Ese tesoro escondido que es el viento de Huelva

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Rosa de los vientos.

J.A. de Mora. Los griegos personalizaban en dioses los distintos vientos en base a su dirección. Tanto los principales, correspondientes a los cuatro puntos cardinales, como los menores resultantes de combinaciones de estos. Si atendemos a esta visión clásica en Huelva reina Céfiro, que por definición,  era ‘el viento del oeste que traía las suaves brisas de la primavera y principios de verano‘. Un dios menor, el Libis, suroeste, comparte el cetro, porque es el predominante ‘poniente’ que acaricia nuestras costas.

Falucho como los que surcaban las aguas onubenses en el umbral del siglo XX.

Aún pasando el viento en Huelva desapercibido por su moderación es uno de los atributos envidiables de nuestra costa. Está pero parece que no está y solemos percibir conscientemente otros elementos meteorológicos. Sin embargo, estos días pasados hemos tenido algunas puntas, con constantes intensidades que no bajaban en las ‘horas de viento’ de 14 o 15 nudos y rachas de más de treinta en algunos momentos. Un ‘nudo’ de viento se corresponde con una velocidad del mismo de 1 milla náutica por hora. Y una milla naútica es 1,852 kilómetros. Cuando hablamos de un viento de seis nudos, por ejemplo, este se corresponde con una velocidad, por tanto, de 11,11 kilómetros por hora.

Por las fuertes mareas, ‘subir’ la ría para atracar en el Puerto de Huelva no debía ser tarea fácil.

El viento varía de intensidad y de dirección a lo largo del día, y en cada lugar suele haber vientos predominantes. En las costas onubenses el viento predominante es el OSO (oeste-suroeste), el tradicionalmente llamado ‘foreño’, con una intensidad media de 6 nudos y ráfagas medias de 10 nudos. Para hacernos una idea y establecer comparaciones, en Cádiz el dominante es el SSE (sur-sureste), con una intensidad media de 8 nudos y ráfagas medias de 14 nudos. Unas condiciones más moderadas -pero suficientes para navegar y disfrutar de la brisa también en tierra– que, sumadas al espectacular número de horas de sol que nos regala la naturaleza suman este atributo meteorológico a nuestro paraíso particular.



Botes de pesca a vela en la antigua pescadería de Huelva.

El conocimiento del viento ha sido fundamental para los navegantes, antaño sobre todo, pero aún todavía. En el pasado, no muy lejano, el transporte de personas y mercancías estaba condicionado por el viento, al ser el único propulsor de los barcos, elemento fundamental en el transporte y el comercio. Y en nuestras costas, tierra de afamados navegantes, el dominio de los vientos ha sido una de las claves para una historia tan fecunda en su vertiente marítima.

Desde finales del siglo XIX hasta el primer tercio del XX coexistieron en Huelva veleros con ‘vapores’.

En Huelva hace poco tiempo aún se producía tráfico marítimo comercial de veleros. En el mes de enero de 1900, por poner un ejemplo, cuando ya estaba muy desarrollada la máquina de vapor que motorizaba a las naves, en el puerto onubense, a parte de lanchas, bateles y otras embarcaciones menores operaron 25 veleros -faluchos, goletas, laudes, balandras y místicos- de los 74 buques que realizaron cargas y descargas. Así, por ejemplo también, entre estos veleros se encontraba el falucho onubense ‘Bendición de Dios‘, que comerciaba con la costa portuguesa, trayendo sardinas de Vila Real de Santo Antonio o llevando harinas a Lagos; el laud ‘Santísima Trinidad‘, que llevaba madera para Cartaya y Lepe; o el también laud ‘Pilar‘, que trajo vino de Cádiz y se llevó para allá un cargamento de cal.

Goleta a principios del siglo XX.

Pero no solo eran veleros de cabotaje. Entre ellos también se encontraban embarcaciones de más porte, como la goleta inglesa ‘Westernlass‘, que atracó el 8 de enero en el muelle de la Compañía de Tharsis, procedente de Oporto, para cargar mineral.

Cuando ahora vemos las maniobras de los grandes buques que operan en el puerto de Huelva, con potentes motores y ayudados por eficaces remolcadores, evocar las de aquellos veleros resulta fascinante. Hoy en día las mareas y el viento condicionan los atraques y desatraques y los cursos a lo largo de la extensa ría de instalaciones portuarias onubenses. Pero entonces no condicionaban es que eran determinantes. Hoy los mercantes fondean en el exterior -cerca de la barra, a la vista del faro del espigón Juan Carlos I- esperando que quede libre alguna zona de muelle o pantalán. Antaño las mareas y, sobre todo, los vientos, determinaban la hora de llegada o salida del puerto interior.

La costa onubense es ideal para la práctica de vela deportiva.

Imaginamos  a pequeños botes a remo ayudando a las goletas a aproximarse a algún muelle o, sencillamente, porque no pudiese hacerse por las condiciones, acercando desde la zona de fondeo pasajeros y mercancías hacia dicho muelle. También imaginar que las primeras horas de la mañana, si coincidía con marea saliente, eran las que permitían, por el viento de componente norte que suele soplar a esas horas, salir del puerto para buscar la barra y adentrarse en el mar. Las tardes eran las que en general posibilitarían la llegada a puerto desde el exterior, con viento de través y ya casi de aleta al ir viendo la Isla de Saltés por babor de vuelta de las travesías.

Y entendemos así mismo que, por este privilegiado viento onubense, los ingleses -que eran bastante listos- apostaran aquellas casetas de madera en la lengua de Punta Umbría para sanar el cuerpo y el alma pisando una arena fina que escasas veces podía molestar por acción del reinante Libis.

 

 

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