El sitio ‘La Bajamar’ nos cuenta su historia

En este artículo, Antonio José Martínez Navarro nos recuerda cómo "desgraciadamente la vieja Pescadería fue transformada en 1918 en otra que reunía mejores condiciones. Lamentablemente, desaparecieron, hace décadas, las vías de llegada de las sardinas y caballas que, en la actualidad, llegan al puerto por otro lado, dejándola casi en el olvido".

Carros cargando en ‘La Bajamar’.

Antonio José Martínez Navarro. No sólo narran lo que antaño sucedió cronistas e historiadores. También pueden enseñar nuestro pasado los viejos rincones de Huelva. Escuchemos, pues, la voz sabia y autoritaria de “La Bajamar”.

“La grandeza onubense me creó. ¡Tiempos inolvidables aquellos de triunfos y de gloria!. La minería y  la pesca fulguraban con brillantes torrentes económicos. El metal se hacía encaje sutil y primoroso en el Muelle de la Compañía de Riotinto, del célebre arquitecto Bruce, que aspiraba a adentrarse en medio de la ría. Los ladrillos, argamasas y piedras mostraban su fuerza de estilización en la fastuosa decoración de la “Casa de la Bola” o en la fachada del Cementerio de “Nuestra Señora de la Soledad”, obras del gran arquitecto onubense Francisco Monís.

En la primera mitad del siglo XIX, lo pasaba muy mal, ya que por encima de mí salía el detritus de la villa de Huelva. El historiador Martínez Navarro reforzaba mis recuerdos con el siguiente informe encontrado en Oficios y Minutas de 1844:




<<El Comisario de protección y seguridad pública de esta capital me dice con fecha 16 del actual lo que sigue: “El celador del Barrio de la Placeta me dice con fecha 14 del corriente lo que sigue: “Los depósitos de agua inmunda que se encuentran en el barrio titulado de los Bueyes, producidos tal vez por no tener los caños de las casas inmediatas el suficiente declive para desaguar en La Bajamar; la ninguna limpieza que hay en el Arco de la Calzada donde venden y despedazan diferente clase de pescado, cuyas tripas y restos permanecen en este sitio hasta que la marea los recoge, expidiendo en el ínterin el pestífero olor que da de sí aquellos fermentos corrompidos; el establecimiento Parches en varias casas de la mencionada calle, para extraer el aceite que sueltan los pescados podridos al intento, extracción prohibida de hacerse en el interior de las poblaciones; y la esterquera situada en la salida de la calle de las Bocas, que tiene a su inmediación otro depósito de agua corrompida y cenagosa, son elementos que pueden contribuir en grave perjuicio de este vecindario, extrayendo sobre él enfermedades contagiosas máxime en la estación entrante del calor. Y siendo uno de mis deberes regular el ramo de Policía urbana en el barrio de la Placeta de esta capital, he creído conveniente poner en conocimiento de Vd. los particulares que dejo manifestados, para que en su vista adopte las disposiciones que crea necesarias a la extinción de semejante falta…”. Dios…. Huelva, 23 de mayo de 1844. Miguel Tenorio…>>.

En los años 1910-12, la Junta de Obras del Puerto inició los grandes dragados de la ría. Sus productos  rellenaron las marismas del Muelle del Tinto hacia la Punta del Sebo. Poco después construyó la Junta una rampa de adoquines, orgullo de mi rincón, que pronto fue puerta de entrada de los galeones y otros barcos de pesca más modestos. Esta rampa estaba junto al mencionado Muelle y casi enfrente  del llamado “Estanque de los ingleses”.

La rampa está situada, aproximadamente, a unos doscientos metros del Muelle de la Compañía de Riotinto Limited y mide unos veinte metros en la bocana o lugar de entrada, llegando a alcanzar unos cuarenta metros en su parte más ancha. De profundidad tiene también unos cuarenta metros.

El sol brilla con toda su fuerza. Han pasado un par de horas más allá  del mediar de la jornada, cuando, procedentes de los diversos puntos de la capital, los carros, formando alegre caravana, superan la vieja Pescadería y desembocan en mi viejo rincón. Allí aguardan con paciencia benedictina, y cuando empieza a alcanzarse la tarde, a lo lejos se divisan los primeros barcos, casi todos de vela, algún que otro de vapor, que se aproximan a mi rincón, donde ya se han situado, por rigurosa orden de llegada, los carros en espera de que les cedan las cajas del plateado tesoro del mar. El hielo no se utiliza para este tipo de pesca, ya que las sardinas venían con su preparación de salmuera y una vez echadas en las canastas se riegan con cubos de agua.

