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Cinemar San Fernando

Memorias de tiempos atrás en los que este cine exponía cada verano sus carteleras, mientras en el pueblo podían escucharse las canciones más populares del momento.

El Cinemar San Fernando puede recordar, en estética y final, al Cinema Paradiso.

Félix Morales Prado. Al aproximarse el mes de junio, mi amigo y yo íbamos a la entrada del cine San Fernando para ver si habían puesto las carteleras. Las ponían entre la taquilla y la puerta y también colgaban en una sala interior los affiches de todas las que se suponía que iban a proyectar en ese verano. “Esta yo no me la pierdo”. “Ni yo esta”. Nos frotábamos las manos imaginando, basándonos en los fotogramas, cómo sería esta, ‘Los Titanes’, o esta otra, ‘Los vikingos’. O ‘Los siete magníficos’ o ‘El Capitán Blood’ o ‘El Príncipe Valiente’.

Por las noches, las ráfagas de música viajaban con la brisa desde el cine recorriendo todos los espacios del pueblo: “Volaaareee, oh, oh”, “Cantareeeee, oh, oh, oh, oh”. Y el eco replicaba: “Cantareeeee, oh, oh”. Eventualmente, mi hermano o algún amigo, me despertaban. “Venga, vístete que nos vamos al cine”. “¿Al cine? ¿A esta hora?”. “Sí. Vamos a la segunda, al San Fernando”. Ir a la segunda, a las once, al San Fernando, era todo un acontecimiento, algo extraño, normalmente imprevisto, reservado para noches especiales… Y para los adultos. Se iba a la segunda a ver una peli que no se tenía pensado ver o que ya iban a quitar o que se tenía pensado ver en otra ocasión, a ver ‘Drácula’, de Christopher Lee o ‘¡Qué verde era mi valle!’.

El convencimiento de haber estado allí en la ‘I Semana Cinematográfica de Punta Umbría’ (tenía yo entonces dos años) no sé si será un recuerdo real o un falso recuerdo. En todo caso, en mi memoria me veo de la mano de mi padre, en la puerta, saludando a Cantiflas. Aunque creo que Cantinflas no estuvo.




En el Cinemar San Fernando me inicié en los juegos prohibidos. Ahí aprendí a ligar, a hacer manitas y a besar a una chica. Ahí aprendí también a fumar mis primeras caladas, que me hacían toser mientras veíamos al Agente 007 enfrentarse a Goldfinger o a David Niven y Cantinflas darle la vuelta al mundo mientras salvaban a guapas viudas hindúes de morir en la hoguera o a Audrey Hepburn huyendo de un potencial asesino en la oscuridad de su ceguera o a la joven Miranda tratando de escapar de un Terence Stamp coleccionista de mariposas y psicópata…

A la salida del cine, o también al mediodía, se podía tomar en el bar que había a la entrada, un tubito o una caña de la mejor cerveza Cruzcampo que he probado hasta la fecha. Dicen los que saben que la Cruzcampo la hacían entonces con otra agua y que de ahí su mayor calidad. No sabemos si será verdad. El parar o no en el puesto de los cocos a comprar unos pistachos o en el kiosco de la Española a tomarse una granizada de limón o un helado, ya era cuestión de gustos. Y de las posibilidades monetarias.




Ahí podía acabar el periplo, con la vuelta de cada uno a su casa, o continuar camino de la playa adelante, a seguir celebrando la noche bajo los toldos o bailando en Calipso para regresar, después de rodear la ría, pasando por las panaderías a comprar pan caliente en los primeros días de septiembre.

El Cinemar San Fernando era, entonces, un acontecimiento que inauguraba el verano y podía llegar a alcanzar el otoño con sesiones que transcurrían, sueter mediante, entre frío y calabobos, acabando la temporada con ese clima decadente, igual que la película “El nadador” con Burt Lancaster atravesando las últimas piscinas en medio de una lluvia crepuscular o el emocionante cierre, entre besos cortados, del ‘Cinema Paradiso’, al que recordaba tanto en su estética como en su destino el Cinemar San Fernando, al compás de las notas de Ennio Morricone.







One Response to "Cinemar San Fernando"

  1. Emilio   22 septiembre 2019 at 5:23 pm

    El Cinemar San Fernando, con su descomunal eucalipto. Lo conservo en la memoria como el lugar más colorido y más real de aquella Punta Umbría malograda por el afán de algunos avariciosos sin imaginación. Cuando ya no existan los recuerdos, el Cinemar San Fernando seguirá iluminando aquella nada con sugerentes carteleras y bombillas de todos los colores. Si hay un cielo para los cines, seguro que ocupa allí un lugar de honor.

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