El deporte

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El deporte.
El deporte.

Félix Morales Prado. La máxima relación que yo guardaba con la actividad deportiva era a través del coleccionismo de cajas de cerillas que traían impresas caricaturas de los jugadores de las distintas alineaciones españolas. Recortábamos los cartoncillos y los agrupábamos con una gomita por equipos; aquí los del Betis, aquí los del Sevilla, los del Madrid, los del Barcelona. Del Sol, Kubala, Di Stéfano, Araquistain, cada uno en su equipo naturalmente, cada equipo separado, todos en el bolsillo, esperando ganar uno nuevo en alguna partida de aquel juego en el que se tiraban los cromos desde la pared y se cobraban los que se conseguía solapar con el nuestro. También intercambiábamos con los demás coleccionistas ese repetido por otro que no teníamos.

Sin embargo, cuando mis amigos jugaban al fútbol yo me iba a hacer otras cosas, como leer tebeos en casa. Para poder conversar con ellos cuando hablaban de su espectáculo favorito, intenté infructuosamente aprender algo sobre balompié. Incluso fui un domingo a ver un partido al campo del Punta Umbría. Caminamos por el pinar hasta vislumbrar una tapia blanca entre los árboles. Era un campito humilde, sin gradas, sin césped. No había mucha gente pero la atmósfera era festiva.



Los jugadores entrenaban, chutando el balón de un sitio a otro, haciendo malabares… Iban uniformados con esas camisolas ablusadas que utilizaban los futbolistas antiguos… Al rato, salió de los vestuarios cada uno de los conjuntos con un trote suave lanzando gestos de saludo al público. El árbitro llamó a los capitanes, tiró una moneda al aire, envió a cada grupo a la parte de la pista que le había tocado, puso la pelota en el centro del terreno, pitó y continuó, más si cabe, el aburrimiento. Para mí, claro. Porque los demás parecían pasárselo en grande. A la mitad del partido, me escabullí y me volví a casa. Lo más que retuve de la jornada fue que un córner era algo que se disparaba desde una esquina y que no se podía tocar el balón con la mano.

Siempre me intrigó el motivo de mi aversión por los deportes. Algún día trataré de averiguarlo. Hacia mediados de los años sesenta intenté reconciliarme con la actividad olímpica. No hacía mucho que se había creado el Club de Piragüismo. Lo llevaba Antonio Salmerón que, con su bigote estilo Nietszche y su carácter jovial, me recordaba un grabado de sportman del siglo XIX. El edificio de la federación, una vieja casa grandota y destartalada, situada sobre una especie de zócalo, en la que se guardaban y se reparaban las piraguas y las yolas y cuyo interior olía a poliéster, estaba entre la Calle Ancha y las carpinterías de ribera. No tuve que hacer mucho para que me dejasen entrenar en una piragua. Realmente, no tuve que hacer nada. No tenía ni idea de cómo ponerla en la orilla y aún menos de cómo montarme y mantenerme a flote. Pero el presidente dio su permiso.



Un compañero fue conmigo y me explicó un par de veces cómo mantener derecha la embarcación mientras que me metía en ella y cómo maniobrar para que no se volcase. En diez minutos había aprendido lo necesario, o eso creía yo, para aventurarme por la ría. Me alejé paleando a duras penas. Cuando estaba a mitad de camino entre el pueblo y La Isla de Saltés, me quedé quieto, al pairo, dejándome llevar por la corriente, adrizando con las palas. Relajado y contento de no haberme caído, confiado, no conté con el oleaje de la canoa que pasaba en ese momento y a la que saludé, muy ufano, justo antes de que en dos embates las ondas me tumbaran. Al momento, la barca se llenó completamente de agua y se hundió dejando sólo un extremo fuera. Empujando ese pico la llevé hasta la orilla. Yo había visto cómo las vaciaban cuando pasaba eso. La agarraban por la proa y la levantaban para que el líquido saliera por la popa, por un agujero que estaba cubierto con una tapa que había que quitar antes, detalle que olvidé. Así que el caldo se acumuló en la parte trasera de la embarcación, se oyó un desalentador crack y la piragua quedó rota en dos simétricos pedazos. Salmerón me vio llegar arrastrando el par de cachos, esbozó un indescriptible gesto de desespero y ahí acabó mi aventura con el remo.

También se practicaban en el pueblo el tenis y la vela. Pero estaban reservados a las clases más adineradas. A los que un día fueron conocidos como “niños willys” (porque sus primeros representantes fueron los chicos ingleses, que podían llamarse William) se les veía ir hacia el Club vestidos de blanco con la raqueta al hombro para su partida postmeridiana. Y la ría era surcada los días de verano por decenas de snipes que, almacenados en el náutico, habían esperado todo el invierno para navegar y constituían, al fin, un vistoso espectáculo de triángulos canos desplazándose sobre el fondo del cielo azul rabioso.



El tiro de pichón era una actividad cruel y cobarde. En la playa, se soltaban unas palomas que volaban unos metros, vuelo durante el que los tiradores les disparaban. En alguna ocasión vi cómo erraban el tiro y el pájaro, en vez de huir, bajaba inocentemente al suelo y se ponía a picotear entre las piernas de los escopeteros. Lo volvían a atrapar y a liberarlo para intentar abatirlo. Un ejercicio muy noble, como se ve.

Estos son, al cabo, los deportes que mi memoria guarda de aquella época y que me han sido evocados por la visión de una antigua foto del C.D. Punta Umbría en la que sólo acierto a identificar al portero Carreño y a Pascualín.