicios, igual que en los versos de A.R. Ammons, “como si ascendieran por zigurats hacia las altas aras / que conservan con vida gaviotas y basura, ofrendas / a los dioses de la basura, la represalia, la expectativa / realista, las deidades de ingratas necesidades: / jóvenes y refinadas lombrices de tierra, ahogadas / por lluvias primaverales en pozas de macadán, se vuelven / en día y pico blancas de humedad, redondas motas / con aspecto de esputo o cremosísimos moluscos, / crudos y machacados…”, a esa montaña de restos de ternura según el poeta Rafael Morales en su “Cántico doloroso al cubo de la basura”: “En ti se hizo redonda la ternura, / se hizo redonda, suave y dolorosa. / Cada cosa que encierras, cada cosa / tuvo esplendor, acaso hasta hermosura. / Aquí de una naranja se aventura / la herida piel que en el olvido posa. / Aquí de una manzana verde y fría / un resto llora zumo delicado / entre un polvo que nubla su agonía”. Quien lo atravesaba en dirección oeste se encaminaba al cementerio, un pequeño camposanto blanco que me producía una sensación entre auroral e inquietante y que tanto y tan bien era merecedor de unas palabras del Juan Ramón Jiménez de “Platero y yo”, pero que, por lo que sé y lamento, ha tenido que conformarse hasta ahora con las mías de “Maldevo”: “El cura nos había llevado de excursión al cementerio. Un lugar luminoso, lleno de casitas blancas y de cruces. El sol brillaba mucho más allí dentro que afuera. Afuera, la tristeza dibujaba las almas. Y dentro estaba la alegría. Los visitantes llevaban flores. Parecía una fiesta del espíritu en la que, por una vez, la gente se hubiera dado cuenta del profundo regocijo del silencio. Me encontraba bien. Pero, por las leyendas, tenía miedo de que la noche me sorprendiera solo. Tal vez porque las leyendas son los guardianes del máximo esplendor. Me distraje en la magia del atardecer entre las tumbas. Las procesiones de velas en la primera oscuridad me evocaban alguna película no vista o vista en sueños. Tal vez la hierofánica visión de los primeros cristianos, hoy perdida. Todos se habían ido cuando caí en la cuenta de que sólo mi imaginación me alimentaba. El miedo estúpido y sublime como un trueno dentro, se apoderó de mí. Y corrí hacia la puerta, tropezando, recordando aquel cuento de la alcayata en la pared, los enterrados vivos, o la imagen de los nichos vacíos, las liebres que se alimentan de cadáveres, la cara de cera de la abuela de un amigo, muerta días atrás. En la cancela, me esperaba aquel enterrador que nunca iba por el pueblo y que nadie conocía. Cerró y me dejó en la noche del pinar, oscura, sin caminos. Anduve entre los árboles hasta perderme. No sabía dónde estaba y pensé en Pulgarcito. «Pulgarcito trepó a lo alto de un Árbol para ver si divisaba algo; habiendo vuelto la cabeza hacia todos lados, vio una lucecita como de una candela, pero que estaba muy lejos, más allá del Bosque». Caminé en aquella dirección. Me invadía un voluptuoso sentimiento de terror. Me supe inmerso, de pronto, en el mundo indefinido de los cuentos”.

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