Mercedes

Un fuerte olor a esmalte de uñas, provoca el pánico en un vecino de la urbanización de Villa Conchita

Tras alertar a los servicios de emergencia, estos pudieron corroborar que se trataba de una discusión familiar y una chica que estaba pintándose las uñas de rojo, todo acrecentado por el calor de la primera ola veraniega.

cuadros en el salón.

José Manuel Alfaro / Sección especial ‘Cuaderno de Muleman’. El pasado viernes un vecino de Villa Conchita, alertó a los servicios de emergencia tras detectar un fuerte olor a pintura dentro de su apartamento. El suceso ocurrió alrededor de las cuatro de la tarde, cuando este vecino se encontraba en el baño desnudo extendiéndose las cremas solares antes de desplazarse a Punta Umbría, donde había quedado para pasar la tarde con unos amigos en la playa de la Bota. A las 16.33 los servicios de emergencia llegaron al apartamento y pudieron comprobar que no se trataba de ningún escape de gas y que este olor a acetato de butilo, acetato de etilo, alcanfor y tolueno procedía de la chabola, que se podía ver desde la ventana de su salón.

Hombre echándose protección solar.

A las 16.49, cuando el hombre se encontraba preparado para salir vestido de turista caribeño, con la bolsa de la playa con dos tortillas dentro, una nevera con seis cervezas y una cartera con cincuenta euros, los servicios de emergencia abandonaron el lugar después de comprobar que tampoco se trataba de ningún escape peligroso, procedente de alguna de las industrias limpias e inocuas del cinturón químico verde que abraza cariñosamente la ciudad. A continuación, el colaborador del servicio de emergencias se desplazó del ático visitado hasta la posible fuente, una chabola en el Cabezo de la Joya en cuyo salón comedor y estaba a 36º C y en el que encontraron al borde de una intoxicación química, a cinco individuos delirando mientras uno de ellos se limpiaba las uñas con quitaesmaltes para posteriormente pintárselas de rojo.

Gracias a la rápida intervención de los servicios de emergencia, que abrieron las ventanas en aquel lugar confinado en el que se había acumulado una gran bolsa de gas inflamable debido a las altas temperaturas alcanzadas en la primera ola de calor del verano, evitaron lo que podía haber sido una de las tragedias del verano, más allá de tener que escuchar durante horas y en bucle un recopilatorio de las mejores canciones de Georgie Dann como ‘El Africano’, ‘El Chiringuito’, ‘El Koumbo’, ‘La paloma Blanca’ o la inolvidable ‘La Barbacoa’. Entrevistamos al agente de servicio:




Temperatura durante la actuación.

– Como jefe accidental de los servicios de emergencia ¿Qué encontró cuando llego a la fuente del fuerte olor?
– Para los que no están acostumbrados a este tipo de situaciones, encontrar a cinco personas moribundas tendidas en un salón comedor y cocina de 9 m2 sobre un sofá mientras una de ellas se limpia las uñas para después aplicarse esmalte rojo sangre, le podría llamar la atención. Pero para los que nos dedicamos a esto no nos sorprende entrar en un cobertizo y ver a un grupo de individuos drogados y sincerándose, diciéndose cosas que se deberían de haber dicho hace mucho tiempo. Tipos echándole en cara a su padre que él ha sido la razón de que estén allí hoy, mientras el otro contestaba que en ese momento no tenía otra opción y que si no hubiera tomado la decisión de echarlos de casa con treinta y seis años, no se hubieran realizado como personas ni hubieran podido cuidar y maleducar a sus hijos. Mientras, el otro hijo le replicaba poéticamente que para qué quiere tanto dinero si no eres capaz de retener el amor de nadie a tu lado. La única que permanecía callada y expectante era la mujer embarazada que yacía dormida y abrazada a unos de los hombres, al que de vez en cuando le susurraba al oído algo así como “tu padre no volverá a separarnos, tendremos nuestro hijo aquí y dile que nunca pisaré una clínica privada para dar a luz porque cuando llegue el momento ya llamaremos a los servicios públicos de emergencia para que el heredero nazca en este lugar que ya nos pertenece”. La verdad es que yo no entendía nada de lo que estaban diciendo, aunque todo parecía tratarse de asuntos familiares que no dejaban de airear a la chica de la esquina que seguía limándose y esmaltándose cada uno de las uñas de sus manos, mientras le decía al hombre mayor: “Viejo, usted lo que tiene que hacer es marchare de aquí y llevarse las bolsas del dudoso dinero que tiene en el congelador para su casa, ese con el que quiere comprar esta tierra de la que nadie nos va a echar. Ya no necesitamos su sucio dinero porque cuando encontremos el boleto premiado del Euromillón que hemos perdido en este maldito cabezo, todo cambiara. Así que no se preocupe usted y váyase por donde ha entrado, porque cuando lo encontremos tendremos dinero suficiente para comprar este y todos los cabezos de esta ciudad. ¿Se entera vejestorio?”, le terminó espetando a la cara.

