El accidente minero del 5 de marzo de 1895 en Sotiel Coronada

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Infraestructuras de la Mina de Sotiel.
Panorámica de la barriada El Olivar en Sotiel Coronada. / Foto incluida en el libro de Félix Carnero titulado “Las fotos inglesas de Sotiel Coronada”.

Juan Antonio Morales. Hoy día, un accidente de cualquier tipo en el que muera un nutrido grupo de personas ocupa los titulares de toda la prensa, tanto escrita como de radio y televisión. Sin embargo, los accidentes mineros más graves ocurridos en España a finales del Siglo XIX y principios del XX fueron silenciados por la prensa y la información sobre los mismos no llegó al gran público de una forma clara. Decenas de muertos en cada uno de ellos no fueron suficientes, no ya para que la prensa se hiciese eco de ellos sino, ni siquiera, para que se abriera una investigación que aclarase sus causas para intentar que no volvieran a ocurrir. El caso del accidente ocurrido en la mina onubense de Sotiel Coronada es un claro ejemplo de ello; siendo el cuarto accidente más grave en la historia de la minería española, apenas fue citado en los periódicos de la época, más que en unas líneas escondidas entre el resto de artículos que más que informar lo que hacían era confundir al lector.

En este artículo haremos un recorrido por las condiciones en las que este accidente se produjo y ahondaremos en la vida de las personas a quienes afectó, a las que se ha logrado devolver a la historia a través de un intenso proceso de investigación.



Entrada a la Mina de Sotiel por el denominado Socavón 200. / Foto incluida en el libro de Félix Carnero titulado “Las fotos inglesas de Sotiel Coronada”.

Las minas de la provincia de Huelva. Existe un gran número de minas en la que se conoce como Faja Pirítica Ibérica (también como Cinturón Ibérico de Piritas en los ámbitos no geológicos). Estas minas se crearon para explotar los yacimientos de sulfuros masivos más importantes del mundo y se sitúan en una banda que se extiende de oeste a este por la comarca del Andévalo de Huelva, desde el Alentejo Portugués hasta la Sierra Norte de Sevilla. Realmente, estos yacimientos se formaron en edad Devónica, hace más de 360 millones de años, en un momento en el que este terreno se encontraba centenares de metros bajo el mar. Entonces, el fondo marino era afectado por una fuerte actividad volcánica, en la que numerosas fumarolas expulsaban al agua oceánica toneladas de metales que precipitaban en forma de minúsculos minerales de sulfuros metálicos.

Estas minas son también de las más antiguas del mundo de las que se tiene constancia de su explotación y del inicio de la metalurgia. Ya los hombres del tercer milenio antes de Cristo comenzaron a obtener sus minerales y a fundirlos para la elaboración de objetos de cobre, dando lugar al periodo histórico que se conoce como Calcolítico. A esta explotación siguieron de forma continuada las de la edad del bronce y del hierro, durante las cuales, el pueblo tartésico explotó estas minas para obtener el oro y la plata que alimentaron la economía de todo el Mediterráneo durante siglos a través del comercio con fenicios y griegos. Posteriormente, los romanos continuaron con su explotación, extrayendo de las mismas una cantidad incalculable de metales que alimentaban los fastos del imperio. Muestra de esta actividad histórica son los martillos de cuarcita, las galerías tartésicas y romanas y los sistemas de desagüe (norias y tornillos) desarrollados por los romanos, así como una gran cantidad de monedas del periodo de los emperadores Tiberio y Nerva.



Infraestructuras de la Mina de Sotiel.

Sin embargo, tras el abandono que se produjo con la caída del imperio romano, estas minas fueron abandonadas y no es hasta la segunda mitad del Siglo XIX, en la época de la Restauración, cuando vuelven a explotarse. En este caso, los gobiernos españoles no quisieron hacerse cargo de su explotación y sí de obtener rápidos beneficios en un periodo en el que España se descomponía y se perdían las últimas colonias de ultramar, Cuba y Filipinas. Por esta causa, se vendieron los derechos de explotación a empresas extranjeras que sometían a los obreros españoles a un estado de semi-esclavitud.

