Damas

Habla del libro ‘Muleman’ la filóloga que descubrió una falta de ortografía en una línea

Ana Garrido Fargas (Huelva, 1994) es graduada en Filología Hispánica por la Universidad de Huelva y trabaja como editora de contenidos para Okto-Contenidos.

Filóloga corrigiendo la fachada.

José Manuel Alfaro. Ana Garrido Fargas, es Filóloga Hispánica y artífice del descubrimiento de una falta de ortografía en una de las líneas de un texto, que el autor había revisado hasta la extenuación. Pero ha sido esta filóloga entrenada en la Universidad de Huelva durante estos duros años de estudios, la que ha tenido la capacidad para localizar lo que podría haber sido una errata más de un libro recién editado. Una perspicaz filóloga, que contesta a unas preguntas que no tienen que ver tanto con el contenido del libro, sino con aspectos más formales de nuestra lengua como son la morfosintaxis, la semántica y la ortografía.

-¿Ha sido para una filóloga difícil corregir el texto? 
-En realidad, a nivel profesional, no. Creo que cualquier filólogo/a que se dedique a la corrección y conozca las actualizaciones de la RAE, podría hacerlo. Sí es cierto que, a nivel personal, puedo decir que ha sido lo más arriesgado que he corregido. En mi día a día reviso muchos textos de personas muy cualificadas que publican con Okto-Contenidos y raramente dudo cuando tengo que tomar una decisión sobre el texto, sobre añadir, quitar o modificar una línea, consultándolo siempre con el autor/a, claro. Sin embargo, cuando José Manuel me propuso revisar el texto me entró un poco el miedo y recuerdo que lo primero que pensé cuando me senté manos a la obra fue… «por favor, que esté todo bien», porque de verdad que no quería verme en la tesitura de tener que proponerle muchos cambios al texto. Creo que cuando un corrector se enfrenta a un texto que no es suyo siempre tiene que hacerlo con cierto respeto, en este caso, el respeto se duplicó. Al final, solo fueron algunos fallos ortográficos y añadir algún que otro signo de puntuación. No me provocó ningún dolor de pecho.

Otro momento de la corrección.

-¿Qué análisis filológico harías del texto? 
-Tengo que reconocer que cuando corrijo no me paro a hacer en profundidad un análisis sobre el texto, porque me volvería loca, pero observando el texto más profundamente tengo que decir que en realidad no es muy complejo y eso es un buen síntoma. A veces, las cosas complejas evitan que se produzca en el lector lo que los griegos llamaban «catarsis», ese redescubrirse y purificarse por medio de la contemplación de una tragedia. Que el texto no esté plagado de construcciones sintácticas interminables en las que encontramos una oración dentro de otra; que el autor haya mantenido un orden sencillo entre sujetos y predicados; o que en sí el texto no contenga un vocabulario exageradamente difícil, ayuda realmente a que el libro pueda ser leído tanto por jóvenes como por adultos, haciendo que Múleman sea visto como algo diferente en cada etapa de la vida. No es tan importante la estructura morfosintáctica del texto, sino su significado humano.




-¿Cómo influyen los adjetivos?
-Este texto no contiene mucha adjetivación, es cierto, pero la que tiene es interesante porque pretende ahondar en los sentidos del lector, en la vista, en el tacto, el oído…, y bajo mi punto de vista, las ilustraciones incentivan este propósito, de manera transversal son la propia adjetivación del texto. Por ejemplo, aunque no quiero desvelar nada para quienes no lo han leído, en una de las ilustraciones aparece una tapa de alcantarilla que se abre y, en consonancia con el texto, hace que mis sentidos me recuerden a un paseo por una calle a pleno sol en verano, pasando cerca de un contenedor que desprende ese olorcillo tan característico a poco limpio.
Creo que quien se acerque a este libro tiene que saber que no debe ponerle trabas a su imaginación. Es importante detenerse un buen rato en lo que le llama la atención y disfrutar del baile de la mente con los sentidos… O, si lo prefiere, sencillamente huir de lo que le escandaliza.

Buscando inspiración.

-Los diálogos, ¿cómo se solucionan?
-Partiendo de la base que en este libro no existen diálogos como tal —el emisor habla y el receptor descodifica el mensaje para responder a tiempo real—, no se soluciona, estructuralmente hablando, de ninguna manera.  Creo que es más profundo todavía, a ver si logro expresarme para que me entiendas.
El autor hace de emisor a través de su personaje ficticio para que el receptor  (en este caso cada individuo que se atreva a abrir el libro) desentrañe el código que contiene el texto y así lograr que el espectador mantenga, al tiempo que lee, una conversación consigo mismo. Este diálogo interior no es escuchado ni respondido, ni por el autor ni por el protagonista del libro, sino que son las dudas, preguntas o revelaciones que les surge al lector durante la aventura y que exclusivamente permanecerá dentro de cada uno, o una.

Ilustraciones del interior del libro.

