Mercedes

El Persia, un personaje muy onubense

Juan Carlos León Brázquez nos acerca la figura de un hombre incansable, alguien que vivió contiendas como la Guerra Civil o la Segunda Guerra Mundial y al que, aun así, le quedaron ganas de escribir, pintar y recorrer cientos de kilómetros para visitar su adorada tierra, la Cuenca Minera.

El Persia exponiendo sus cuadros en Robles (Nerva) en 2012. / Foto: J.A. Hipolito.

Juan Carlos León Brázquez. Fue quien fue, un personaje de esos que hacen pueblo. De esos irrepetibles que sin ser político, periodista o artista (¿o sí?) dejan su impronta durante años; de los que todo el mundo pregunta por él, hablan de él, a pesar de que hace tiempo que se fue del pueblo, pero al que volvía una y otra vez. Cuando rozaba ya los 90 seguía insistiendo en hacerse un trayecto de 450 kilómetros conduciendo su utilitario para estar en su pueblo, cuando en realidad no había nacido ‘en su pueblo’. Pero él era de aquí y de allí, de la mina y la sierra, y de su ‘Madroño’, el pueblecito sevillano en cuyo término nació y de ahí derivaban sus primeros recuerdos.

Eugenio León con 15 años (1939) en la Playa de Punta Umbría (a la derecha con una cruz).

De cuando lo sacaban de la escuela para con una piocha y un saquito para plantar piñones en cerros mineros donde los árboles brillaban por su ausencia y hoy cobijan una hermosa frondosidad de tupidos pinares cambiando paisajes mineros. Nadie diría que hace cien años aquí en el entorno de la mina no había ni un solo árbol. Y recordaba cuando campo a través caminaba hasta la Estación de Los Frailes, donde la Ríotinto Company Limited había establecido una Escuela rural para los hijos de los empleados del entorno. Su padre pertenecía al departamento de Tierra y Ganados y era el capataz de algunas fincas de La Compañía.

El Persia y su hijo periodista el pasado año.

Pues fue allí, siendo niño donde ya le nació su espíritu emprendedor. Cogía su bicicleta y se iba a vender pescado por las aldeas. Las mismas aldeas que ya mayor visitaba una y otra y vez. Y recordaba los horrores de la guerra, poniendo nombre y apellidos a asesinados y verdugos. Algo dejó escrito -no todo- cuando en el 75 aniversario de aquella guerra (2011) el Ayuntamiento de Nerva le publicó las memorias de aquellos días. Aparecía en una foto, hasta entonces no datada, que cuando la vio quiso que el Museo de la Fundación Rio Tinto la quitase de las paredes, por ser el primer desfile franquista en Nerva y donde aparecía él. No quería recordar aquellas tristes historias, pero la foto en sí era historia y él, un niño de 12 años, con una memoria extraordinaria no tenía nada que ver con la barbarie de aquellos días, pero si con el testimonio de ser testigo de esa barbarie. Hablaba de a quienes fusilaban y de cómo les echaban cal viva en el cementerio de Nerva. Y hablaba de El Madroño, de los muertos jóvenes e inocentes que se llevó por delante la represión en aquella guerra.




Un hombre incansable.

No pudo entrar en La Compañía, a lo que aspiraba, como todo el mundo en la zona, y de la escuela, con letras y números básicos, decidió emprender la aventura alemana, sin sopesar que aquel país estaba en plena II Guerra Mundial. Aprender alemán rápidamente lo salvó de más de un apuro. Las fábricas eran bombardeadas y desaparecían y él, en vez de huir al refugio cuando sonaban las sirenas, se lanzaba a la cocina para comer, con el peligro de que si no lo mataban las bombas podían fusilarlo por robar. Contaba que en una ocasión lo que estaba en la candela eran unos boniatos y que de tan calientes como estaban los tiró al agua del retrete para que se enfriaran y aun sin enfriarse del todo los tuvo que devorar para que no lo pillasen en tan peligrosa faena. Años de hambre y necesidad. Una de las muchísimas anécdotas que reunió de todos los años que permaneció en Alemania.

Eugenio León (en el centro) junto a sus amigos nervenses José Corral y Martin Real. Alemania, 1943.

De hecho, regresó en mitad de la guerra a Nerva y los ingleses no admitían a nadie que hubiera trabajado para los alemanes, así que no tuvo más remedio que volver y en el retorno al belicoso país comentó a un amigo que la sensación en España en aquellos momentos era que los Nazis iban a perder la guerra. Tal comentario le costó un juicio por traición que lo pudo llevar al paredón, pero él, tan ágil mentalmente, como siempre, le espetó en alemán al juez “si creyera que iban a perder la guerra nunca hubiera vuelto”. Aquello lo salvó, pero no impidió que le confiscaran el pasaporte y la tarjeta de residencia y lo condenaran a trabajos gratis para el III Reich, repartiendo leche por la fábrica ¡en un coche eléctrico! en donde se decía ensayaban la bomba atómica y elaboraban el gas Ziclon B.