Las condiciones de trabajo en las minas de fines del XIX. Quizá cuando se nombra a Riotinto, el lector evoca rápidamente imágenes de película de la mina más importante entre todas ellas, pero esta mina no fue la única. Nombres como Tharsis, Herrerías, Cueva de la Mora, Peña del Hierro, Cala, El Buitrón, Tinto-Santa Rosa, Los Silos o Sotiel Coronada, entre otros, son numerosos ejemplos de minas de unas dimensiones más modestas, pero que llegaban a sumar miles de obreros y millones de toneladas de mineral explotado.



Las condiciones de vida no sólo eran duras para los mineros, pues las mujeres debían recorrer largas distancias para coger agua para lavar la ropa. / Foto incluida en el libro de Félix Carnero titulado “Las fotos inglesas de Sotiel Coronada”.

Es cierto que las compañías, daban al obrero una seguridad laboral que en aquel entonces sólo estas empresas podían ofrecer en una España empobrecida. Las compañías les ofrecían una vivienda más o menos digna y el acceso a los alimentos en tiendas de la propia compañía. También es cierto que los trabajadores de estas minas accedían a unas condiciones sanitarias y educativas que estaban lejos del alcance del resto de los mortales. Sin embargo, ninguna compañía regalaba nada a los obreros, ya que ellos se ganaban cada una de las ventajas que éstas ofrecían a base de sudor y músculo, en unas condiciones que hoy en día, difícilmente serían aceptadas por los ahora bien establecidos sindicatos.

Hay que tener en cuenta que uno de los procesos de beneficio de los metales consistía en la calcinación del mineral en unas enormes hogueras denominadas teleras. Estas hogueras emitían a la atmósfera enormes cantidades de gases sulfurosos, que al ser respirados y en contacto con las mucosas se transformaban en ácido sulfúrico quemando las vías respiratorias. Además, las condiciones de ventilación de algunas galerías eran deficientes y los obreros se veían obligados a respirar el polvo del mineral, lo que causaba innumerables casos de silicosis. Los picadores trabajaban también en unas condiciones muy deficientes, si no podían sostener los pesados martillos neumáticos para triturar la roca, existían unos ayudantes cuyo trabajo era sostener en sus hombros el peso de los martillos mientras éstos producían la vibración que machacaba el mineral… y sus espaldas.

Tampoco las condiciones de seguridad en el trabajo eran las óptimas y, a pesar de la estricta normativa de seguridad, rara vez se daba cumplimiento a las condiciones exigidas por los reglamentos de policía minera. Sólo los ingenieros usaban casco y muchos capataces obligaban a los mineros a entrar en las galerías tras las voladuras antes de que el polvo se hubiera disipado, incrementando el riesgo de sufrir impactos de piedras caídas del techo en condiciones de visión deficiente. En este contexto, nació la actividad sindical, así como los movimientos anarquistas y socialistas.

Tumbas sin lápida de los mineros fallecidos en el cementerio de Calañas.

Accidentes graves en la minería española. En estas condiciones de trabajo, no es de extrañar que se produjeran accidentes graves. El accidente más antiguo del que se tiene constancia con más de una decena de muertos es uno ocurrido en la mina de Santa Elisa, en Belmez, el día 1 de abril de 1868, donde una gran explosión de grisú provocada por un cigarrillo sesgó la vida de un número de obreros que oscilan entre 29 y 38 según las fuentes.  Tras este, otros accidentes por grisú se sucedieron en otras minas de carbón, como el ocurrido también en Belmez, en la mina de Cabeza de Vaca, en el que murieron 16 obreros en 1881.

Cuando ocurrió el accidente de Sotiel Coronada en 1895, éstos eran los único accidentes graves que habían ocurrido hasta entonces; sin embargo, tres años después, en el día 17 de marzo de 1898, ocurrió un nuevo accidente en Belmez, esta vez en la mina de carbón de Santa Isabel. En este caso, el uso inadecuado de un barreno provocó una explosión que derrumbó una galería entera. Entre quemados, sepultados y asfixiados fallecieron 53 mineros.

