Días de invierno

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Días de invierno.
Días de invierno.

Félix Morales Prado. En febrero de 1954 nevó en Punta Umbría. Yo no lo recuerdo. Tenía dos años. Me lo contó mi padre. Me llevaba en brazos cuando empezaron a caer los copos. Fue una gran nevada, por lo visto. De casi un metro. Me contó que al principio estaba el paisaje muy bonito, los árboles y los techos blancos como en un Portal de Belén. Pero al poco tiempo, cuando la nieve fue derritiéndose, comenzó a formarse un cenagal que lo puso todo intransitable, gris y resbaladizo.

Mis primeros recuerdos del invierno son, pues, posteriores. En uno de ellos voy hacia la escuela por la Calle Ancha, entre el chalé de Lirola y la Mezquita. Hace mucho frío. Antes de salir he observado que el agua de la pileta de las ranas está cubierta por un cristal de hielo y que hay pequeños carámbanos en su grifo. De mi boca sale una nubecilla de vaho y a la arena la tapiza la escarcha. Por las tardes, casi a la noche, se prendían fogatas para tener rescoldos con los que hacer los braseros. Correteábamos alrededor y encendíamos y fumábamos cigarrillos de papel de estraza o tallos secos de estepicursores. Los adultos nos regañaban: “¡Niños! ¡Os vais a mear en la cama!”.



De aquel uso de la época (no había otra forma) de calentarse con copas de carbón o de cisco se derivaban, a veces, consecuencias indeseables. Las intoxicaciones por monóxido de carbono, conocido como “tufo”, no resultaban infrecuentes y podían tener un desenlace letal, debido a que el efecto de este veneno cursa con un dulce adormecimiento que no permite a la víctima cerciorarse del peligro que corre. En mi familia estuvo a punto de ocurrir un desastre por este motivo. Afortunadamente, mi padre se despertó a tiempo y se arrastró hasta alcanzar la ventana y abrirla.

Sí, eran días muy fríos. Y aunque no recuerdo, no puedo recordar yo aquella lejana Candelaria del 54 en la que nevó, sí que guardo en la memoria otras posteriores. Es esta una fiesta del fuego, como las muchas que se celebran en torno a los dos solsticios. Las mujeres preparaban durante el día una gran pira. Al caer la tarde esperábamos jugando al escondite por los alrededores, por la Retama o en los jardines abandonados. A mí me encantaba eso de conseguir llegar en una carrera al puesto sin que me viese el que la quedaba y gritar triunfalmente: “¡Por mí y por todos mis compañeros!”. Por la noche prendían la hoguera en medio de gran regocijo y hacían una fiesta a su alrededor en la que participaban vecinos y vecinas, comiendo, bebiendo y bailando sevillanas o al ritmo de “Briggitte Bardot”, de Jorge Veiga o “Moliendo café”, de Mina. Los niños tirábamos dentro bombillas estropeadas y trozos de fibrocemento que habíamos ido buscando y reservando para la ocasión y que estallaban con pequeñas explosiones.



También en navidad, ya mayores, hacíamos candelas en torno a las que improvisábamos verdaderos ateneos dedicados al tema literario o artístico, a la lectura de algún poema, el comentario de un libro o la reflexión, entre pavesas y visión de estrellas, sobre una frase, un verso, mientras se sumaba mi padre que iba regresando de hacer alguna visita a un enfermo.

Caminar por las calles desiertas de la Punta Umbría invernal, entre las casas vacías del Cerrito o la Punta de la Canaleta, oyendo el espectral batir de las persianas sueltas bajo el viento o, de pronto, sorpresa, unas notas de piano salir de aquella envuelta en madreselva, parecía como hacerlo por un amable y sugerente pueblo fantasma preñado de historias y poemas que comunicar al paseante, a ese flâneur rural.



Eran días helados de un ambular mágico en medio de la niebla por la calle Ancha o en la playa, dónde identificábamos la orilla, sin verla, por el sonido del romper de las olas. Las siluetas de los mariscadores con sus canastas llenas de chirlas al brazo avanzaban por la marea baja y las sirenas de los barcos mugían, se quejaban, tras el velo de bruma. Mañanas en la playa fría y solitaria de peculiar luz matizada en la que percibía, con la que confundía en fugaz aparición quizá a la Volpina de Amarcord y la fijaba, sin saber cómo, en un haikú en italiano: “Bella traviata / ho visto sulla spiaggia./ Luce d’inverno”.