Damas

Supe que mi hijo era escritor, desde el mismo día que me vomitó encima

Carmen Márquez Gómez (Moguer, 1940), a día de hoy, sigue siendo una mujer emprendedora y autodidacta con dos Máster, uno en elaboración de patatas fritas con huevo y el otro, y más importante, en hacer feliz a todos los que la rodean.

Carmen Márquez Gómez.

José Manuel Alfaro. Carmen Márquez Gómez (Moguer, 1940), directora financiera, recursos humanos, innovación, desarrollo y mantenimiento durante más de 50 años en su propia empresa. Nos cuenta en esta entrevista, que tener un hijo escritor es complejo, sobre todo cuando te enteras inesperadamente, porque te ha vomitado encima todo el biberón. Pero al mismo tiempo, ha sido una de las cosas más maravillosas que le ha pasado en la vida. Eso y tener una hija funcionaria, otra maestra, un informático y otra matrona, trece nietos a día de hoy y un gran compañero, en este viaje a la felicidad, que para ella es la vida. Eso sí, como ella nos relata en esta entrevista, la vida en estos setenta y ocho años, ha sido, como un viaje de novios en Vespa a Santa Olalla del Cala, lleno de subidas, bajadas, curvas y vómitos.

-¿Qué hay  que hacer para tener un hijo escritor? 
-Que tengo que empezar por el principio [ríe], con lo de primero se pone la semillita con mucho amor, hasta que un día esa semillita llega a un lugar secreto y nueve meses más tarde se hace la vida después del llanto,  o me puedo ir directamente a la parte en la que el niño escritor Bebe, se llevó sus primeros años de vida vomitando sin parar, sin que nada ni nadie, pudiera parar esos biberones saliendo como una  fuente por la boca y la nariz, convirtiendo todo lo que cogía a su paso en un manto pestilente de nieve agria corrompida. O prefieres que empiece hablar después de la  visita al médico que acabo con su vomitiva etapa, después de ponerle en su culo un tratamiento especial a base de inyecciones intramusculares, que no se si lo curaron pero al menos le hicieron parar. Creo que en aquella etapa de mi vida me di cuenta que entre mis manos estaba creciendo un ser complejo, un escritor que estaba aprendiendo ya a vomitar como nadie. A partir de ahí todo ha sido un no parar en su vida, le han escayolado el brazo, cogido puntos en la barbilla, en la frente, donde ya no le queda hueco que no esté suturado, tiene cortes en el brazo derecho y en el muslo de la pierna. Mi hijo tiene más cicatrices que Jesulín de Ubrique, eso sin contar que se quemó un día la cara haciendo liria con su primo en el campo y que una noche de verano, fue atropellado por un coche, a la vista de los hechos que han rodeado parte de su vida, creo que se podría decir, que mi hijo es un hombre con suerte. Aunque quizás te tendría que decir que hay otra pregunta antes, más importante, a la que te tendría que responder y es ¿qué hay que hacer para tener un hijo feliz?

Con su hijo el complejo, José Manuel Alfaro.

-Empecemos otra vez Carmen, ¿Qué hay que hacer para tener un hijo feliz?
-Yo nunca he tenido claro que sería de mayor mi hijo, como he explicado en la pregunta anterior, lo único que tenía claro era que era un niño complejo, un niño que lo cuestionaba todo, si le ponías el vaso de leche en un lado, él se movía al otro, cuando terminaba de comer se iba a la calle y se llevaba todo el día jugando con los amigos o se perdía con la bici por las calles del Moguer o incluso cosas peores para un niño, había días en los que se sentaba en el umbral de la calle y no paraba de contar coches, hasta que no lo llamaba para cenar.
Cuestionarlo todo era su razón de ser y sobre todo la de su complejidad. Frente a este escenario, hacer feliz a un hijo es un asignatura  difícil, que solo tiene un camino, emplear la medicina más grande que tiene una madre para hacer felices a todos sus hijos, mucho amor y patatas fritas con huevo. Bueno y paciencia, dulzura, empatía, silencio, besos, caricias y algún castigo de tarde en tarde. Puede que  los niños holandeses sean los más felices del mundo según un informe de UNICEF del 2018, pero mi hijo el complejo, nunca ha dicho que no a algo tan simple como un plato de patatas fritas con aceite de oliva y un huevo revuelto, habrá otros ingredientes para hacer feliz a los hijos, como atiborrarlos de azúcar, llenar sus estanterías de juguetes sin utilizar, llevarlos todos los fines de semana a los centros comerciales, dejarlos ver la televisión hasta quedarse dormidos o en estos tiempos tecnológicos convertirlos en verdaderos yonquis de las pantallas. Pero yo siempre he sido más de lo tradicional, de la mariposa sobre la flor, el columpio roto del parque,  de tendernos en el césped con bichos, comer sobre un mantel en el suelo un día de campo, dejar que jueguen en el barro, se bañen en la playa en mayo o de llevarlo a él y a todos sus hermanos a las fiestas de Lucena del Puerto en el mes enero. ¿Por qué que es la felicidad?, si no la lava de la yema de un huevo cayendo desde una montaña de patatas fritas, impregnándolo e inundándolo todo, para toda la vida.




