El coronavirus y los casinos

1
316
Imagen de Fotoespacios.

Miguel Mojarro.

Sociólogo.



En nuestros artículos anteriores decíamos:

“Tras la pandemia, se percibirán dos realidades, hasta ahora camufladas en lo cotidiano:



  • Hay cosas que no se han hecho bien, antes de la llegada del virus.
  • Importan las opiniones de los que saben, de los expertos.

Habrá una clase baja, numerosa, que presionará desde abajo, desde el recuerdo de su abandono anterior.

Todo, más allá de la pandemia, será realizado por la clase media, donde habitan “los que saben”.



El covid-19 es un hecho que obligará a iniciar una evolución radical (que no quiere decir rápida ni cruenta), que modificará las estructuras sociales de todos los países.

Dos cuestiones son hechos y no opiniones:

  • La Sanidad Pública es la que ha sacado a España de esta crisis sin precedentes.
  • La Sanidad Pública es la que va a necesitar la mayor parte de la sociedad española.

Lo primero, es admirable.

Lo segundo, es una necesidad”.

Sugerimos la lectura de tales artículos:

https://huelvabuenasnoticias.com/2020/04/10/coronavirus-y-el-futuro-de-la-sociedad-occidental/

https://huelvabuenasnoticias.com/2020/04/21/coronavirus-y-el-futuro-de-la-sociedad-occidental-ii/

https://huelvabuenasnoticias.com/2020/04/26/coronavirus-y-el-futuro-de-la-sociedad-occidental-iii-la-sanidad/

Salud, dinero y …

Salud, dinero y amor, dice la canción de Cristina y los Stop, de 1967. Pero amor, no. Eso fue un invento comercial para vender el disco. El amor es placer de unos pocos y temporalmente. Hay otro valor que es universal y permanente: El ocio y su recurso el juego. Siempre. En todas partes. Universal. Como la salud y el dinero (Economía). Esos son los tres valores universales y permanentes en todas las sociedades que ha habido.

Galaroza. Imagen de Fotoespacios.

Economía, salud y ocio. Los dos primeros han sido suficientemente tratados en estos días, con motivo de la pandemia y como consecuencia de ella. Todos hablan, muchos escriben y algunos legislan y politizan. Demasiados.

La salud es una inquietud tan antigua como la propia humanidad. El uso de hierbas que la experiencia aconsejaba, el paso a la racionalidad de las curaciones, chamanes y brujos, … todo un camino hasta llegar a la ciencia real nacida en India, China y Egipto, con ese magnífico colofón de Hipócrates en Grecia. Y después, la medicina del mundo árabe en España, que dejó muestras de su enorme desarrollo.

Así llegamos al siglo XIX, otra vez,  y al inicio de la medicina moderna, tras Jennes, Pasteur y los antibióticos y vacunas. Y cruzamos el XX, con una inquietud heredada de nuestros más antiguos antepasados: La salud.

Hoy se habla “como nunca” de la salud, obligados por la necesidad. Es una pena que los españoles seamos tan proclives a dejar los temas importantes para cuando no tengamos mas remedio. O, como decía mi amigo Marcelo, “sólo ponemos remedio cuando nos hemos caído”.

La economía, como ámbito en el que nació el dinero, ha sido un valor social que ha quitado el sueño a todos, por su importancia en la supervivencia. Cuando el trueque dejó paso al dinero, éste propició el desarrollo de las tres clases sociales.

El momento del tránsito del trueque al dinero, es el momento en el que el dinero se convirtió en la concreción de la economía como valor. Fue allá por el siglo XII a. de c., otra vez en China (mira tú), aunque otros dicen que en Turquía. Hace ya mucho de eso y no importa ahora. Lo cierto es que monedas en metales y posteriormente los billetes fueron protagonistas. En esa Edad Media europea, en la que los que guardaban el oro a los demás, crearon una especie de recibo, que se convirtió en dinero de cambio.

Ahí se inició el desarrollo de las tres clases sociales, que ahora ven modificada su estructura como consecuencia de este virus con el que no contábamos. Tan importante es la Economía. Es capaz de modificar estructuras sociales con solvencia de siglos. Desde que el XIX (otra vez) rompió con el “antiguo régimen” y abrió la puerta contemporánea. Pero un virus se le atraviesa en las ruedas (¿Les suena esta metáfora?) y le hace repensar sus previsiones.

El ocio, tercer valor universal

Pero nadie se preocupa ahora del tercero de estos valores fundamentales de la vida del hombre en sociedad: El ocio.

Ha sido el hombre el protagonista del ocio en todas las épocas, a diferencia de la mujer (eso es tema a tratar con el detenimiento que merece). Y como el hombre es por naturaleza un ser competitivo, pues es el juego la actividad que ha alcanzado mayor protagonismo en la sociedad. Desde aquel neolítico de Zalamea, Valverde y Trigueros.

