Visiones de Maldevo

Don Emilio, el médico

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Don Emilio, el médico.

Félix Morales Prado. Llegó a Punta Umbría en 1946 y fue el único médico en el sitio, con el apoyo de su enfermera Emilita, Don Antonio Ladrero, el practicante, y la matrona Doña Irene, hasta la incorporación, ya en los años sesenta, de Don Enrique. Pues, aunque Don Patricio vino en los cincuenta, este último ejerció como pediatra y Don Emilio siguió a cargo de la mayor parte de la población. Yo fui testigo de cómo llamaban a la puerta hasta dos y tres veces por noche para que atendiese urgencias a domicilio (a veces tenía que ir a la Laguna, a diez kilómetros y con tormentas) y, después de acostarse, quizá a las cuatro de la madrugada, se volvía a despertar antes de las primeras luces del alba a prepararse para pasar consulta. Así un día y otro. En verano, a los vecinos se les sumaban los residentes de esos meses. El ritmo de trabajo era, en fin, muy duro y pesado, sólo posible de sobrellevar con la entrega y la vocación que él puso en su ejercicio.

Como buen médico rural generalista de aquella época, sus prácticas incluían las concernientes a todo el espectro de enfermedades. Apuraba sus posibilidades e incrementó, como pudo, los escasos recursos de los que disponía. Por ejemplo, se encargaba de los análisis clínicos, cubriendo esta necesidad, inherente a la medicina actual, durante muchos años. El laboratorio era la primera habitación cuando se pasaba de la vivienda a la consulta. Allí los veía muchas veces, a él o a mi madre, enfermera titulada, inclinados sobre el microscopio estudiando muestras de sangre o de otros fluidos.

De niño me daba un susto respetable cruzar de noche esa frontera anunciada por un fuerte tufo a químicos, donde advertí muchas veces, sobre uno de los aparadores repletos de matraces, pipetas, tubos de ensayo o placas de Petri, ranas vivas bajo un embudo de vidrio invertido. La presencia de este batracio en tal sitio podría hoy día, tal vez, llamar la atención. Entonces no. Pues para detectar si una mujer estaba embarazada se utilizaba una prueba denominada Test de la Rana, precisamente. Se le inyectaba al animalito, que debía ser macho, una muestra de orina de la paciente; si estaba embarazada, el bicho eyaculaba. Los muchachos de la Laguna del Portil las cazaban y se las vendían a Don Emilio, que las echaba en una pileta, que estuvo primero en la azotea y luego en el patio, desde la que me llegaba su croar nocturno. Aquella música forma parte de la banda sonora de mi infancia. Al igual que diagnosticaba los embarazos y cuidaba a las gestantes, también atendía los partos, que entonces solían realizarse en casa, si a la matrona le surgían complicaciones.



Además de usar los análisis y otras técnicas de diagnóstico, tal los rayos X, poseía un excepcional ojo clínico y un magnífico acierto en su práctica médica, fruto de su preparación y experiencia, cualidades reconocidas por sus compañeros de profesión, que le llevaban a miembros de sus familias para que los tratase. No lo recuerdo nunca entregado al ocio. Los pocos ratos de que disponía para éste se le podía encontrar en la mesa de su despacho, entre libros, estudiando, siempre adquiriendo conocimientos nuevos.

Defensor de utilizar sólo los fármacos imprescindibles, de las técnicas naturistas y de la máxima hipocrática “primum non nocere” (“lo primero, no perjudicar”), además de hacer todo tipo de cirugía menor, desde suturas o drenajes de abscesos a alguna traqueotomía de urgencia, introdujo en sus consultas muchas terapias novedosas: la onda corta, la oxigenoterapia, la acupuntura… hasta los baños de vapor o baños turcos. Incluso en una época en la que el yogur comercial era sumamente raro y, en cualquier caso, no llegaba a Punta Umbría, lo fabricaba en una estufa para proveer de él a los pacientes con problemas de flora intestinal, que lo aceptaban con resignación como quien toma otra medicina. ¿Quién les iba a contar que, a la vuelta de unos años, ese lácteo agrio que, al decir de algunos, sabía a vómito, se iba a convertir en parte imprescindible de la cesta de la compra?

