Dispensario, 13

Esta era la dirección a la que acudían todos para cualquier consulta médica en Punta Umbría ya que, como la mayor parte de las calles carecía de nombre, se usaba alguna característica o denominación populares del lugar que orientase al cartero.

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Félix Morales Prado. Con esa dirección llegaban las cartas. Porque lo era, el Dispensario médico al que todos acudían si se rompían una pierna, les daba un cólico nefrítico o al niño le dolía la tripa. Y como la mayor parte de las calles carecía de nombre, en los envíos postales se usaba alguna característica o denominación populares del lugar que orientase al cartero, como Calle de Rita (ya que en ella estaba la tienda de Rita) o de Arcos (pues allí se encontraba el comercio Almacenes Arcos). En los dirigidos a mi casa figuraban esas señas. También podrían haber puesto Camino de la Playa, 13. Tal vez. Porque de tal manera se conocía ese rumbo. Pero, no sé por qué razón, no era así.

Al consultorio se entraba por la puerta que daba al oeste, la que miraba a La Torre Almenara. Había, en seguida, una sala de espera con sillas verde claro, en una de cuyas paredes había colgado un cartel que rezaba: SILENCIO. Inmediatamente a la izquierda estaba el despacho en el que se recibía a los pacientes, con su escritorio, su Olivetti, sus archivos para las historias clínicas y su viejo ventilador de aspas metálicas. Justo al lado, la sala de cura, con la camilla, la balanza, el autoclave, las jeringas, bisturís y agujas de sutura… era el espacio más temido por los chiquillos, donde podían someterte a torturas como ponerte una inyección o coserte esa brecha en la cabeza cosechada en la batalla con piedras o en la conquista de las alturas de un pino. Poco más allá, la sala de Rayos X imponía con la misteriosa raridad de sus aparatos dignos de una película de ciencia ficción. Completaba el complejo habitacional dedicado a la cosa médica el laboratorio de análisis clínicos.



El acceso principal a nuestra vivienda daba al sur, al mar. Lo precedía una marquesina cerrada con barandilla catalana de ladrillos. En invierno estaba vacía y azotada por el viento y la lluvia que formaba en los desniveles del suelo charquitos, pequeños mares de juguete donde hacer correr aventuras náuticas a mis soldaditos de goma. En verano, la tapaban persianas de esparto por cuyas rendijas se filtraban pequeños lunares de sol que danzaban sobre las butacas de mimbre, las pilistras y las esparragueras, induciendo con su movimiento hipnótico un estado de duermevela lleno de ensueños.

La puerta, de madera verde y cristaleras, se abría con una llave clásica, grande y pesada. Nada más pasar, te recibía a la derecha una consola negra muy rococó con historiadas tallas y patas retorcidas como si estuviese bailando. Enfrente, un piano de pared, también negro, en el que no sé si alguien llegó a tocar algún día la pieza “Para Elisa”, de Beethoven, pero que, a esas alturas, estaba desafinado y soportaba la ejecución a un solo dedo, por todos y cada uno de los miembros de la familia, de la famosa composición “Debajo de un botón que encontró Pachín”. Junto al piano estaba la habitación de los padres. A todo esto, diversas imágenes religiosas, en coherencia con los sentimientos piadosos de mi madre, ornaban la casa, desde una Santa Rita a un Corazón de Jesús, además de sendas cruces y vírgenes en la cabecera de cada cama. Del recibidor, también adornado con unos cuadros de estilo japonés, tras dejar a la izquierda el baño, se pasaba al salón comedor, del que no hay mucho que contar como no sea que tenía colgados en las paredes unos óleos pintados por mi padre, un busto de un árabe y una señora con un pañuelo que ondeaba al aire, y al frente un gran ventanal por el que yo veía amaneceres rojos, sangrantes como si el cielo hubiera sido apuñalado.



A esta pieza daban las habitaciones de los hijos e hijas: Emilio, Rosa, Blanca, Jesús y Félix. Y la entrada a un cuarto de paso, que llamábamos “el cuarto de la plancha”, hacia la cocina, a la izquierda; desde éste a la derecha arrancaba la escalera de dos tramos que conducía a la azotea; a la mitad tenía una ventana de ojo de buey que daba al Murito, junto a la que me gustaba sentarme a leer. La azotea, “piscina de luz” la llamó Jesús, albergaba misterios blancos bajo las lunas llenas estivales y por ella se arrastraban los imaginarios bidones de hojalata que causaban los truenos durante las tormentas nocturnas. Si te asomabas a la barda meridional podías entrever la puerta del sótano.

Situado, como su nombre indicaba, en los bajos del edificio, fue pronto dedicado en parte a almacén de trastos viejos, lugar que nos reservaba montones de sorpresas y hallazgos, en parte a lugar de juegos y, al transcurrir de los años, transformado en sitio de reunión de poetas y artistas, revolucionarios, barbudos y greñudos, que recitaban sus versos (Así, Polito: “Yo te aplaudo, / Pedro amigo, / de verdad”) o ejecutaban sus obras más o menos underground, chorreando al azar botes de Titanlux sobre un lienzo tirado en el suelo o destrozando, en happening hippy, un piano pintado de blanco y purpurina dorada, el mismo que había estado antes, junto a una mesa de camilla con las patas cortadas y el símbolo de la paz pintado en el tablero, en el mismo sótano del que hablamos y que más arriba ubiqué, negro, en el recibidor de la casa. Por allí pasó la flor y nata de la intelectualidad progresista de los veranos puntaumbrieños, que discutía las ideas de Huxley y Reich y leía a Blas de Otero, Félix Grande o Alberti bajo la atenta mirada de Bob Dylan, observador desde un póster pegado al fondo de los debates apasionados entre Abelardo Rodríguez, Emilio Morales, Fran Tejera, Charo Gil, Domingo Ávila, su hermano Julián, Paco Blesa, José Antonio Antón, Mari Carmen Hurard, María Antonia Blesa, Francisco Pérez Gómez (que aún no era el Capitán de las Dunas), José Luis Domínguez, Gonzalo, yo… Mientras sonaban los Beatles, Paco Ibáñez o el mismo Robert Allen Zimmerman en un viejo picú.

Dando al norte, estaba la cocina, con sus fregaderos de piedra y su hornilla de carbón, ya en desuso y sustituido por el más moderno butano. Debajo de ella, al final de un tramo de escaleras, el lavadero, que olía siempre a lejía. Y, pared con pared, a unos metros de donde mi padre y yo plantamos el chopo que hoy se alza enhiesto, como el ciprés de Silos, junto a la iglesia, la cuadra con su pajar lleno de pacas en donde nos gustaba jugar y saltar sobre el heno, entre ratones. Con la cabeza inclinada sobre el pesebre, Lucero, nuestro caballo colorado, hermoso y noble como Flicka, roznaba. Cuando le echaba agua para que bebiera lo llamaba con un chasquido continuado y él la engullía con gorgoteo sordo y profundo y luego resoplaba y meneaba la cabeza con satisfacción.

A veces le ponía la silla y salía a cabalgar por los arenales, por la Retama; pasábamos junto al bebedero de los pájaros, el almacén de los ingleses y bajábamos hasta la misteriosa Casa de Mackay, azul y blanca, con su extraño pozo protegido por una especie de cúpula y que tenía una ventanita a la que había que asomarse para sacar la clariosa. Continuábamos hasta la playa y allí galopábamos por el rompeolas hacia occidente. Era muy parecido a volar.

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