El juego es recurso prioritario del ocio de la clase baja. Desde siempre. Es necesidad, es aspiración, es supervivencia. La clase pudiente tiene otros recursos a su alcance. Tiene y tenía, porque no es de ahora la presencia del juego en la vida cotidiana de nuestra sociedad occidental (ni en las demás).

Pero como estamos aquí, pues nos ajustaremos a ello. A nuestra Europa culta y poderosa, que lo ha sido siempre, salvo en épocas en las que la cultura china nos daba “sopas con onda” y cuando el saber árabe marcaba pautas en sanidad, arte y educación.

En la Edad Media nuestra, el ocio era tiempo deseado por todas las clases sociales, incluidos los eclesiásticos, aunque los libros convencionales de historia no lo reseñen. Pero sobre todo las clases bajas eran consumidoras habituales de horas dedicadas al noble arte de competir en interiores, plazas y atrios.

Dados, tres en raya, petanca (o parecido), naipes, dardos, bolos, damas, pelota, … eran algunos de los juegos habituales en esos siglos, sobre todo a partir del XIV, porque ya se había logrado un mayor sosiego social. La Reconquista daba sus frutos en el ocio.

La clase pudiente, culta y poderosa, era más dada a competiciones de caballos, armas y ajedrez, que era signo de importancia intelectual.

En algunos lugares de nuestra Castilla y León, se conservan tradiciones de ocio que no se diferencian mucho de las costumbres medievales. En muchos pueblos, a la salida de la misa del domingo, los más jóvenes juegan a la pelota en un frontón, cercano a la iglesia, mientras que los mayores se reparten en casas o poyetes con las cartas en la mano. En muchas de estas timbas participa actualmente el señor cura, que no está reñido con su vestir. Yo tenía un amigo cura, Don Jesús, que era el rey en eso del tute “subastado”.

En algunas iglesias de esa zona, se conservan grabados en sillares del atrio, “tableros” para jugar a varios juegos “de mesa”. Incluso podemos dar un salto atrás en el tiempo y observar en el suelo de Itálica grabados semejantes, porque los romanos también tenían ocio.

Otro día desarrollaremos estos aspectos del ocio en nuestra historia, que ahora nos preocupa lo urgente: El coronavirus y los casinos. Pero me anoto el tema, que promete ser interesante, porque al encanto de la Edad Media se une el atractivo de un ocio, que no es tan distinto del de ahora. Sin artefactos digitales, claro.

Casinos y coronavirus

Imagen de Fotoespacios.

En el futuro próximo la clase baja alcanzará el protagonismo de la cantidad. Se multiplicará la demanda de ocio. Porque la necesidad de ocio se incrementa cuando decrece el poder económico. Cuanto mayor es la necesidad económica, mas importante es el ocio, como antídoto del sufrimiento, como espacio de descanso, como único medio de placer (como tiempo de relaciones).

El magnífico siglo XIX, con sus dos revoluciones industriales, su locomotora de vapor, su motor de gasolina y sus grandes cambios sociales, también supo hurgar en la Historia y descubrir que en nuestra Edad Media ya había costumbres en el asueto, heredadas de los mas antiguos, que inspiraron la creación de espacios donde tener discretas actividades, gratas y satisfactorias, que no había por qué pregonarlas.

Ya los italianos habían anticipado la idea con sus “casinos” (casa pequeña en las afueras), que pronto exportaron a la Península nuestra, para conquistar los ocios de la Vieja Castila, del levante mercantil y del sur soleado.

El XIX, ambicioso y liberal, creó los casinos en España. Huelva tiene varios ejemplos “vivos”: Gibraleón, Tharsis, La Zarza, Bella Vista de Riotinto, La Dehesa, El Centro de Nerva, El Rosal, El Recreo de Valverde, Trigueros, La Palma, Almonte, … .

Después, el XX, consagró el desarrollo de ese templo del ocio que fueron los casinos, en toda España, con magníficos ejemplares repartidos por todo el territorio. Hasta que llegó la revolución de la química y la electrónica, que condenó a buena parte de los casinos de los pueblos pequeños.

Los casinos son (y han sido) lugar de ocio, de relaciones, de acuerdos, de “estar”, de jugar y de actualizar cultura con la prensa, de mirar desde la acera, …

Son el lugar al que se va al terminar la jornada de trabajo, a buscar a los amigos, a hacer negocios, a ir cuando no hay otra cosa mas urgente, …

El efecto personal es múltiple. ¿Qué hacer en un pueblo sin lugar al que ir, sin jugar la partida, sin estar con los amigos, sin leer la prensa, sin … , simplemente sin estar allí?.

El casino es el único lugar que sostiene la parte gratificante de la vida en los pueblos, donde no hay cines, ni ateneos, ni bibliotecas, ni teatros, ni calles con escaparates, ni Ramblas o Sierpes, ni estaciones para vestirse de domingo a ver quién viene en el Correo de las cinco.

Con esto de la pandemia, los casinos han cerrado por orden del sentido común sanitario. Incuestionable. Pero de inevitables consecuencias.