Las sardinas se descargan en canastas grandes y las caballas en cajas, si vienen “zajonás”. Ambas se transportan en parihuelas. Una vez cargados, los carretones se trasladan rápidamente a la cercana Pescadería, donde se verificarán las operaciones económicas necesarias, y después de éstas se desparramarán por todos los lugares de Huelva y poblaciones limítrofes pregonando y vendiendo su mercancía.

Desgraciadamente la vieja Pescadería fue en 1918 transformada en otra que reunía mejores condiciones. Lamentablemente, desaparecieron, hace décadas, las vías de llegada de las sardinas y caballas que, en la actualidad, llegan al puerto por otro lado, dejándola casi en el olvido. Así mismo, el necesario progreso fue eliminando a los viejos veleros e hizo desaparecer los carros que, para este humilde rincón, componían una característica muy peculiar del ambiente huelvano, junto con los cabezos, algunos edificios emblemáticos, las fiestas y las costumbres. Mi rincón de “La Bajamar” no vería  nunca más las escenas descritas, ni tampoco  observaría  las idas y venidas del popular pescador José, apodado “El Varilla”, hombre disminuido físicamente pues tenía una pierna de palo, que vivía en una casita de madera y  se sustentaba de la pesca del palangre que, con su vieja pero cuidada patera, hacia junto al Muelle del Tinto, actividad que lo tenía ocupado toda la noche. En aquella época la afición a la pesca en barquitos pequeños o “botes” era muy reducida, y los pocos aficionados que había anclaban sus embarcaciones en mi rampa. José “El Varilla” se dedicaba con su “bajel” a trasladarlos desde tierra a sus botes. Recuerdo, entre otros, a Manolo “El Dulcero”, a Juan Quintero y a Antonio García, los cuales, le obsequiaban con una propinilla. Con éstas y su pesca nocturna vivía humildemente este singular personaje.

En la valla de hierro que dividía el estanque con mi rincón, algo más hacia el Muelle del Tinto, existieron pequeñas casillas de madera que para almacenar sus pertrechos construyeron algunos de los dueños de barquillos de vela.

Los robos en la descarga de los artículos en el puerto y en la Bajamar eran aceptados desde tiempo inmemorial. Así, se le hacía un “espiche” o agujero a un barril y de él se sacaba un litro o dos de vino. En “La Bajamar” “desaparecían las sardinas y piezas de las cajas de pescado desembarcadas de los galeones. Comenzada la guerra civil, tomó las riendas del poder en nuestra provincia Gonzalo Blanco, un hombre de carácter recto y enérgico que no estaba dispuesto a tolerar ciertos desmanes. Así, mandó ordenar  a sus hombres la máxima vigilancia para  que ciertos rateros tuviesen el máximo respeto por los bienes ajenos. Conozcamos, a través del “Diario de Huelva” del 21 de octubre de 1936:

<<Tengo algo interesante que comunicar y es que en el día de ayer he ordenado la detención de cuatro rateros de La Bajamar, que tienen como campo de operaciones  este centro industrial, con notorio perjuicio para los armadores e industrias pesqueras en general. Han sido multados y encarcelados y se ejercerá una estrecha vigilancia, para terminar con estos indeseables y cortando el mal de raíz, rogando a todos coadyuven a ello denunciándome, seguidamente, cualquier caso que conozcan y si pudiesen le “exigiría” que tal efectuase para acabar de una vez para siempre, con tales parásitos de la Sociedad. >>.

Ni todo fueron parabienes y traslados de cajas de pescados en la Bajamar. El 22 de julio de 1946 “Odiel” informaba de un fatal desenlace:

<<Ayer, a las cinco de la tarde, cuando se encontraba bañándose en el sitio conocido  por “Bajamar”, el niño de nueve años de edad, Juan Román González, pereció ahogado.

Varias personas que se hallaban cerca de aquel lugar, creyéndolo con vida, lo trasladaron a la Casa de Socorro, donde ingresó cadáver.

El Juzgado Militar de Marina se personó en dicho centro, e instruyó las diligencias de rigor>>.

Aunque todavía existo y aún se pueden observar los muretes que me limitaban, como antes decía, ya no hollan mi rincón los curtidos marineros y sólo espero que los magnánimos Junta de Obras del Puerto –Ahora denominada Autoridad Portuaria de Huelva_ y Excmo. Ayuntamiento erijan en mis cercanías una nueva “Fuente de las Naciones” y un monumento que proclame las cotidianas hazañas de aquellos  viejos lobos de mar. Amén”.







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