Un paseo por la Huelva de 1750 (y II)

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Iglesia de la Concepción.
Iglesia de la Concepción.

Antonio José Martínez Navarro. La Sanidad contaba con el Hospital que daba nombre a la calle donde se situaba y que corresponde con la actual de Méndez Núñez donde se atendían a las enfermedades venéreas ya escandalosas y no sé por qué calificadas de “secretas” y, en caso de que se acercara la peste bubónica, se veía incapaz de albergar a tantos individuos afectados por el incurable mal que arrasaba en vidas a la mitad de la población.

El número de defunciones en un núcleo tan diminuto de personas como el que tenía Huelva en el siglo XVIII era muy pequeño, salvo en el caso anteriormente mencionado. Así, los sacerdotes y personalidades de más rancio abolengo dejaban en sus testamentos que sus restos mortales fueran enterrados en el interior de los templos y los pobres recibían sepultura en lugares lo más cercano a las citadas iglesias que era el pasaporte más válido para cruzar las fronteras del más allá católico. En nuestro país, la orden de construirse los camposantos fuera de la población para quitar la costumbre insalubre de enterrar en el interior de los templos data de 1773, pero se fue demorando esta obligación hasta que Carlos IV de España, en 1804, dictó varias medidas para activar la construcción de los cementerios extramuros. Si la memoria no nos falla el Cementerio del Castillo, paralelo a la Cuesta del Carnicero, fue inaugurado y bendecido en 1823.

Abandonando el centro de la villa el amante de la mar se podía acercar a las inmediaciones de la ría y admirar el Arco de la Estrella. En las fechas que historiamos Huelva no tenía puerto, pero sí una numerosa flota y para algunos ver cómo se reflejaban los rayos del sol en las embreadas panzas de los barcos de pesca era un espectáculo incomparable. A mediados del siglo XVIII el contorno marino onubense era muy rico en peces. De esta forma, los marineros huelvanos salían con sus bergantines y sabían que volverían con sus bodegas repletas de pescado. ¿Y cómo se acabó aquel emporio de riqueza? En este sentido, debemos indicar que en las primeras décadas del siglo XIX llegaron a nuestras costas barcos valencianos que practicaban la pesca del bou (al parecer bou significa cuerno en el idioma de la ciudad del Turia) o pesca por parejas cuyas redes eran capaces de capturar a los peces más pequeños y destrozar los fondos marinos. Hacia 1850 o 1860 el Padre Mirabent se lamentaba en la cubierta de un barco situado en Isla Cristina al ver millones de peces alevines que habían sido capturados por las citadas redes y, muertos, se devolvían al mar. Esto es lo que ha provocado que en la actualidad nuestros barcos tengan que recurrir a contar con licencias para poder pescar en diversos países (Portugal, Marruecos…) que les permitan obtener sus capturas en sus lares marítimos o bien, como ha ocurrido en esta Navidad, traer las gambas del reino magrebí.



Subamos a ver a nuestro amigo y al final de la calle Concepción quedamos zarandeados por el estruendoso ruido de los gritos de los vendedores que pregonan sus artículos en la Placeta de los Mercaderes, llena de puestos en los que se venden las más variadas especies (carnes, frutas, pescados, aceitunas, leche que solía venir de Aljaraque, aceite, vinos, etc.), caballas y sardinas “del alba” (esto es, pescadas a primeras horas de la mañana) y las vasijas más sofisticadas y necesarias, tales como botijos y grandes recipientes de barro para disponer del agua necesaria y que habían sido confeccionadas en las dos o tres fábricas de ladrillos existentes en las afueras de la que sería capital de provincia..

Los habitantes de la villa de Huelva consumían la carne en muy pocas ocasiones. Su alimentación estaba basada en el pan que comían, si podemos darle esta denominación al formado con harina de centeno o con mezcla de esta y la de cebada y hasta de cebada. La carne sólo se emplea en caso de enfermedad o en días muy señalados del año.

