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La misa en El Cerrito

En Punta Umbría hace varias décadas, había un cura, largo y huesudo como el clérigo cerbatana de Quevedo, que se llamaba Don Lorenzo. Tras su marcha, llegó un cura mexicano, Don Sebastián, que trajo con él muchas excentricidades, como el árbol de navidad y las misas dominicales en El Cerrito para huir del calor.

Misa en El Cerrito.

Félix Morales Prado. Siendo yo muy pequeño, con esa edad de la que se guardan los primeros y más lejanos recuerdos, había en el pueblo un cura, largo y huesudo como el clérigo cerbatana de Quevedo, que se llamaba Don Lorenzo. De él, a pesar de que, a decir de todos, a mis dos años manteníamos largas y animadas conversaciones, no guardo mucha memoria. Sí, a los dos años yo hablaba tan correctamente que unos seminaristas que pasaban una vez frente a donde mi larguísimo amigo y yo platicábamos, que diría el mexicano al que menciono después, paseando ambos frente a la iglesia con las manos cruzadas en la espalda, vista mi estatura tan dispareja con mi locuacidad, o mi verbosidad tan impropia de mi corta estatura si indicadora de edad, me confundieron con un enano.

Cuando Don Lorenzo se fue algunos años más tarde, vino un cura mexicano, Don Sebastián, que trajo con él muchas excentricidades y mucha moralina extremosa. Llegaba a regañar, incluso a expulsar de la iglesia, a las niñas por entrar a misa con mangas cortas.

Una de las cosas raras que introdujo fue el árbol de navidad. Hasta entonces, en Punta Umbría, como en todos los sitios normales, en navidades se montaba un Nacimiento, un Belén. Pues desde que llegó Don Sebastián (Peniche Monforte), en esas fechas se colocaban a ambos lados de la puerta del templo sendos pinos pequeños, previamente cortados de alguno de los bosquecillos cercanos, adornados con bombillas azules, amarillas y rojas. No sé si habrá reparado, supongo que no, en lo cercanos que estaban estos colores de los de la bandera republicana. Lo que, en su caso, no podía ser de ninguna de las maneras intencionado.




Otra costumbre, esta suya personal, acabó por afectarnos a nosotros, a mí y a mi familia, que vivíamos al lado de la casa parroquial. Resulta que este hombre parecía tener la necesidad de hablar regularmente con su parentela. Como ellos vivían al otro lado del Océano y una conferencia hasta allí debía de costar un riñón, Don Sebastián se hizo radioaficionado y montó una emisora, con una enorme y aparatosa antena encima de la parroquia. En principio, aquello no nos perjudicó. Porque todavía no había televisión. Pero, en cuanto tuvimos tele a principios de los sesenta, la señal radiofónica del cura era captada por nuestro receptor, interrumpiendo la película de Perry Mason en lo más interesante. Un ruido infernal mezclado con la voz del mexicano ilustrada con rayas horizontales invadían el televisor: “Yucatán, Yucatán, ¿me oyes, Yucatán…?”.

Entre estas y otras extravagancias transcurría la labor pastoral de tan singular personaje. Pero de todas ellas quizá la más llamativa fue la institución de las misas dominicales vespertinas en El Cerrito. Ya fuese porque la creciente afluencia de veraneantes impedía que todos cupieran en la iglesia o para hacer más agradable a los fieles en los calurosos domingos veraniegos la asistencia a misa y así conservar clientela, la de la hora de vísperas del domingo se celebraba al aire libre, en una explanada de arena conocida como El Cerrito por la que la gente se desperdigaba, sentados por el suelo en grupos de amigos o familias, de manera caprichosa, dedicándose la mayoría a las actividades más diversas, jugar a las prendas, a las cartas, contar chistes, incluso echar algún pitillo, excepto a prestar atención al cura. Era, por supuesto, la misa con más éxito del día.




Las matinales, que se celebraban en el interior del templo, quedaban reservadas en la práctica para las cuatro beatas del pueblo y los católicos “de bien”, escandalizados por la falta de seriedad de la misa de la tarde. Debido al rigorismo que lo caracterizaba, lo lógico hubiera sido que el Padre Sebastián cancelase esta ceremonia a la intemperie. Pero no. Siguió con ella todo el tiempo que estuvo en el pueblo. ¿Contradictorio? Un amigo mío que se hizo muy amigo suyo me contó que una vez que estaban discutiendo sobre asuntos del dogma, el cura le dijo:

-¿Pero tú te crees esas cosas que yo digo en la iglesia? No, hombre. Eso lo digo porque es lo que hay que decirle a la gente. Pero todo es mentira.







3 Responses to "La misa en El Cerrito"

  1. Emilio   10 septiembre 2019 at 2:19 pm

    Esas misas en el Murito las recuerda mucha gente. En realidad eran un acontecimiento bastante inusual. Cuando dejé de ir a misa, muy a menudo solía contemplar desde cierta distancia a la gente que estaba en aquella misa. Me gustaba. Había mucho relax en la cosa.

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  2. Bienvenido   12 septiembre 2019 at 2:05 am

    Esas misas que se inventó el cura mejicano que recuerdo de pequeño con sotana blanca al estilo de ultramar han perdurado en el tiempo hasta hoy los domingos a las 9 de la tarde

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  3. Rosa Morales Prado   23 septiembre 2019 at 3:33 pm

    Félix,que recuerdos mas lindos me traes a mi memoria.Aun recuerdo,estar sentada en la arena,mientras veía a don Sebastianodecir la misa…pero yo,miraba siempre al montículo de arena que había cerca del tenis.Difícil,volver a vivir cosas parecidas;describes nuestra Punta Umbría con la magia que la caracterizaba y …me has llegado al corazón.Gracias

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