Libro con las vivencias de Eugenio León durante la guerra civil española.

Al no ganar dinero por la condena, su obsesión para enviárselo a su madre viuda y sus hermanos que vivían en Nerva, decidió poner fin a la aventura germana y sin papeles ni dinero huyó de Alemania, consiguiendo llegar a París. Allí se enteró del desembarco de Normandía y le notificaron que las comunicaciones con la frontera española estaban suspendidas por los intensos bombardeos de las vías. Y sin embargo, de polizón en trenes militares consiguió llegar a la frontera sin ser detectado y se las ideó para que ni la Gendarmería ni la Gestapo en un lado, ni la Guardia Civil del otro lo detuvieran. Eso ocurrió ya en Miranda de Ebro, cuando un revisor lo vio subiéndose al techo del vagón, como en las películas del Oeste. Pero de ser un detenido pasó a ser una especie de héroe. Los pasajeros le daban vino y bocadillos para que les contase la aventura que había vivido. Y así, de gratis total, llegó hasta Nerva.

Un cuadro de El Persia de 2004.

Pero la postguerra española estaba siendo tremenda, con un país destruido y sin recursos. Vuelta a emigrar, esta vez a Cataluña. Ayudaba de madrugada a un pescador en Blanes, hasta que entró en la conocida Safa (Sociedad Anónima de Fibras Artificiales) también en Blanes; vendió melones en esos puestos callejeros que se montaban en Tarrasa y volvió a trabajar en fábricas de hilados (Seda de Barcelona) y atendía a alemanes y holandeses que llegaban a la ciudad. Su don de gente hizo que se le reconociera en algunos de sus trabajos y cuando regresaba al pueblo hecho un dandy, tanto que parecía un actor de cine, la gente le preguntaba y fueron varias familias las que desde Nerva ilusionadas decidieron emigrar también. Aún su hermana Flora, que ronda los cien años, sigue viviendo en Blanes. Fue otra etapa hasta que se echó novia y regresó. Al casarse en 1950 adoptó el mote de su suegro El Persia, quien lo adquirió cuando en 1927 llegó a Nerva vendiendo dátiles y pregonándolos como “¡dátiles de Persia, dátiles de Persia!”.

Una de las postales que enviaba a sus amigos por Navidad.

Ya en Aracena y Nerva, con puestos en sendas Plazas de Abastos, la vida le giró hacia el negocio: castañas, frutas y hortalizas, chacinas, conservas, galletas y todo lo que en aquella época se estilaba, especialmente Jamones al corte. Y poco a poco se hizo con el suministro de chacinas de los almacenes de La Compañía en la provincia de Huelva y el suministro para los comedores de varias fábricas del Polo Industrial de Huelva. Y así durante más de 50 años, viviendo intensamente la vida desde Nerva. Vendió petróleo, cuando en las casas se usaba ese combustible, después introdujo el butano y en Río Tinto abrió el primer puesto de pescado congelado. Las fiestas de San Bartolo y las de Fin de año eran lo suyo. No solo es que no se perdiesen ni una, sino que se convertía -con su mujer- en protagonista de los bailes en la Sociedad nervense El Mercantil. Y de los pueblos, Aracena, La Dehesa, El Campillo o en las fiestas de San Roque en Minas de Río Tinto. No faltaban a ninguna, como los turroneros de feria en feria. Muchas anécdotas de esos años, tantos y tantas. Así, hasta que ya con los primeros achaques y la jubilación volvió a emigrar a Boadilla del Monte, en Madrid, para estar cerca de sus tres hijos y nietos. Pero nunca dejó de ir a Nerva y recorrer con los amigos los pueblos de los alrededores, saludando siempre a unos y otros. Preguntando, porque sabía de la vida y milagros de cada cual.

18 julio 1937. Desfile de flechas en Nerva, el del círculo es El Persia.

No era intachable. Él lo decía, porque tuvo que buscarse la vida durante muchas etapas de su vida. Larga, hasta los 95 cuando el tiempo se le paró. Dispuesto a ayudar su vida estaba llena de anécdotas. Recordaba riéndose cómo un día se encontró a un carbonero con el burro tirado en la cuneta que no podía levantarse. Entre los dos lo metieron en el coche furgoneta que tenía, con los sacos de picón y al llegar a Nerva le dieron cerveza. Aquel animal se levantó de un brinco en cuanto se repuso por la falta de `gasolina´.

En Alemania en casa de su amigo alemán Ernts K. Desapareció tras la guerra al quedar prisionero en un campo de concentración ruso. Tras localizarlo en los años 90, vino a España a un programa de TV y ambos se reconocieron hablando en alemán.

