El cuaderno de Muleman

Un escritor se atrinchera en una conocida librería del centro de Huelva

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Un momento del suceso.
Un momento del suceso.

José Manuel Alfaro. El pasado viernes, un escritor y amigo de Muleman, provocó momentos de pánico en el centro de Huelva, cuando se atrinchero en una conocida librería de la Calle Concepción. Un suceso que durante más de cuatro horas mantuvo en tensión a los libreros, clientes, habitantes de las calles aledañas y a las decenas de curiosos que se acercaron hasta la librería. A la que se desplazaron rápidamente dos agentes de paisano, que se encontraban desayunando en una churrería cercana, para llevar a cabo unas labores de negociación, que, gracias a su inteligencia, coraje y sangre fría,consiguieron que la paz y el orden volvieran a restablecerse, otra vez en el centro de Huelva.  Una experiencia extrema, que nos cuenta en primera persona una de las libreras protagonistas del suceso, que ya se conoce en Huelva como “La librera de la calle Concepción” y que un conocido director de cine de Huelva llevará muy pronto a las principales salas de la provincia.

Interior de la librería.

-Hola Gema, cuéntanos, ¿cómo sucedió todo?   
-Muy  rápido, casi sin darnos cuenta. Mi compañera y yo, habíamos abierto como cada día, a las diez y un minuto de la mañana, encendimos las luces, el ordenador, fuimos al almacén a dejar nuestros bolsos y abrigos. Y empezamos la mañana como si fuera un día normal, con ese olorcillo que hay siempre en el ambiente de Huelva a polución, sacando libros de las cajas, ordenando las estanterías, reclamando los pedidos pendientes y preparando los envíos del día, para que el pipón del mensajero se los llevara antes de cerrar a las dos. Pero a las 10:10, nos encontrábamos mi compañera y yo decidiendo, si poner un libro de canto o de frente, cuando un individuo con gabardina, entró silenciosamente dando los buenos días muy flojito, mientras se dirigía hacia dentro de la librería, cuando antes de que nos diéramos cuenta ya estaba inmóvil en la sección de poesía. Nadie en su sano juicio se para en esa sección más de cinco segundos, pero aquel individuo, de aspecto raro no era el típico lector que entra en una librería, se da dos vueltas y después se encarama en la sección de novedades, se sienta en uno de nuestros sillones y se tira una hora leyendo, hasta que se levanta, deja el libro en la estantería y te dice hasta mañana. Este individuo era diferente, se había ido directamente a la estantería donde estaban todos los libros de los poetas de Huelva y antes de que nos diéramos cuenta lo teníamos amarrado a la estantería. En ese momento las dos nos pusimos nerviosas y pulsamos el botón del pánico en el teléfono, que cuando descolgaron dije –Cariño hay un hombre encadenado a la sección de poesía de la librería – al mismo tiempo que entraba una señora mayor a hojear libros, a la que se le cayó el último libro de Julia Navarro “Tu no matarás”, en el juanete y comenzó a gritar.

Zona CERO del suceso.

Las dos comenzamos a gritar, estábamos al borde de un ataque de nervios, lo que hizo que, en menos de un minuto, todo el mundo que pasaba por la calle Concepción en ese momento,entrara en la librería y una docena de personas quedarán secuestras, victimas del pánico provocado por los chillidos de dolor de la señora. Solo hasta que llegaron dos agentes de policía con una bolsa de churros en la mano y un chocolate en la otra y llamaron al 112, para que mandaran inmediatamente al traumatólogo de urgencia del hospital Juan Ramón Jiménez, no empezamos a hiperventilar. Aunque el pánico volvió a instalarse allí otra vez, cuando el hombre con gabardina atado a la estantería saco un libro apuntando al techo y pregunto -¿os puedo leer algunos poemas?  Todos nos quedamos blancos, aquella señora, a punto de desmayarse del dolor y el hombre allí, amarrado con un trozo de lana a la estantería, buscando poemas para leer a capela.



Los negociadores de paisano.