Sin embargo, no fue éste el accidente más grave sucedido en la historia reciente de la minería española. El día 28 de abril de 1904 se produjo un terrible accidente en la mina La Reunión, de la sevillana localidad de Villanueva del Río y Minas. En este caso, las causas de la explosión fueron también debidas a un cigarrillo, que encendió una onda de fuego que se desplazó por las galerías. El fuego consumió todo el oxígeno, de tal modo que entre quemados y asfixiados murió un total de 63 mineros. Nada debió cambiar en esta mina a pesar de las huelgas que siguieron al accidente, puesto que en la misma ocurrió un accidente idéntico en 1959 con el fatídico resultado de 16 fallecidos.

Todos los casos citados ocurrieron en Andalucía y, en todos ellos, el mutismo de la prensa fue casi total, aunque en el caso del accidente de La Reunión, pudo deberse a la coincidencia con una visita de Alfonso XIII a esta región.

El accidente de Sotiel Coronada. A diferencia del resto de los accidentes graves, el de Sotiel Coronada es el único que ocurrió en una mina de sulfuros masivos en lugar de en una mina de carbón. En este caso no se produjo una explosión, sino que fue un incendio el que provocó la muerte por asfixia de 21 trabajadores, además de otro de ellos que fue el único en morir por el efecto de las quemaduras.

Si atendemos a la breve información que aparece en los periódicos no obtendremos más que confusión, ya que algunos atribuyen la causa a un fuego en los maderos del entibado que, al ser de pino, generarían un humo denso y negro que impediría por completo la respiración. Sin embargo, no se explica cómo se generó este fuego. Otros medios atribuyen el origen del fuego a una chispa surgida desde unos generadores destinados a suministrar energía a las turbinas de ventilación. Esta chispa habría prendido en la resina del entibado. En este caso la hipótesis es poco creíble ya que la resina de pino no prende fácilmente bajo simples chispas.

Recientemente, una hipótesis apunta en un sentido que no había sido ni siquiera planteado en las fuentes: el acúmulo de material explosivo en las galerías previamente a las voladuras. En este caso se atribuye a la chispa desde una de las locomotoras el origen del fuego al haber prendido en la pólvora y luego transmitir en fuego al entibado. Esta hipótesis vendría avalada por el hecho de que algunas fuentes describen la locomotora y el convoy atravesados en medio del fuego impidiendo el paso a los mineros que intentaban salir por esa galería y por la muerte de los dos maquinistas de la locomotora.

De cualquiera de las formas, la galería en la que se encontraba trabajando la mayoría de los obreros fallecidos no tenía pozo alguno de ventilación, por lo que las condiciones de renovación del aire debían de ser deficientes y permitiendo así que el humo quedase acumulado.

Corta minera a inicios del siglo XIX, donde puede comprobarse una red de antiguas galerías mineras. / Foto incluida en el libro de Félix Carnero titulado “Las fotos inglesas de Sotiel Coronada”.

Los fallecidos. Llama poderosamente la atención que una sola fuente recoge el nombre de los fallecidos. Se trata del diario El Imparcial, que emita una lista de finados cuatro días después del suceso. Habiendo investigado en los archivos parroquiales de Calañas y del registro civil, y contrastando esta información con la ofrecida por el padrón de habitantes de 1894, hemos llegado a la conclusión de que se producen numerosos errores en el registro de los fallecidos, tanto en la denominación de su lugar de origen, como en sus apellidos.

