Visiones de Maldevo

La Torre

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La Torre.
La Torre.

Félix Morales Prado. Le llamaban la Torre Mora. Estaba, y sigue estando (aunque algo cambiada), al lado del Cuartel de la Guardia Civil, a cuyo cuidado estaba y que ya no está. Frente a la iglesia antigua. Entregarme a detalles históricos me parece ocioso. No es de eso de lo que hablo en estos artículos, no es de lo que significa torre de almenara ni de las incursiones de los piratas berberiscos. Ya hay libros muy buenos sobre tales temas. Será mejor contar que allí dentro, así se afirmaba, vivía el terrible Moro Juan, sediento de sangre infantil, al que os puedo jurar que, azuzado por el miedo, vi asomarse entre la vegetación que culminaba La Torre algún anochecer de invierno al regresar a casa. Así me refería a él en mi libro Maldevo: “Por eso ciertas noches por allí delante pasábamos casi sin respirar y muy deprisa, aunque sin correr, para que no pensara que nos asustaba, pues nuestro terror removía en él el poder de su mundo tenebroso y volaba entonces con alas de vampiro para clavar sus dientes afilados en nuestra espalda que huía.

En algún momento se le ha llamado el Moro Juan. Recuerdo que en mi infancia, después de caer el sol veía una silueta moverse entre los setos que coronan la Torre. Con las leyendas fantasmales se mezclaban las historias sobre contrabandistas que, lejos de aclarar nada, creaban más inquietud aún en nuestras almas. En la foto que tenemos delante, podemos ver allí arriba un moro que mira el mar, zapatos de puntas reviradas, calzones bombachos de seda y capa de terciopelo negro, que, tocado con un blanco turbante, luce en el rostro una expresión fiera de opereta”. El Moro Juan. Era el personaje inventado por los adultos para disuadir a los niños de aventurarse en las entrañas de la atalaya. Poco eficaz, pues los chavales más grandes, más atrevidos y ya iniciados, animaban a los pequeños, que heredaban la aventura.

Sabíamos, porque alguien lo averiguó hacía tiempo y se había ido trasmitiendo de unos a otros, dónde se escondía la llave, en un hueco situado en el muro, a la derecha de la puerta. Una llave grande, antigua. Para llegar a esa puerta había que subir una escalera de piedra y luego una escala de hierro. Con cuidado, oteando para comprobar antes que el guardia no estuviese mirando (aunque sospecho que nos veía siempre), abríamos y entrábamos al primer espacio, circular, amplio, con bóveda escarzana y un pozo en el centro. Posiblemente que nos cayésemos en él era una de las cosas que preocupaban a las personas mayores. Esta cámara se usaba como almacén. Y desde ella entrábamos en un hueco, una escalera de caracol que taladraba toda la torre. Estaba completamente oscura y para subirla usábamos una linterna, una vela o íbamos a tientas. Poco antes de llegar al final, a la derecha, otra sala, abovedada como la de abajo, era la habitación de los murciélagos. Si apuntábamos al techo con el haz de luz, los veíamos colgados bocabajo como en las películas de Drácula. Tirar un chaleco hacia arriba que los hacía caer era la forma de cogerlos para jugar con ellos y soltarlos luego.

No era poco el alivio que sentíamos al acceder a la plataforma superior, al aire libre. Recorrer esa escalera, entrar en la cámara de los murciélagos, agarrarlos, constituía, de alguna forma, una prueba de valor, iniciática. Ya arriba, a dieciséis metros de altura, lo que no tranquilizaría tampoco mucho a los padres, con una visión panorámica a nuestros pies que no estaba nada mal, hubo veces que, habiéndonos llevado los instrumentos necesarios, algunas cañas huecas y un tarro con agua en la que habíamos deshecho un buen trozo de jabón Lagarto verde, nos dedicábamos a una actividad que era un culto al vuelo que los niños admirábamos y deseábamos; un homenaje al ideal, al imposible, a la lejanía.



Agitábamos el agua hasta que estaba espumosa con la caña y después soplábamos por ella con la habilidad suficiente para que fuera formándose en el extremo una burbuja que debía crecer hasta desprenderse y flotar luego lejos, al albur de la brisa, más lejos, reflejando los rayos del sol, irisada de azul, rosa, amarillo, malva, verde, hacia el mar, hacia la ría, hacia el pinar, hacia las casas, hasta perderse en el horizonte infinito del océano, confundirse con el aire o con los sueños, reventar, plop, en una aguja de pino, contra el campanario, en la veleta de la casa barco. Símbolos de lo que brilla y pasa, maestras de vida sutiles como los mundos de Machado: “Me gusta verlos pintarse / de sol y grana, volar / bajo el cielo azul, temblar / súbitamente…”.

Una, dos, tres… diez, treinta… llenando el espacio, descendían a la plaza esquivando moreras, rodeaban las farolas o subían y subían y subían…

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