La Plaza Pérez Pastor

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La Plaza Pérez Pastor.
La Plaza Pérez Pastor.

Félix Morales Prado. Rectangular, con piso de baldosas de cemento, estaba rodeada por bancos de hierro fundido, de un estilo así como Art Noveau, en los que nos sentábamos a horcajadas para jugar a hacer puntería con palitos de polos en los boquetes del asiento.

En el lado nordeste había kioscos cuadrangulares, de ladrillos, forrados de azulejos, con cubiertas de tejas árabes y a cuatro aguas. En unos se vendían chucherías, altramuces, pipas, alcatufas, regaliz y polvo de algarrobas, chicles Bazoka, pirulís, gamboas, triquitraques, bengalas y cigarros de matalahúga. Otro era el Kiosco de la Nieve, donde se compraban las barras de hielo para las neveras cuando aún no había frigoríficos eléctricos. Allí nos acercábamos a coger los trozos que sobraban en el suelo después de que troceasen los bloques, muy adecuadamente, con un cortafrío. En otro había un estanco, una tabacalera, en la que despachaban cigarrillos Ideales, Caldo de Gallina, Celtas, Antillanas, Bisontes, picadura o, para bolsillos más capaces, Chesterfield, Camel, Craven-A; también sellos y pólizas expendían o cajas de cerillas que coleccionábamos. Y otros dos, donde vendían helados, nos atraían con el perfume fresco de sus mantecados y sus tutti fruttis; con la tentación de sus granizadas y de sus horchatas.



Todos estos kioscos sólo abrían en verano, igual que sólo en verano se ponían, junto al Hotel Esperanza, conocido como El Casino, los vendedores de marisco, con sus canastas llenas de camarones, bocas, cangrejos y cañaíllas. El Hotel Esperanza fue durante mucho tiempo prácticamente el único hotel del pueblo. En su puerta estaba siempre, vestida de negro y sentada junto a una camilla, Rosario, la dueña, cuyos ojos habían sido testigos de la historia de Punta. Tenía El Casino un restaurante magnífico, tanto en su diseño, pulcro y tirando a sevillano, como en su oferta culinaria. El cocinero, Rafael Hierro, que hoy sería catalogado sin dudarlo como un excelente chef, era un auténtico artista de las cazuelas, las sartenes y los peroles.

En ángulo recto con el hotel, al Sudeste, se encontraba Mantequerías Leonesas, con su olor de colmado antiguo a embutidos, quesos, charcutería, especias y mantequillas; con sus cajas de galletas surtidas, sus chocolates Nestlé y todos sus otros lujos refinados. Y con sus dos espejos confrontados justo en la entrada, en medio de los que me ponía para verme multiplicado hasta el infinito y hacerme tal vez la primera pregunta filosófica de mi vida. Junto a Mantequerías Leonesas, una arboleda celada por una enorme cancela.Y, ya en la esquina que abocaba a la ría, una casa muy mágica por su ubicación casi al margen, por su peculiar arquitectura y, tal vez sobre todo, porque estaba alicatada con mayólicas añil oscuro y tornasoladas.



Más allá de los kioscos, casi pegando al muelle, estaba La Ibense, La Española, que de ambas formas se le conocía, una cafetería-confitería-heladería en un enorme caserón, de techos muy altos y con terraza, en el que la gente se reunía las tardes estivales a tomar café o copas de helado, del mejor helado del mundo.

La Plaza Pérez Pastor era lugar para jugar al tú la llevas y para el ligue, el sitio en el que quedar antes de ir al cine o para ver dónde se iba luego. O en el que simplemente pasear comiendo pipas esperando que surgiera algo. En ella se celebraban las carreras de cintas en bicicleta en las fiestas del Carmen y se hacía el concurso de sevillanas por las de la Cruz en mayo. Justo a su lado estaba la cuadra de los burros, contiguos a la que pusieron un año los que quizá fueran los primeros futbolines que hubo en Punta Umbría. A diferencia de muchos otros que he visto a lo largo de mi vida, engrasados con un sebo negro que ensucia las manos, estos estaban lubrificados con una especie de brillantina transparente y perfumada. También instalaron al lado unas maquinitas de pinball y otra de discos, en la que sonaba, entre otras, una canción de Los Cinco Latinos que me gustaba mucho. Decía: “En la montaña de Imittos / el corazón yo te entregué, / momentos gratos que pasé / y que jamás olvidaré…”. Colindante, un Bar Bi (ese era su nombre) desmontable y temporal, en el que servían las mejores gambas al ajillo que han visto los siglos.



Centro de la vida social en las tardes y noches de estío, en invierno se quedaba solitaria, espejada con charcos de lluvia y sobrevolada por gritos de gaviotas, con aroma de mar y música de drizas de barcos cabeceantes. Yo bajaba hasta ella por el camino de la playa, me quedaba mirando su dulce nostalgia desde la casa de Don Camilo Bel, me sentaba en un banco y soñaba.