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Los Bajos

Antes de que en Punta Umbría hubiera espigón, cuando la marea bajaba se formaba en esa zona una extensión de arena mojada llena de charcos, estrellas, caracolas y conchas, por la que se podía seguir caminando, cruzando un hermoso desierto mojado o bordeando playas de aguas cristalinas.

Los Bajos.

Félix Morales Prado. Si miramos en el diccionario la voz ‘bajío’, encontraremos: bajío, a De bajo. 1. adj. Dicho de un terreno o lugar: Bajo y que tiende, por su situación, a anegarse o empantanarse. U. m. c. s. m. 2. m. bajo (? elevación del fondo en los mares, ríos y lagos).

Caminando por Punta Umbría hacia su punta, la Punta de la Canaleta, llegaba un punto, cuando aún no había espigón, en el que el mar te cerraba el paso. Pero esto no era siempre así. Sólo si la marea estaba alta. Si estaba baja, surgía del agua una extensión de arena mojada, llena de charcos, estrellas, caracolas, conchas, hipocampos… por la que se podía seguir caminando largo trecho, cruzando un hermoso desierto mojado o bordeando playas de aguas cristalinas…

Eran Los Bajos, que el espigón hizo desaparecer, un espigón cuyas supuestas ventajas siguen sometidas a debate desde que lo construyeron.




En los Bajos se cogían coquinas, removiendo con los pies descalzos la arena acariciada por un resto de olas, o chirlas que asomaban por una ranura en la tierra y solíamos abrir y comernos crudas; en sus orillas se echaba la lavá, esa red oblonga en la que se pescaba una mezcla de todo: mojarras, percas, pargos, pulpitos, chocos… y de la que se tiraba por ambos extremos, con lo que adquiría esa apariencia alabeada que tan bien le iba a su nombre…

Así los describo en mi libro ‘Desde la casa’: “El verano incipiente era en los bajos un desierto mojado, una planicie de suelo ondulante y sembrado de charcos cristalinos, de joyeros, de nácares, de arcas, escupiñas, husos, mitras, trompos o peonzas (magas, grises, dentadas), pajaritas, carneiros, luceros, peinecillos, corniños, una estrella de mar de vez en cuando, una ofiura, nuececillas, volandeiras, improbables porcelanas, buccinos (que contienen un sonido de olas), hidrobias, dientes de elefante, pies de burro, algún navallón, corazones de buey, abundantes como las torrecillas pero también valoradas escalarias, grandes e infrecuentes toneles que adornan las mesas, chirlas, zamburiñas, tallerinas, yelmos erizados, escatológicos caracoles vermiformes, marolos, navajas, almejas de perro, busanos…

Cruzar ese extenso cúmulo de lo igual y distinto hacia la rompiente, donde un cordón de espuma blanca besaba iterativo, de este a oeste, el límite que cambiaba casi imperceptiblemente a cada ráfaga; avanzar sin apenas sentirlo sobre el dolor de las conchas filosas, era un resonar mudo de tiempo quieto en los sentidos, una inmersión en la ausencia hermosa, en la esencia desnuda de lo bello. No había nadie”.

No había nadie, sólo presencias fantasmales, por lo distantes, por lo diseminadas. Sólo los pescadores de caña, tan solitarios siempre, tan aficionados a la soledad. Sólo los amantes bajo sombrillas procurando el fin del mundo. Solo siluetas, sombras chinescas, de mariscadores de orilla. Sólo poetas buscando metáforas de agua transparente.

Los Bajos, pues, podían ser una piel suave y amable de animal submarino. Pero también podían convertirse en una trampa mortal. Adentrarse en ellos era, aunque no se crea, una cuestión para iniciados. Hacerlo sin unos conocimientos y precauciones mínimos podía tener consecuencias fatales. En varias ocasiones, bañistas imprudentes o desconocedores del terreno, distraídos, ignoraron u olvidaron dónde se encontraban y, atrapados en una isla que se hundía, separados de tierra firme por furiosos brazos de agua, “sorprendidos por la pleamar a un kilómetro de la costa”, se ahogaban todos en el choque violento de las corrientes del mar y de la ría” (vid. Maldevo), lo cual era trágico pero no haría menos hermosos los bajíos, en los que se barajaban lo siniestro y lo festivo, en los que había una mezcla de sombra y de luz, de vida y de muerte.

Bello peligro era, en fin, adentrarse en noches de luna nueva por esa tierra arrebatada al océano, caminar hacia el sur sin saber la hora ni cuándo la marea llena volvería a reclamar lo suyo.







2 Responses to "Los Bajos"

  1. Emilio   1 octubre 2019 at 5:40 pm

    Excelente texto. Espero que sigas recordándonos aquellas cosas perdidas en el tiempo, que tantas emociones nos traen. ¿No es eso oficio de poetas?

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  2. R   7 octubre 2019 at 8:55 pm

    Preciosa Canaleta y lindos recuerdos Félix.Gracias por traerlos a la memoria.

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