-¿Qué hicisteis durante el tiempo que duró el atrincheramiento?
-Antes de que nos diéramos cuenta ya teníamos allí un equipo de urgencias de traumatología del Juan Ramón Jiménez, preparado para operar in situ el juanete dislocado de aquella señora, mientras aquel escritor no dejaba de recitar poemas. La situación era insostenible, aquellos poemas románticos estaban minando el ánimo de todos nosotros, la mujer no paraba de chillar repitiendo los versos sumida en un estado de delirio y drogada por los analgésicos intravenosos que habían tenido que suministrar para operarla allí mismo. El médico cogió el bisturí, perola mano le temblaba, y es que aquellos versos nostálgicos del escritor no le dejaban concentrase y tuvo que pedir a la policía que actuara o aquello iba a durar más que una operación de cadera. Fue en ese momento cuando la policía se acerco sigilosamente al individuo y le pidió que parara de recitar poemas. Algo a lo que se negó aquel peligroso individuo que no dejaba de buscar más textos mientras seguía amarrado a la estantería. Uno de los policías comenzó a ponerse nervioso con uno de los poemas que hablaban de la muerte de su madre y saco una porra extensible y se la puso delante para que dejara de leer un momento, pero aquel individuo era un escritor listo y se sabía los poemas de memoria. En un momento determinado, la policía empezó a tener miedo de que la situación fuera a mas, porque parecía tener más libros escondidos debajo de la gabardina. Fue en ese instante, cuando uno de los agentes empezó a negociar con él y le pregunto qué podía hacer para que dejara de recitar mas poemas, a lo que él contesto que había venido a hablar de su libro y que no se iría de allí, hasta que la gente le escuchara recitar, al menos, el último poema de su libro, que hablaba de la muerte de su perra Laika, que murió hace unos meses. El agente como buen negociador le dijo que sí, que leyera el poema dedicado a su perra, fue en ese momento cuando el hombre empezó a leer su “Oda a la perra muerta”, y en la primera línea se derrumbó allí mismo de la emoción, cayó y se golpeo la cabeza, haciéndose una brecha de seis puntos, que tuvo que atender el propio traumatólogo una vez colocado el juanete de la señora en su sitio.

Preparando la operación.

-¿Cuál fue el desenlace que mantuvo conmocionado al barrio durante cuatro horas?
-Al final todo quedó en un susto, porque no sé, porque extraña razón mientras aquel hombre no dejaba de sangrarle la herida y recitaba la “Oda a su perra”, el silencio se apoderó de la librería, la mujer se quedo dormida y la gente comenzó a sentarse, los agentes de policía guardaron las porras, el médico recuperó el pulso, suturando con maestría aquella cicatriz, de un escritor que no dejaba de recordarnos a todos los que estábamos allí, lo bonito que es tener una perra que te quiera, que te acompañe en los momentos de soledad, que te haga salir al parque los días fríos de invierno. Aquel hombre nos recordó esa mañana que la poesía puede curarlo todo, la soledad, la desesperación, la nostalgia. Todos nos fuimos contentos de allí, incluso nosotras que vendimos un libro de él, a la señora del juanete, que recuperó la consciencia en las últimas líneas del poema que decían “aún puebla mis oídos, ese recuerdo, de cuando mi mujer y yo, llegábamos de noche a casa, y la perra, lamía sus malformados juanetes, antes de hacer el amor en el sofá del salón, al calor de sus aullidos”

Hombre con gabardina.

-¿Cómo han sido de cuantiosos los daños materiales y humanos?
-Los daños materiales no han sido demasiado cuantiosos, gracias a la intervención de la policía, algunos libros se cayeron al suelo y se le han doblado las puntas. Algo normal por otro lado, porque cuando entra mucha gente en la librería, siempre ocurren estas cosas, sobre todo en las zonas más estrechas. Algunas hojas dobladas, porque algunos de las personas que estaban allí se entretuvieron señalando algunas páginas, hojas manchadas con saliva y algunos libros que se abrieron demasiado. Pero no ha sido nada, para lo que podía haber sucedido, estos libros se devolverán a la editorial, le contaremos lo que ha pasado y nos enviarán libros nuevos otra vez sin cargo alguno. Sobre los daños humanos, la herida más grave, la señora del traumatismo en el juanete del dedo gordo del pie derecho, que se recupera ya de la operación en el Hospital. Y por lo demás todo ha quedado en algún que otro ataque de ansiedad que provocaron algunas marcas de autolesión como arañazos en las mejillas. Uno de los clientes estuvo a punto de tener una hemorragia al morderse un padrastro, un asmático que casi la lía cuando comenzó a toser y asfixiarse, por culpa de la carga de polen del plátano de sombra que estaba en ese momento por las nubes, porque casi se nos muere allí mismo y alguna que otra contusión debido a tropiezos con los picos de estanterías durante la lectura de los poemas. De todas formas, queremos aprovechar esta entrevista para agradecer, no solo a los clientes, personal sanitario, fuerzas de seguridad y al vendedor de lotería de la Cruz Roja que nos prestó atención psicológica durante el suceso, por un comportamiento ejemplar de todos ellos, sino al escritor que con sus poemas nos regaló un día que difícilmente olvidaremos nunca.

Foto de la librera en pánico.

-¿Qué conclusión sacáis de todo esto? 
-Que no sabremos las verdaderas secuelas de todo lo que sucedió en esa librería esta mañana de primavera, hasta que, dentro de 20 años, nos volvamos a reunir en este mismo lugar, y revivamos uno de los momentos más excitantes que hemos vivido en esta librería de la calle Concepción.

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