De la antigua Placeta de los Mercaderes no queda sino el nombre en boca de los huelvanos que lo musitan sin saber o no su origen, dependiendo de su afición por la historia de su tierra. Creemos que sería justo añadirle el recuerdo de una artística lápida empotrada en cualquier casa que recordara a propios y extraños uno de los versos que señalan hitos de una genealogía de una ciudad:

Placeta de Mercaderes
Del comercio humilde cuna
Bullanguera cual ninguna
Que en hora punta se infiere
Y sus pregones adquiere.
Recordando aquel Mercado
De puestos abigarrados
En un pasado que fue
Vaya por siempre con él
Mi recuerdo enamorado.

El mercado interior era débil, debido a la persistencia de una economía de tipo tradicional. Así pues, las frutas y hortalizas llegaban al Mercado al aire libre de Huelva, en numerosos carros, procedentes de los pueblos más cercanos a la villa.

Pero continuemos con la descripción de la población de Huelva. Las casas que vemos, en un tanto por ciento muy elevado, tienen las fachadas encaladas. Sus paredes interiores son ligeras, frágiles, tenues. Son viviendas chiquitas, liliputienses, las ventanas tampoco son grandes, pero por tan pequeños agujeros entrará a raudales la claridad que disfrutaban en Huelva. Las techumbres son pequeñas y desiguales. Un tanto por ciento muy elevado son viviendas de una sola planta y el perímetro de ellas hacen entrantes, salientes, recodos… Este va a ser un problema con el que se van a enfrentar los políticos de los años finales del siglo XIX e iniciales de la siguiente centuria. Las “casas de morada” están colocadas a diferentes alturas. Estas viviendas, aunque de una o a lo sumo dos habitaciones que, en ocasiones, suelen dar con un patio interior, es un lujo que no todos los onubenses pueden disponer y son muchas las zahúrdas, construidas con cañas y barro y, sobre todo, las numerosas cuevas que van a permanecer hasta bien entrado el siglo XX. Para pasar al interior de una de estas casas había que recorrer un oscuro pasillo que desembocaba en un patio al que daban alguna dependencia de cada una de las viviendas familiares. Todas las casas contaban con el llamado pozo negro que, cuando se llenaba de porquería la operación de vaciado emanaba un olor nauseabundo que se olía por todo el contorno. Todavía a la voz de ¡agua va…! el transeúnte debía ampararse o cobijarse en la fachada de la vivienda más cercana para no verse rociado de “colonia” tan persistente. Toda esta materia en descomposición bajaba por una canaleta situada en la calle del Agua –de ahí el nombre de la vía) hasta desembocar en la ría.

Escudo de Huelva, posterior al siglo XVIII.

La Huelva de las fechas que historiamos se alumbraba mediante teas encendidas, y por sus calles arenosas –empedradas con guijos “cabezas de perro” y adoquines un siglo y cuarto más tarde- circulaban las carretas de bueyes, las burras de leche, los carros de mulas, algunas tartanas entoldadas y cascabeleras y paramos de contar.

Aquella Huelva no contaba con ningún colegio, ni ateneos, ni periódico alguno, ni plaza de toros (se celebraba este espectáculo en la plaza de las Monjas y era visto por los Nobles de Medina Sidonia cómodamente sentados en los balcones que daban a la citada plaza, al dorso de su Palacio y por el pueblo, que se protegía de las arremetidas de los astados, detrás de carros volcados a modo de parapetos), ni teatro (el primero que tuvo estaba situado en la calle del Puerto y abrió sus puertas en los años cuarenta del siglo XIX.

