José Ramón Macías, de educador en la Ciudad de los Niños a docente en la Onubense

Muchas veces, la vocación nos llega en un momento inesperado de nuestra vida, puesto que, más que elegir lo que queremos hacer, es nuestra trayectoria la que nos va guiando en el camino. Una cuestión que ha vivido en primera persona este onubense que, tras iniciar estudios de electrónica, encontró en el Magisterio su razón de ser.

José Ramón es profesor en la Universidad de Huelva.

M. P. D. José Ramón Macías Ballestero (Huelva, 1989) nunca tuvo claro qué quería ser de mayor. Siendo pequeño, lo que más le gustaba era el mundo del motor, porque siempre había visto a su padre y a su hermano conducir un autobús, así que era lo que más le llamaba la atención, el ser conductor. Sin embargo, luego la vida le ha ido llevando por otros derroteros bien distintos y, en la actualidad, con 29 años, se encuentra trabajando como Profesor Sustituto Interino en la Universidad de Huelva. 

No en vano, reconoce que en su familia siempre le han etiquetado como “el listo” de la casa. Según nos cuenta, “supongo que sería por la facilidad que tenía de controlar todos los aparatos electrónicos, recordar fechas, números de teléfono, etcétera. Pero, la realidad, a mi parecer, es bien distinta”. 

José Ramón nos cuenta su trayectoria académica desde que comenzó a estudiar en el Colegio ‘Andalucía’ de Huelva.

En concreto, la trayectoria académica de este onubense se inicia en el colegio ‘Andalucía’, situado en la barriada del Torrejón, “un barrio humilde, con una idiosincrasia muy particular, donde residen personas de clase media y baja. En ese colegio destacaba en el ámbito académico, ya que, dada la diversidad del alumnado que había en los años 90, hacía que niños y niñas, donde las familias se involucraban en la educación de sus hijos e hijas, les resultara más fácil seguir el ritmo que marca el currículum en Educación Primaria”, nos comenta. Luego, en 5º de Primaria, sus padres decidieron cambiarlo al Colegio Salesianos de Huelva. “Siempre recordaré el primer día en ese colegio. Era totalmente distinto. Allí no destacaba en lo académico. Era uno más. Enseguida hice muchos amigos. Era un ambiente que jamás había conocido. Mi comportamiento en ese centro no era del todo bueno, aunque académicamente no me fue mal”, nos dice. 




Luego, en Secundaria, recuerda que dejó de sacar buenas notas, fruto de la adolescencia. Tal y como nos cuenta, “no destacaba por ser buen estudiante. De hecho, nunca me he considerado como tal y, actualmente, tampoco. No repetí curso ya que, como todos los años, en junio me ponía las pilas y aprobaba en las recuperaciones”. Siendo así, cuando en 4º de ESO llegó el momento de decidir su futuro, tuvo claro que no quería optar por Bachillerato, así que se decantó por estudiar el Grado Medio de Equipos Electrónicos de Consumo. “Me gustaba la electrónica y. como hobby, sigo investigando  e inventando en la actualidad. Ahí comprendí que podía hacer lo que quisiera, siempre y cuando me gustara. Comencé a sacar muy buenas notas. Fueron dos años que disfruté y de incertidumbre, por así decirlo. No tenía claro nada”.

Se matriculó en Ingeniería Electrónica en la UHU.

En este contexto, al terminar el Grado Medio, José Ramón se presentó a la prueba de acceso a grado superior, un examen que nos explica que “la hice en septiembre y, gracias a la ayuda de Paco, mi amigo del colegio, que estuvo ayudándome a prepararla, aprobé y me matriculé en el Grado Superior de Telecomunicaciones e informática. ¡No me gustó nada! Además, lo cursé en el IES Pintor Pedro Gómez y tenía que ir todas las mañanas desde El Torrejón hasta allí en una bici que me dio un amigo del barrio. Durante esa etapa, me vi envuelto en una crisis existencial importante, ya que no sabía qué hacer con mi vida. ¿Estudio la ingeniería? ¿Busco trabajo?… Finalmente, decidí matricularme en Ingeniería Electrónica“.




Descubrió su vocación por el Magisterio.

Fue así cómo este onubense comenzó esta carrera en la Universidad de Huelva. Pero, a causa de un problema de salud, tuvo que abandonarla. Este tiempo de paréntesis obligatorio le sirvió para reflexionar sobre “qué quería hacer en la vida, sobre quiénes estaban y quiénes no, en definitiva, me hice mayor. La vocación es algo muy subjetivo. Como dice el juez de menores Emilio Calatayud, “la vocación es algo que sólo lo tienen los frailes”. Así, yo decidí estudiar Magisterio ya que, inconscientemente, era algo que estaba haciendo desde los 14 años en los Grupos de Fe del Colegio Salesianos. Allí me enseñaron a transmitir valores a los chavales, a trabajar por los más desfavorecidos y, sobre todo, a creer en lo que hiciera. Y comencé la carrera, como digo, teniendo claro que ese era mi camino, pero no mi vocación. Tuve un profesor de Plástica, Quini, -Que en paz descanse-, que me notó alicaído un día en su clase. Se acercó a mí y poniendo su mano en mi hombro me dijo con esa voz y esa entonación inconfundible, “Jose…, tú vales pá esto”. Ahí empecé a ver que la decisión era la correcta”.

En segundo de carrera conoció a Javi, un profesor de Didáctica que le marcó mucho.