La mesa de billar se dispone a dormir una buena siesta bajo la lona guardapolvo. Las fichas de dominó, a reponerse de tanto golpe sobre el mármol, a la voz de “cierro”. Las cartas, a liberarse del “sobo” no denunciable. El aguardiente, a dejar que los posos se reúnan en el fondo de un vaso sin lavar. A eso lo llaman “reposar”. Y así todo, incluso el café, que se suicida dejando que el aroma se esfume sin pena ni gloria.

Hasta los socios se aprestan a una nueva vida, alejados de vicios, placeres y desahogos. Eso es lo que piensan los malintencionados. Pero se equivocan. Los vicios, placeres y desahogos, son situaciones a las que quisieran llegar todos. Que son más los que quieren que los que pueden.

Ahora, confinados en casa. Que así nos creó la vida. Cada uno nació en su casa (ahora no) asistido por familiares y alguna vecina experta. Pues eso, si nacimos en casa, volvamos a ella, a presentarle nuestra gratitud. Es deber del bien nacido ser agradecido.

Pero claro, dile eso a un socio, acostumbrado a la expansión casinera. Que se quede en casa todo el día, sin manguara, sin repasar las “estampas” y la letra gorda del periódico (la pequeña casi nunca se lee, pero tampoco importa), sin arreglar el mundo con Marcelo o mojarle a oreja en el dominó a Genaro.

Dile a los socios que convivan todo el santo día con todas esas cosas (y personas), de los que se evaden a diario con el habitual “me voy al casino”. Me dirás que “como todos”. Que todos estamos “confinados” y privados de nuestros trabajos, de nuestros cines, de las cafeterías y bares, de nuestro coche, de nuestra libertad,…

Casinos y responsabilidades

No es igual. Un casino es algo más que todo eso. Un casino es el antídoto, el remedio, la medicina para las vidas que sólo tienen eso para justificar el “cada día”.

Es más, un casino también es el recurso para los que, teniendo otras muchas posibilidades de vida, terminan cada día en el casino como el mejor manjar de una jornada no del todo satisfactoria.

Pero un casino también es el recuerdo, la memoria histórica de un pueblo, donde están los hechos que fueron y que no recogen escritos oficiales ni eclesiásticos. Un casino es la memoria notarial de años (ya siglos) de la vida local y comarcal, que nadie se molestó en escribir y guardar.

Genaro, Manuel, Bautista, Marcelo, … son algunos de los socios que guardan en su memoria toda una vida local, sin necesidad de que se hayan escrito documentos notariales. No hacen falta. Basta con tomar un café con ellos, para que se vayan soltando, poco a poco, hasta poner sobre la mesa toda una antología de acontecimientos, dichos, hechos, celebraciones y disputas, habidos en las calles, en las fiestas, en las puertas y en las casas.

La pandemia ésta, de la que no tenemos la culpa (ni siquiera los que mandan), va a cambiar nuestra vida y nuestras estructuras sociales. Va a cambiar los recursos y las formas. Va a cambiar a los presumidos y a los que dicen ser importantes. Se llevará por delante muchas ilusiones de bienestar, pero enseñará otras formas de felicidad. Los escaparates serán distintos y los escenarios modificarán sus temas. Habrá libros no leídos que recuperaremos y otros surgirán como descubiertos sin saber por qué. Los ”paseos” de los pueblos verán menos gente y los tiempos serán más cortos.

Pero no nos engañemos: Si el virus este maldito se lleva por delante a los casinos, aunque sólo sea a uno, habrá que marcarlo en la historia de España como la invasión mas destructora jamás vista.

Mapa de casinos de Huelva. Archivo de Azoteas.

Un casino, aunque sólo sea uno, es la mayor pérdida social de nuestros pueblos. Y no sólo por lo que son y han sido, sino por algo más valioso: Se habrá perdido el recurso más importante en la vida de las personas que lo tienen como su diaria aspiración de vida. Para muchos de nuestros amigos del Sur, el casino es el último pensamiento de cada día y el primero del siguiente.

Para que una sociedad (la nuestra) pueda sentirse satisfecha de sus valores, debe escribir en sus memorias acciones que impidan que los casinos, ni uno solo, sufra consecuencias irreparables.

A ello están llamados los cabildos, los ayuntamientos, las parroquias, las cofradías, las hermandades, las asociaciones, las personas, los que pueden y los que saben, … Y, sobre todo, los socios y los dirigentes casineros, que tienen que dejar a un lado sus intereses personales (los unos) y su pereza social (los otros), para salir a la calle, cuando se pueda, dispuestos a devolver a su casino todo lo que el casino ha hecho por cada uno de nosotros.

Nobleza obliga. Si es que podemos sacar del cajón la nobleza que heredamos de aquellas tres culturas que nos hicieron la sociedad mas culta de nuestra Edad Media.

Es obligación, por ética.

Interesa, por egoísmo.

La disyuntiva es clara: O contemplamos resignados lo ocurrido cuando pasen los años, o sacamos pecho con el orgullo de haber salvado el mejor bien social de los pueblos del Sur: Los  Casinos.