La gente adinerada de Huelva ocupaba varios palcos del pequeño teatro, algunos de ellos tenían sus criados de librea en la puerta, como montando la guardia de honor), ni centros recreativos, hipódromo, circo, biblioteca. En fin, cuanto era exigible, entre 1750 a 1775, a una villa como otras existentes de su misma población, pero no es menos cierto que el resto de España era por aquellos años país europeo muy de capa caída y al que se le negaba la entrada en el concierto de las grandes alianzas europeas. Y Huelva, al igual que el resto de España, estaba en un estado casi comatoso. Eso sí, comatoso pero sobrellevado en paz y en gracia de Dios, ya que existían dos hermandades de Pasión (la Vera Cruz y el Santo Entierro, que lucían su devoción y empaque artístico de sus Titulares en la Semana Mayor de la Ciudad. En este sentido, debemos añadir que eran escasísimos los festejos para las clases económicamente débiles, esto es, que al margen de la Semana Santa no se celebraban verbenas de barrio, romería (la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío iba con algún que otro carro a El Rocío a mediados del siglo XIX y se constituyó como Hermandad en 1880). De cualquier forma no debemos olvidar que alguna que otra Compañía teatral actuaba en Huelva durante el Corpus Christi desarrollando escenas piadosas…

Entre los transeúntes de las escasas calles se ven confundidos viejos, jóvenes petimetres, algún que otro soldado perteneciente a alguna cohorte destinada en Huelva y mucha gente de pueblo en una mezcolanza de trajes de las diversas capas sociales. Las mujeres elegantes lucen mangas cortas y abombadas, generosos escotes, cuerpos cortos y faldas sencillas y largos vestidos para desarrollar su actividad con comodidad. Los hombres de respeto llevan casacas y calzón corto con medias altas.

En 1750 rodeaba el cabezo de San Pedro un trozo de la muralla defensiva de la urbe de Huelva. Este pequeño testimonio lo destruyeron los franceses al retirarse de la ciudad del Tinto y del Odiel en 1812 para, caso de volver de nuevo a ella no pasar por el inconveniente de volver a reconquistarla.

Barco de la época.

La Huelva del siglo XVIII era guapota de cara, simpática de hechos y graciosa de dichos. De edificios de interés muy pocos: el Ayuntamiento de la calle Puerto, la Ermita de la Soledad, la iglesia de San Pedro, la iglesia de las Agustinas, la de Nuestra Señora de la Merced, San Francisco (con las enseñas o banderas tomadas en batallas navales al turco), el Palacio de los Nobles de Niebla (donde se puede admirar el único escudo de armas de piedra que permanece en el centro de la Ciudad)… Algunas casas notables como la del Diablo (con sus leyendas), la de los Niños Indianos, la Casa del Señor, la Casa de los Garrocho (con su espléndido escudo de armas situado en la actualidad en la fachada del Santuario de la Cinta; la Casa o Palacio de los Trianes, Casa “El Cinco de Oros” (Vivienda que se situaba en La Placeta, exactamente donde se eleva en la actualidad el bar que ostenta este nombre, y que era así llamada por los cinco huecos de su fachada y por la cerámica de color amarillo que la exornaba y que daba la impresión que era la carta o naipe del “cinco de oros” de la incomparable baraja española. Se construyó a mediados de la década del siglo decimonónico y se derribó a mediados de la centuria siguiente)…

Siguiendo nuestro paseo se observan muchas casas destruidas, con lo que a partir del 1 de noviembre de 1755 Huelva va a ser objeto de una reforma casi radical.

Las “Casas Consistoriales”, a pesar de su pequeñez, se mostraba airosa en la Plaza del Señor San Pedro (hasta que fue trasladada a la calle Puerto en 1840) y, no muy lejos de ella, se situaba la Cárcel, también de pequeñas dimensiones y en la que tenían “hospedaje” ocho o diez personas, la mayoría de las cuales eran criminales comunes, bandidos de poca monta delictiva, que se hallaban en buenas relaciones con el guardia o los guardias. También éstos trataban a los criminales ordinarios con cierta tolerancia, aunque respetando o marcando una línea que los separara.

Esto era, en definitiva, la Huelva de mediados del siglo XVIII.

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