Otro día lo detuvieron porque llevaba a quince personas que iban a bañarse a El Zumajo (El Campillo) y con perspicacia e ingenio se libró de la multa porque enseñó distraídamente un viejo carnet relacionado con la Guardia Civil; otro día, en Corteconcepción, un municipal le preguntó que qué llevaba en el coche y él contestó “Jamones robados”, aquel hombre salió corriendo a buscar a la Guardia Civil, pero cuando regresaron ni el coche ni El Persia estaban ya en el pueblo; en navidad se preocupaba de que el Asilo de mujeres tuvieran sus polvorones y mantecados; y era capaz de si veía a alguien en la carretera y llevaba el coche cargado, llegar al destino descargarlo y volverse para recogerlo. Más de una vez lo hizo y su mujer, con puesto en la Plaza, recuerda que cuando lo cerraron rompieron la libreta de las deudas, porque el mejor elogio que recibieron era cuando alguien les decía “¡cuánta hambre nos has quitado en momentos difíciles!”. Y llegó a enfrentarse –años 50- hasta con los ricos de Aracena cuando se metió en el negocio de las castañas de la Sierra. Sabedor de que tiraban los precios a la baja y de que cada exportador se reservaba unas fincas cuando llegaba la temporada, quiso competir, para lo que visitó esas fincas y compró la producción del año siguiente, pagando por adelantado y a precio superior. Cuando llegó el momento de las castañas, los grandes hacendados se vieron que no tenían castañas y trataron de amenazarlo y boicotearlo, pero se mantuvo firme y al final claudicaron y tuvieron que pagar un precio más justo por aquellas castañas.

Cartel de la exposición en Nerva, julio de 2012.

Tiempos en los que El Persia era conocido y admirado por su carácter y espíritu emprendedor. Valiente, la vida le había enseñado a luchar y a no acobardarse. Su hijo mayor, periodista, pudo estudiar porque se presentó en Madrid en casa de un procurador en Cortes de la época franquista y le llevó un jamón, consiguiendo que una simple tarjeta de visita que le dio sirviera para que el hijo obtuviera una beca de estancia en un centro oficial. Bueno pues aquel jamón no era de él, se lo enviaban desde Huelva, pero olvidó decirle al Procurador quien se lo enviaba. “Yo he sido toda mi vida un lambuzo”, repetía, porque le gustaba estar en todos los fregados. Cuando los crímenes de Nerva por el Legía, salía en todas las televisiones y radios dando las últimas novedades. Y sin embargo, en la misma fecha apareció (solo como figurante, no crean más) junto al alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano, inaugurando el mercadillo de navidad de la Plaza Mayor. Aquello descolocó a la gente del pueblo, estar prácticamente en dos sitios a la vez, pero es que no tenía pereza para viajar. Lo dicho, un lambuzo lleno de historias e historietas. Contaba una amiga, hace unos días, que iba a coger el autobús para el pueblo y veía cómo se marchaba. Él al percatarse salió corriendo, se cruzó y se puso con los brazos abiertos delante de la camioneta, a costa de ser arrollado, pero logró que frenara a tiempo. Cuando visitaba Madrid, en los sesenta y setenta, se ponía un enorme cartel en el coche “Perdone, soy de pueblo”, los taxistas reían y le espetaban “ya se nota, ya se nota”. Cosas simples, pero que dicen mucho de cómo pasó por este mundo.

Bailando con su mujer en las fiestas de La Dehesa en 1969.

Ya jubilado, encontró en la pintura una pasión que mantuvo hasta pasado los 90 años. Sin tener ni idea de cómo combinar colores, pero una servilleta o un simple cartón, o soportes de radiografías que pedía en el Hospital, servían para dejar su impronta pictórica. Cada navidad no eran pocos los amigos que esperaban su tarjeta navideña, el `merry christmas´ más personalizado que cada uno pueda imaginar. Empezaba a dibujarlos muchos meses antes, porque decía que tenía muchos amigos y era la mejor manera de recordarlos. Llegaban sus felicitaciones navideñas no solo a sus pueblos de Huelva, sino a Estados Unidos, Francia, Alemania, Suiza, porque en todos sitios dejó amigos. Era El Persia, un personaje muy peculiar que amaba profundamente su tierra. Hasta los 90 años condujo su coche, en viajes de Madrid a Nerva, de Nerva a Madrid. Y desde la mina recorría la Sierra y las aldeas y pueblos de la Cuenca. Se paraba y hablaba con todo el mundo; con el más alto y con el más bajo, si es que hay alguien bajo. Todo el mundo lo conocía y lo saludaba y él conocía y saludaba a todo el mundo.

En los años 40 en Barcelona, con amigos onubenses emigrados.

Los últimos años no han sido buenos, porque todas estas anécdotas las contaba antes de que perdiera la memoria, la que tanto hizo por recuperar una parte de la historia de sus pueblos. Lo bueno y lo malo. El Persia, un personaje muy nuestro que nos dijo adiós hace unos días con 95 años. Lo dicho, un hombre que hacía pueblo. Ustedes disculpen, no les dije que se llamaba Eugenio León Romero y era mi padre.





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