-¿Hay algo que le haya gustado especialmente del texto, filológicamente hablando?
-Filológicamente hablando…, me estás complicando el asunto. Venga, me voy a quitar la máscara… No todo lo que leo lo paso por mi ojo profesional, a veces me gusta simplemente disfrutar de una buena lectura y no me paro a hacer un examen de cada palabra, pero como me lo pides… A ver, realmente me gusta el texto. Como ya he explicado no es demasiado enrevesado, no pretende que al lector le dé un dolor de cabeza y se le queden los ojos mirando cada uno hacia un lado, pensando: ¿qué acaba de ocurrir aquí? Eso me gusta. La sencillez lingüística al mismo tiempo que una profunda reflexión es difícil de conseguir, ya os digo. Quizá lo que más me gusta es la función expresiva que contiene el texto. Hago un paréntesis para decir que la función expresiva se utiliza para (como dice la palabra) expresar sensaciones, sentimientos o pensamientos por parte del emisor. Como he dicho en la pregunta anterior, al leer nos convertimos tanto en emisores como en receptores, por lo que esta función la realizamos y recibimos nosotros mismos. Nos hace reflexionar y expresar los sentimientos que saca a la luz en nuestro interior el texto y al mismo tiempo las ilustraciones. Tiene que ver también con la adjetivación que comentaba. Me encanta que un texto me descubra emociones y yuxtaponga sentidos como la «soledad sonora», como también decía San Juan de la cruz. Un libro que no te despierte ninguna inquietud pienso que no debería ser leído, es cruel, pero es mi opinión.

-¿Las ilustraciones han entorpecido su trabajo?
-Para nada, ya lo he expresado anteriormente. Las ilustraciones me parecen mágicas. Hacen una simbiosis perfecta con el texto y el hecho de que estén en blanco y negro me parece un detalle muy importante, obliga a que los espectadores pongan a trabajar ese impresionante don de la naturaleza que es la imaginación. ¿Sabes lo que es la sinestesia? La capacidad de asociar los colores con las palabras, por ejemplo, yo siempre he asociado el rojo con las matemáticas y el azul con el lenguaje. Eso mismo logra el texto, que cada página sea diferente para cada lector, que cada párrafo le dé un color distinto a cada dibujo. Algunos verán unos colores que otros quizá no perciban, incluso habrá quienes no vean ninguno. Las ilustraciones dotan al texto de una libertad imaginativa infinita.

Nota de la correctora.

-¿Sufres mucho cuando ves una falta de ortografía? ¿Y en los grupos de WhatsApp?
-Hay veces que he querido lavarme los ojos con lejía tras ver verdaderas burradas, pero luego reflexiono y sólo me llevo las manos a la cabeza pensando que yo también soy humana (ríe) y la verdadera burrada es pensar que yo no cometo fallos, porque los cometo, en eso consiste crecer, en aprender de ellos.
Y en referencia a Whatsapp, como cualquier red social, por supuesto que es un hervidero de malos hábitos en la escritura. A veces nos dejamos llevar (y me incluyo) por la pereza de no poner tildes o comas y eso puede inducir a muchos errores. Una coma le puede salvar la vida a alguien porque imagínate decir en el grupo de tu familia un día cualquiera: «vamos a comer niños» en lugar de «vamos a comer, niños» puede provocar que tus tíos piensen que te has dado al canibalismo, es un serio problema. Así que, por favor, desde aquí hago un llamamiento al buen uso de nuestra lengua para que a nadie le duelan los ojos al leer ha visto mucho gente en la fiesta de cumpleaños, y todos seamos un poco más felices.

-Si el autor le propusiera corregir otro de sus libros, ¿lo haría?
-Ah, ¿pero piensa seguir con esta locura? Me lo espero la verdad, viniendo de él. Es broma, sí, estaría encantada de poder participar en todos los proyectos que propusiera, nunca me he cerrado puertas, ni lo voy a hacer, por eso, no solo estaría dispuesta a corregir sus futuros libros, sino que cualquier escritor/a que lo necesitase, podría contar conmigo sin problema.

La encontró.

-¿Qué hay que hacer para ser una buena cazadora de faltas de ortografía?
-Antes que nada, yo aconsejaría tener una buena salud visual y graduarse bien la vista, porque, entre tanto texto, el cansancio visual aparece y ya no sabes si estás viendo puntos, comas, tildes o camellos. Después sugeriría paciencia con un toque de agilidad en los dedos para señalar el fallo cuanto antes; y, por supuesto, conocer al dedillo las últimas novedades que añade nuestra querida RAE y cómo se usan correctamente los signos de puntuación para no dejar a nadie sin aliento.

Portada del libro.

-¿Hay algún fallo que haya quedado por el camino?
-Alguno hay, pero nada que no se pueda arreglar. Sí me gustaría aclarar que la primera vez que José Manuel me dio el borrador, que fueron los diez poemas largos en los que se basa este libro, me quedé extrañada con el título y realmente leí Múleman, aunque no tenía su correspondiente tilde en la «ú». Perfectamente podría haber adoptado esa palabra inventada como española y haberla «allanizado», ya que al terminar en -n (como volumen) y no llevar tilde, quizá era lo más propio que haría el lenguaje al estar frente a una palabra desconocida. Curiosamente, la leí como una palabra esdrújula solo por el simple hecho de parecer que estaba escrita en inglés. Es como «Spiderman», no queda bien con el acento en la -e-. Múleman creo que debería ser lo mismo, el hombre mulo, una mezcla además del español con el inglés. Me parece fantástico poder reflexionar también sobre esto, pero creo que es decisión del autor el poner o no la tilde a su personaje. Lo dejo en sus manos.

Ana Garrido Fargas (Huelva, 1994) es graduada en Filología Hispánica por la Universidad de Huelva y trabaja como editora de contenidos para Okto-Contenidos. Cuenta que eligió la carrera por su cariño a la literatura aunque, en un arrebato de locura, decidió que la lingüística iba a ser su mayor pasión, terminando su carrera en Filología con un proyecto interesante a la par que absorbente. En sus ratos libres le gusta escribir y divagar sobre el sentido de la vida a la luz de un buen vino, pensando que algún día también ella verá publicada alguna de sus locuras.






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