Estando en segundo de carrera, cursando la asignatura de Didáctica, conoció a un profesor que le marcaría a partir de entonces: Javi, que ahora es un gran amigo. Por aquel entonces, el docente tenía 28 años, contando con una gran oratoria y una metodología diferente. Según nos explica Macías, “lo tenía todo para yo fijarme en él y copiarlo. Copiar de él todo, ya que pensé que, si quería ser como él, tendría que hacer lo mismo que él hace… ¡Es lógico! Al año siguiente, fui alumno colaborador suyo. Ambos formamos un tándem parecido a Don Quijote y Sancho Panza. Hoy día sigue siendo mi referente”. 

Tras terminar la carrera, según afirma, “sin destacar en cuanto a altas calificaciones, pero sí por hacer cosas diferentes. Me sentía diferente. No quería ser maestro de Primaria. No decía que me gustaban los niños. Quería ir más allá. Quería “salir en Google”, como decía siempre a mis amigos en tono de broma. En la carrera conocí a personas increíbles. Sin duda, fue una etapa que repetiría en bucle infinito. Creo que jamás me cansaría de esos cuatro años”.

Su primera oportunidad laboral como educador la tuvo en el año 2014, cuando estuvo dos meses en un centro de menores, un espacio en el que se percató que, tras las clases, está el mundo real. Así que, como le encantaba la universidad, decidió continuar formándose. Y, para ello, se matriculó en el Máster de Educación Intercultural, una experiencia que considera que fue “muy positiva, donde aprendí lo suficiente para salir al mundo e intentar cambiarlo”. Después, continuó con el programa de Doctorado, “por tener la necesidad de cambiar las bases de una sociedad, la cual está en franca decadencia de valores, pero que, sin duda, saldremos. Todo es cíclico”.

Pudo estudiar gracias a una beca de la Fundación Atlantic Copper.

Como nos explica, “fui becario de la Fundación Atlantic Copper en el Máster. Necesitaba sustento económico para pagar los congresos o, simplemente, vivir. Y, a través de una compañera, conocí la existencia de estas ayudas. Fue un año duro, en el que el futuro me lo pintaban muy negro si quería continuar allí. Por desgracia, en este país, no recibimos apoyo económico por parte de las instituciones públicas. Ha de ser con ayudas como la de la Fundación Atlantic Copper con las que tenemos que contar para labrarnos nuestro futuro. Y esta beca fue un alivio económico, un pequeño empujoncito para alcanzar mis metas. Influyó en no tener que pagar el máster y en no tener que, durante un tiempo, preocuparme en exceso por mi economía”.

Tras acabar estos estudios decidió dejarlo todo y experimentar un tiempo fuera de la Universidad. “Estaba muy agotado, necesitaba un respiro, por lo que volví al Centro de Menores. Empecé a trabajar llevando el autobús escolar. Resulta anecdótico, pero, escuchando a los chavales hablar en ese autobús, uno aprende. Finalmente, me dieron la oportunidad de ser educador nuevamente. Han sido casi dos años en los que solo puedo tener palabra de agradecimiento a esa institución. Ciudad de los Niños para mí ha sido un antes y un después en mi vida. Me he hecho mayor allí”, afirma.

Su balance de todo este tiempo es muy positivo.

En este contexto, en octubre del pasado año 2018 recibió una llamada de la Universidad de Huelva para incorporarse como Profesor Sustituto Interino a través de la bolsa de trabajo. En concreto, imparte clases en Educación Infantil y Educación Primaria. Una ocupación en la que continúa en la actualidad. Para José Ramón, su balance de esta etapa profesional es “muy positivo. La vida me lo pone siempre muy fácil. Sólo me limito a levantarme cada día y remar. ¿Hacía dónde? No lo sé. No creo que nadie sepa hacia dónde se dirige en la vida. Tal vez no haya una meta, simplemente haya un camino. Me limito a disfrutar de él, nada más. Lo que sí tengo claro es que defiendo unos ideales, algo que se sale de los estándares establecidos, por lo que, a veces, no encajo. Hay personas demasiado cerradas de mente. Es importante trabajar la flexibilidad mental”.

Con esta base, de cara al futuro, este docente espera “seguir creciendo tanto personal como profesionalmente. Me gustaría crear una especie de asesoría familiar. Creo que la sociedad está cambiando a pasos agigantados y a los padres y madres les está cogiendo un poco a contrapié todo este cambio. Y, del mismo modo, mi deseo es seguir teniendo siempre las mismas ganas de conseguir nuevos sueños, de luchar por ellos. Ambición le suelen llamar, aunque a mí ese término no me acaba de convencer, así que dejémoslo en hambre”.

Steve Jobs.

Para terminar, José Ramón Macías nos deja este mensaje: “Que si tienen sueños, que luchen por ellos. Y, que, si no los tienen, que los busquen. Sin sueños es imposible levantarse cada mañana con ganas de vivir. Estamos aquí para ser felices. No importa lo que seas en la vida, sino cómo lo estés viviendo. Y que, absolutamente todos y todas, somos iguales en derechos y deberes. Está mal que diga esta afirmación, ya que se presupone que debe ser así. Pero, por desgracia, vivimos en una sociedad cerrada y retrógrada, donde algunos piensan que son más valiosos que el mendigo que está viviendo entre cartones o que el inmigrante que vende pañuelos en un semáforo. Pero todos acabamos en el mismo sitio… Y, aunque la vida nos lo ponga difícil, debemos seguir adelante. Y, si es necesario parar, pues se para y se vuelve a empezar. Como dijo Steve Jobs en un discurso de graduación en la Universidad de Stanford. “A veces la vida te da en la cabeza con un ladrillo, no pierdas la fe””.










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