Patatas fritas con huevo.

-¿Ha comido muchas patatas fritas en su infancia?
-Yo tuve la suerte de tener unos padres que me quisieron mucho, a los que perdí demasiado pronto [Carmen se emociona y paramos la entrevista]. Con seis años (1946), perdí a mi padre victima de la tuberculosis, mi madre estaba en ese momento embarazada de una niña que nació ese mismo año y que murió dos años más tarde de paludismo (1948). Carmen nos cuenta que después vinieron años aún más tristes, que tuvieron otro punto de inflexión, con la muerte de su madre y su traslado en 1951, al centro María Auxiliadora, un internado de los Salesianos en Madrid, donde Carmen y su hermana Ángela, pasaron solas toda su juventud, un lugar del que ella ya mujer, regresó a Moguer en 1958. Fue una infancia triste y dura de una posguerra, no de esas que se ven en las películas, sino de las de verdad. Nadie de hoy se puede imaginar lo que yo viví en esa época, ningún escritor de hoy podría poner palabras a esos años de sufrimiento. Unos años que me enseñaron que solo el amor, la generosidad, la amabilidad y la solidaridad son el verdadero camino a la felicidad. Cuando volví a casa, empecé a trabajar en la tienda de mi tío Paco Camacho, en la Plaza de la Iglesia, en pleno centro de Moguer. Estuve seis años entre telas, pellizcas y ultramarinos, hasta que en el 1964 fundé mi propia empresa junto con mi marido, donde he ocupado durante más de 50 años el puesto de Directora financiera, recursos humanos, innovación, desarrollo y mantenimiento y donde he podido crecer como persona.

El lugar en el que trabajó entre 1958 y 1964.

Un trabajo que me ha permitido compatibilizarlo con el cuidado y la educación de mis cinco hijos, algo que tengo que reconocer que no ha sido fácil, sobre todo cerrar los años fiscales mientras te vomitaba tu hijo el escritor encima. Si no hubiera sido mi empresa, estoy segura que hubiera tenido que abandonar mi trabajo, creo que si en esa época hubiera habido unas políticas auténticas y realistas de conciliación familiar, hubiera sido todo más fácil. Fueron años de mucho trabajo y carga mental femenina, pero gracias a todo ese esfuerzo personal, a día de hoy, puedo mirar a la vida, un poco más tranquila en mi sillón relax,  mientras veo el programa de las sevillanas de Canal Sur y observo de reojo el pastillero, el tensiómetro, el glucómetro y una paredllena de fotos de toda un vida. Hoy puedo decir que a pesar de los momentos duros que la vida me ha regalado, porque los ha habido, estoy feliz de ver que todo mi sufrimiento, ha servido para que mis cinco hijos hayan podido disfrutar de una educación pública y gratuita y yo pueda ir a recoger a la farmacia todas mis medicinas, que son muchas, sin bolso, ni cartera y ni tarjeta de crédito.




Con algunas de sus hijas.