Salón, cocina y comedor.

– ¿Cuáles fueron las primeras medidas que tomaron?
– En estos casos lo primero que hacemos siempre es airear la zona y medir la calidad del aire en tiempo real y hasta que llegue a niveles normales y respirables, no nos movemos de la zona. Pero hasta que no terminaron de hablar y la señora de las uñas pintadas no cerró los botes de quitaesmalte y laca, el aire en aquel lugar no dejó de ser irrespirable. Las cosas no parecían pintar muy bien, aquello era una familia partida en dos. Por un lado, el patriarca que parecía querer recuperar el tiempo perdido y, por otro, los hijos con el síndrome del niño abandonado. Por mucho que el señor mayor les explicara a aquellos dos hombres que todo su imperio iba a ser para ellos cuando él muriera, a ellos lo que les importaba era disfrutar de la vida en ese cabezo milenario, tomarse su tapa de ensaladilla de gambas al atardecer con su cerveza fría sentados en su terraza a base de palés de mercancía de Mercadona y toldos abandonados en las casetas de las fiestas colombinas. Para ellos la vida era eso, contemplar la fisionomía del cabezo a la caída de un sol que va engullendo a esta ciudad, hasta hacerla nocturna. En misiones como estas, en días en el que el calor apabulla tus sentidos, el sudor te amortaja y el cuerpo se descompone, te das cuenta de lo frágil que somos como humanos.

Uno de los equipos empleados.

– ¿Crees que podrían haber muerto los ocupantes de la chabola?
– Si hubiéramos tardado unos minutos más lo hubieran hecho allí mismo, no habría dado tiempo ni a llevarlos a la acera. La temperatura y los productos con disolventes son el escenario perfecto para que se produzcan explosiones e intoxicaciones, sobre todo en lugares donde la gente vive hacinada. Aquello parecía más un laboratorio químico que una chabola, sobre todo para la fabricación casera de anfetaminas y MDMA. Después de abrir la ventana, uno de los inquilinos me comentó que no me preocupara de nada porque él además de dedicarse a la poesía, que era de lo que vivía, era licenciado en química orgánica. Él mismo nos indicó que sus vidas no corrían peligro y que simplemente estaban disfrutando de una siesta química antes de seguir con sus quehaceres literarios. Yo siempre he escuchado que los poetas algunas veces para buscar la inspiración toman sustancias no demasiado recomendables, pero de ahí a montarse su propio chiringuito de la inspiración… A pesar del revuelo todo quedó en una discusión familiar y una alarma injustificada de un vecino de Villa Conchita, que según pude comprobar después trabaja en el laboratorio de una fábrica del polo químico y es quien surte de algunos compuestos a estos individuos amantes de la poesía y la química callejera y alucinógena.





Deje un comentario

Su dirección de correo no será publicada.