Los fallecidos son:

  • Capataces: José Amaro Rico (42 años) y Juan Castilla Pérez (40 años)
  • Jornaleros: Francisco Muñoz Núñez (39 años), Cristóbal Charneca Macías (43 años), Blas Garrido Oso (25 años), Manuel Monís Martín (19 años), Guillermo Monís Martín (21 años), Rafael Palanco Fernández (26 años), Joaquín Silva Barbosa (27 años), José Sousa Guerreiro (45 años), Manuel Santiga Morgado (19 años), Manuel Mezquita Mora (32 años) y Juan Rodríguez Vázquez (45 años)
  • Barreneros: Juan Fernández Romero (28 años), José Márquez Gómez (30 años), Gregorio Conejo Fernández (34 años), Francisco Sánchez García (50 años) y Antonio Noguera Márquez (44 años)
  • Maquinistas: Francisco Cruz Garabito (28 años) y Antonio González Martín (34 años)
  • Artillero: Joao Reposo (33 años)
  • Albañil: Alejandro Castilla Fernández (46 años)

La procedencia de estos mineros era de lo más variopinta, ya que es una muestra de la multiculturalidad de una mina recién creada, formada por una población venida desde cualquier parte en busca de un trabajo duro pero seguro. Entre los fallecidos 8 eran de los dos pueblos más próximos (5 de Valverde del Camino y 3 de Calañas) y 4 de ellos eran de otros pueblos de la provincia de Huelva (2 hermanos del Castaño de Robledo 1 de La Puebla de Guzmán y 1 de El Almendro). También fallecieron 4 mineros portugueses, procedentes de la vecina comarca de El Algarve. El resto era de otras localidades repartidas por la geografía española (1 de Morón de la Frontera –Sevilla-, 1 de Canillas del Aceituno –Málaga-, 1 de Fabero –León-, 1 de Losilla de Alba –Zamora- y 2 de San Pedro de Trasverea –Orense-.

Cartel de las Jornadas de Patrimonio, donde participa Juan Antonio Morales.

¿Y después qué? Tras el accidente, en la localidad minera sólo hubo consternación. Ni siquiera los pocos activistas sindicales fueron capaces de organizar una jornada de protesta, ni mucho menos una huelga. El periódico local, La Provincia de Huelva, se hizo eco de la noticia dos días más tarde, pero la afinidad de este periódico con las empresas mineras que lo financiaban en casi su totalidad hace que el enfoque de la noticia sea totalmente sesgado y no ofrece información fiable. El resto de periódicos de tirada local en diferentes localidades españolas van haciéndose eco bastante más tarde y sacan la noticia en sólo unas pocas líneas entre otras noticias de menor calado. Sólo los diarios El Imparcial y La Correspondencia de España hacen un seguimiento a la evolución de la noticia día tras día, dando un listado de fallecidos. En la Revista Minera se publica semanas más tarde un artículo extendido sobre la catástrofe, sin embargo, en su enfoque se observa el dictado de la empresa minera, ya que es claramente exculpatorio y dedica sus esfuerzos a demostrar la falta de responsabilidad de los responsables del establecimiento minero, sin ahondar en las causas del incendio, que atribuye a causas fortuitas e inevitables. Un enfoque diferente es el que se le da en el semanario El Socialista, con un claro sesgo recriminatorio, que condena la actitud de la empresa y sin afán ninguno por conocer la verdadera causa del siniestro.

Por el diario La Correspondencia, sabemos que el diputado onubense Burgos y Mazo hizo una pregunta en el Congreso, a la que el Ministro de Hacienda contestó que se investigarían las causas del siniestro y se dictarían leyes para la mejora de las condiciones de seguridad en las explotaciones mineras de interior. Desconocemos si en sesiones posteriores se siguió insistiendo en este tema, ya que ningún diario hace mención al tema. Lo que sí es patente es que estos gobiernos no dictaron normativa alguna sobre el tema y todo siguió exactamente igual.

Lo más lamentable de todo esto es que hoy, 125 años después, no hay ningún monumento que conmemore la catástrofe. Las tumbas de los mineros fallecidos ni siquiera tienen lápidas y éstos no están identificados. Es más, hasta hoy, sus nombres habían sido olvidados. Sirva este artículo como homenaje a sus vidas y como acto reivindicativo para que se erija un monumento digno a su memoria.

La catástrofe de Sotiel Coronada es reconstruida en la novela Ira de Plutón, del mismo autor del presente artículo y ha sido editada por la editorial Círculo Rojo.