-¿Qué le diría a esos padres y madres, a los que un día su hijo o su hija se levanta por la mañana y le dicen que quiere ser escritor o escritora?
-Lo mismo que si les dijera que quieren ser, ingeniero, bombero, maestro, jornalero, talabartero, pregonero, latero, afilador, lechero, cenachero, paragüero, sereno, colchonero, deshollinador, despertador humano, cortador de hielo, cazador de ratas, colocador de bolos, resucitador, daguerrotipista, carbonero, santero o enterrador. Lo mismo que si me dijera que se quiere cambiar de sexo o que quiere dejar la universidad para irse de Au Pair a Francia un año entero. Solo le podría decir una cosa, que si eso es lo que tú quieres, pues a por tu sueño. Una de las funciones no remuneradas económicamente, entre otras muchas, de ser madre, es dejar que sus hijos se equivoquen, pero hay todavía una lección más importante, que cuando un hijo toma una decisión, siempre es mejor, que seamos nosotros quienes estemos equivocados y no ellos. Eso sí, hay una cosa que no le permitiría a mi hijo, que si conociera en uno de esos saraos literarios a Isabel Preysler, la novia del escritor Vargas Llosa, no me la presentara para preguntarle cuál es el secreto de su cutis inmortal [Carmen, ríe]

Carmen, escribiendo.

-¿Se quiere más a un hijo porque sea escritor? 
-Cuando algunos de mis hijos me pregunta, como en el cuento –Mamá, mamá ¿cuál de tus cinco hijos es más guapo? Yo siempre les contesto lo mismo – Sois todos muy guapos y todos a vuestra manera, así que en ese aspecto soy un poco salomónica. Ser madre es un juego de equilibrios y equidad, los padres, dependiendo del momento, somos jueces, verdugos, policías, alguaciles, legisladores, mediadores, psicólogos y eso cansa mucho. Y si a eso le unimos la capacidad de adaptarse los hijos a las circunstancias y la inteligencia con lo que lo hacen, se podría decir que mi casa ha sido lo más parecido a tener una granja de camaleones, si es que eso existe.

-¿Le hubiera gustado ser escritora?   
-Los padres de alguna manera somos también escritores en la vida de nuestros hijos. Yo inscribí a todos mis hijos en el registro civil cuando nacieron. Yo publiqué mi primer libro con 25 años, se llamaba “Libro de familia” [ríe] y que va ya, por su quinta edición, mi hijo ha publicado su primer libro a los cuarenta y dos y va ya por la segunda. De momento, no pienso ni escribir ni reeditar más mi libro, aunque lo mismo me planteo hacer uno de memorias, que podría titular “Manual de resistencia”, me lo pensaré. Lo que sí sé, es que a pesar de todo lo que he vivido, aún me quedan muchas cosas por hacer, como cambiar de trabajo, me encantaría trabajar en Loney Planet como redactora de guías de viaje, sacarme el carnet de conducir en la autoescuela de Alcante de Moguer, ir a un concierto de uno de los concursante del programa La Copla de Canal Sur o cosas más sencillas, como pasear sin que me duelan las piernas, tomarme un café con dulces para diabéticos con mi hermana, hacerle una visita a mi nieto en Francia, o porqué no, celebrar este año mi cumpleaños con una fiesta sorpresa en el Mesón el Lobito de Moguer [ríe]

Viendo Canal Sur.

-¿Quién es Muleman para ti, Carmen?
-Bueno Muleman es, en primer lugar, el protagonista del primer libro que ha vomitado mi hijo y en segundo lugar y dentro de la complejidad que define su poliédrica personalidad y simplificando el tema para no alargar la entrevista, porque tampoco creo que sea necesario hacer una análisis profundo del ser que representa y esa dualidad emocional en la que vive y en la que el protagonista de la historia, quiere destruirse una y otra vez a sí mismo, pero que siempre termina saliendo airosoél mismo una y otra vez. Y dejando de lado el plano optimista y existencial del protagonista, aunque realmente son dos protagonistas que luchan por convivir juntos, yo creo que, desde mi modesto punto de vista, Muleman es Muleman, tan sencillo como eso, no le demos más vueltas a las cosas…

Carmen Márquez Gómez (Moguer, 1940), directora financiera, recursos humanos, innovación, desarrollo y mantenimiento durante más 50 años en su empresa y en la que ha podido crecer como persona al mismo tiempo que compatibilizarlo con el cuidado y la educación de cinco hijos. A día de hoy sigue siendo una mujer emprendedora y autodidacta con dos Máster, uno en elaboración de patatas fritas con huevo y el otro y más importante, en hacer feliz a todos los que la rodean.








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