Visiones de Maldevo

Cacería en El Portil

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El cura Don Sebastián Peniche y el médico Don Emilio Morales.
El cura Don Sebastián Peniche y el médico Don Emilio Morales.

Félix Morales Prado. Era cinco de enero. A las siete de la mañana, antes del amanecer, mi padre, mi tío Manolo, mi hermano Emilio, el cura Don Sebastián, mi amigo Pepe Luis y yo salimos de mi casa en cuatro caballerías y un charré arrastrado por un jamelgo, un pobre rocinante que no podía con su pellejo y que estaba un poco loco. Le daba al caballito por arrojarse de cabeza contra las paredes. Este vehículo, bestia incluida, era un préstamo de Don Manuel Alemán, otro cura ya anciano que mi memoria ubica en la Vieja Guardia, albergue dedicado a acoger actividades de ocio organizadas por el Sindicato Vertical y la Falange.

Íbamos a la Laguna del Portil a echar un día de caza. Día muy frío, por cierto. Cabalgando por la playa, parecíamos fumar a juzgar por el vaho que salía de nuestras bocas. Pepe Luis y yo en el carricoche y los otros cuatro a caballo, marchábamos por la arena dura de la marea baja para hacer más liviano el camino a las monturas.

Al llegar a la Mata Negra, vimos un zarapito junto al rompeolas. El cura se empeñó en dispararle. Sacó la escopeta. Sonó una descarga, otra, no acertó, el caballo se encabritó y descabalgó al jinete al mismo tiempo que el pájaro levantaba el vuelo; luego, espantado, volvió grupas y partió al galope. Iba a todo trapo de regreso al pueblo, dejando un reguero de naranjas que caían de una bolsa colgada de la silla. Mi padre lo persiguió, le dio alcance y se lo devolvió al cura, que se quejaba una y otra vez. Pero he dado cerca, ¿eh?, decía.



Llegamos algo más de pasadas las ocho. La aldea del Portil era entonces un poblado circular de chozas como las que aún hoy subsisten en Doñana. Entre esas chozas de juncos había una casa de ladrillo en la que vivía la que se puede decir que era la jefa, la matriarca de la aldea, Carmen la Rana. Allí nos recibieron y desayunamos: huevos, tocino, pan, café, leche. Después de comer, empezó la jornada cinegética. Pepe Luis y yo, por la edad, íbamos sin armas y nos limitábamos a mirar. Se cazaba al salto, buscando la pieza, así fuera un conejo como una perdiz.

Las fochas y los patos, que abundaban en el lago, no entraban entre nuestros objetivos porque no teníamos bote ni perros para cobrarlos. En aquella ocasión nos limitamos prácticamente a las avefrías. Pepe Luis y yo estábamos con uno de los cazadores cuando le disparó a una al vuelo y el animal, tras dar dos vueltas circulares en el aire, se desplomó encima de la hierba. Corrimos hacia el sitio en el que había caído y los tres miramos cómo agonizaba abriendo el pico sangrante, boqueando, doliente, sin conseguir morirse. El tirador la agarró y le golpeó la cabeza contra un pino para terminar con su sufrimiento. Muy serio, prometió que nunca más en su vida cazaría. Casi sesenta años hará de esto y hasta el momento ha cumplido su promesa.

Cerca del atardecer, cuando nos preparábamos para el regreso, el charré estaba en la orilla en cuesta de la charca. El penco que lo llevaba retrocedió y la carreta se metió en el agua y el fango. El pobre caballito no podía sacarla. Por más que lo intentaba, era imposible. Acabó sentado, negándose a todo, terco como un mulo. Lo desengancharon y pusieron en su lugar a nuestro caballo. Pero Lucero no era de arrastre y soltó una batería de coces de protesta.

Finalmente, nosotros mismos ayudados por los jóvenes del Portil arrancamos el carro del atolladero. Para entonces ya se nos había hecho tarde. Los adultos estuvieron preguntando qué ruta nos convenía más para la vuelta, si la de la playa o ir atravesando el pinar. Parecieron acordar que la de la playa era más clara y sencilla pero más larga o más lenta, mientras que yendo por el pinar llegaríamos antes si no nos perdíamos.

Así que nos internamos en el bosque y, después de un buen rato avanzando en la penumbra, desembocamos en la ría. A lo lejos, mirando en dirección de Huelva, sobre los últimos y mortecinos resplandores rosáceos del crepúsculo, se veían siluetas de pirámides y de flamencos que hacían pensar en Egipto. Las salinas. La comitiva cabalgaba lentamente por la orilla evocando una escena de película. Los cascos de los caballos producían un chapoteo rítmico en el agua y también destellos, extraños brillos que nunca antes habíamos visto y animaron nuestra fantasía, entre bromas, a explicaciones preternaturales. Estábamos contemplando el fenómeno bioluminiscente conocido como “mar de estrellas”.

Llegamos muy cansados, dejamos a mi amigo en la puerta de su casa, entramos en la nuestra, entre el olor húmedo de los pájaros muertos y el del carbón del brasero, y al irme a la cama recordé de pronto (lo había olvidado) que era noche de Reyes.

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