Entre los grandes éxitos conseguidos en su carrera estuvo la erradicación de las fiebres tifoideas, endémicas en Punta Umbría. Para acabar con aquella plaga hizo dos cosas. En primer lugar, trató con pastillas de cloro todos los pozos, origen de la infección. Además, vacunó a la gente. Esto no fue fácil porque lo proveyeron de la cuarta parte de dosis necesarias para los habitantes. Entonces, probó a dividir cada dosis en cuatro, lo cual le dio para todos. Funcionó. Inmunizó a la población entera. Acabó con la tifoidea en Punta Umbría. Publicó esta experiencia en la revista “Medicina Rural” y fue imitado en otros sitios.

Debido a aquello, le concedieron la Encomienda de la Orden Civil de Sanidad, antes llamada Cruz de Epidemias y la distinción más importante de la época en ese ámbito. Jiménez Díaz, famoso internista de Madrid, aconsejaba a sus pacientes que iban a hacer las curas de mar, tan de moda aún entonces, que fuesen a Punta Umbría porque allí había un médico que a él le merecía mucha confianza. Ese médico era Don Emilio. A propósito, un colega suyo me dijo en cierta ocasión: “Si tu padre se hubiera ido a una ciudad más importante, habría llegado a tener un reconocimiento similar al de Jiménez Díaz”. Muy probablemente él lo supiera pero, puestos a elegir, ganó su lealtad y afecto al pueblo. A todo esto, de ninguno de los logros de que hablo se enteraba nadie que no fuese completamente necesario que se enterase. No se daba ningún autobombo. Era la modestia personificada. A pesar de que en muchas cosas fue un adelantado a su tiempo. Era vegetariano y practicaba yoga cuando esas cosas constituían rarezas conocidas por muy pocos.

Cualquier persona de la localidad que viviera en aquella época recuerda a Don Emilio en su caballo colorado, atendiendo hasta por las calles las consultas de quienes le preguntaban, inquietos o angustiados, por molestias y achaques. Amaba Punta Umbría. Poco antes de fallecer, ya muy grave en la cama del hospital, expresó su deseo de ser enterrado allí. Sólo problemas de última hora impidieron que así se hiciese.

Cuando llegó, vivió con su familia en el Patio del Chinguito. Después se cambiaron al lado de la iglesia, a una casa (hoy destruida, como tantas otras) que, además de su vivienda, fue dispensario en el que pasaba las consultas. Junto a ella plantó un chopo (aún recuerdo las muchas veces que lo regué acarreando el agua en un cubo de cinc desde el lavadero) que hoy alcanza casi la altura del campanario del templo aledaño. Cuando murió pensé que sería un buen detalle por parte del ayuntamiento hacer ahí, al lado de donde estuvo su hogar, una pequeña glorieta con cuatro bancos de hierro, como los que había en la Plaza, en torno a su árbol, que podría verse como un símbolo de su obra, y un pequeño cartel: “Glorieta del Doctor Don Emilio Morales”. Así se lo comenté a alguien. En vez de eso, sencillo, hermoso, entrañable, asequible, le pusieron, muchos años después y tras innúmeras presiones de algunos pacientes y amigos, su nombre a una minúscula calleja escondida, extraviada, sin casas, sin gente, a él que entregó su vida a la gente.

3 Comentarios

  1. Don Emilio fue un hombre símbolo de la Punta Umbria de su época. Su figura a caballo daba seguridad a los vecinos y confortaba su sabiduría y conocimiento con precisas palabras. Si es gusto de su hijo de hacerle una glorieta méritos hizo para merecer todo aquello que se le otorgue porque como digo fue un símbolo para la playa. Yo me sumo a su homenaje porque conservo en mi memoria mi admiración.

  2. Recuerdo a ese Sr. Yo veraneaba en aquella Punta Umbría y cuando nos poníamos malos, sería por el agua o que sé yo, mi madre nos llevaba a él. Estoy hablando de 1950 o antes. Yo naci en 1943 y veraneaba en uno de los chalets de los ingleses que alquilaba mi padre. Me impresionaba tal Sr. y a la vez me infundía confianza. Que Dios lo tenga en su gloria. Amén

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