Una calle en Amargura. Elisa Vázquez de Gey

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Exposición Saint Denis. La Reunión.
Una Casa en Amargura.

Lola Lazo. Pocos temas podían resultarme tan sugestivos para una lectura de verano como aquél que centre la acción en La Habana del s. XIX. Y llegaron a mis oídos noticias de una novela de temática de interés: Cuba, los años previos a la Independencia, la esclavitud… y la Isla Reunión.

Tengo a Cuba en mi pensamiento desde que de niña, unos cubanitos exiliados, contaban en Punta Umbría sus recuerdos y sus añoranzas: la corta de la caña con el runrún de fondo del discurso de Fidel; el buen ron; la abuela médico pediatra (ojo, hablamos de los primeros años 60) que había huido a Miami; y sobre todo, el vientecillo fresco del puerto que se colaba por las estrechas calles de La Habana Vieja.

Años después, seguí soñando con la Isla en las canciones de Carlos Puebla, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés… hasta que hace ya algunos años, pude visitarla.

Y si, La Habana es Cádiz, pero también es la Isla de La Palma, o Tenerife; en suma, mucho de lo nuestro allí. Recuerdo en un viaje a La Palma cómo los palmeros cantaban con emoción Habaneras, y mejor que nadie el Son cubano.



Catedral de La Habana.

Mucho de lo nuestro en arquitectura; maravilloso barroco de iglesias y plazas; museos y bibliotecas de rico y antiguo contenido; archivos municipales con sus Actas Capitulares que se adentran hasta el s. XVIII; Casas de la Música; un acertado urbanismo, hábitos y modales en el comer, en el dormir (el beso de buenas noches, tan español, viene a decir la niña de la novela…) y la impresión de que negros, mulatos, chinos y blancos hayan asumido que esa historia y esa cultura les es propia desde hace siglos.

A Reunión, antigua Isla de Bourbón, he ido algo más recientemente, y al pisarla tuve la alegre sensación de volver a Cuba de alguna manera: a sus palmerales, a sus extensos campos de caña de azúcar, pero mucho más que todo eso, a ese pasado hermano y estremecedor por el que ambas están también unidas: la esclavitud.

Templo Siva. Isla Reunión.

Y en parte, de eso va el libro del que quería hablarles. La trayectoria de una esclavita desde su país africano a la Isla Bourbón primero, luego Portugal, y aterrizando por fin en la Cuba española a mediados del siglo XIX. Con sosiego y a la vez con dureza se retrata a los culpables: negreros despiadados, jefes de tribus cómplices de los anteriores, propietarios y colonos de ambición sin límite. En este punto me paro a pensar lo cerca que estuvo nuestra tierra en esa despiadada ruta, al recordar a los negros de Gibraleón, Niebla, la propia Huelva, y hago acto de contrición por la parte que nos toca.

Pero también encontramos en la novela el reconocimiento a personas que redimen a la humanidad de ese pecado atroz, como el Padre Monnet, una especie de Schindler de La Reunión salvando esclavos, los interesantes personajes de la intelectualidad cubana del s. XIX exiliados a Estados Unidos por defender la abolición de la esclavitud, o los criollos que abanderan la Independencia de la metrópolis, utilizando para ellos la biografía de personajes reales.  

Otra imagen de La Habana.

Interesante también resulta comprobar el grado de libertad y autonomía que en la Habana llegaron a tener las mujeres negras y mulatas, y muchos otros matices que hacen de la novela un auténtico disfrute.  

La historia se desarrolla con calidad literaria y precisión histórica, para lo que la autora demuestra un importante esfuerzo de documentación y rigor, mezclando personajes que verdaderamente existieron con los literarios, y consiguiendo una obra entretenida y a la vez didáctica.

Hasta aquí, el libro, que les recomiendo.

Pienso luego en el desarrollo posterior de la Historia, con mayúsculas.

La Reunión.

En Cuba, hoy, pasado, historia, cultura, han sido asimiladas de forma natural por una población alegre, ya sean negros como el betún, morenos como el azúcar, amarillos como la caña al secarse, o blancos, como las impolutas camisas que lucen los días de fiesta. Una población que en su conjunto se siente española (asturianos, gallegos, catalanes protagonizan los principales negocios en el s. XIX), o francesa, o italiana, europea en fin. Y si eso es así, también lo es la decadencia, la pobreza y un absoluto aburrimiento y resignación de la población ante una situación que se está haciendo demasiado larga.

Palmeral en La Reunión.

En La Reunión hoy, llama la atención la extraordinaria variedad de paisaje humano, distintas procedencias, religiones y vestimentas que conviven en una armonía que sorprende, sin interferirse. A diferencia de su isla “hermana”, La Reunión carece de Archivos o Bibliotecas Públicas de cierta antigüedad, Ingenios, Iglesias barrocas, ya que su historia es reciente, y como ya hemos dicho, presidida por las grandes explotaciones agrícolas trabajadas por esclavos donde nunca floreció nada parecido a la cultura. Ellos trabajan ahora con su historia y su memoria histórica sin complejos, de manera racional (no dejan de ser franceses, aunque vivan en medio del Índico) y sin ajustes de cuentas.

Exposición Saint Denis. La Reunión.

Tuve la oportunidad de visitar una exposición en los Archivos Departamentales, donde esa falta de fondos y documentos de antigüedad se compensa con unas instalaciones, servicios y proyección social que a la profesional del ramo le despertó la envidia. De forma rigurosa y emocionante los respectivos descendientes nos daban a conocer caras y nombres de esos esclavos, personajes  anónimos para la historia, pero protagonistas principales de ella. (Nota: me llamó la atención la aparición de apellidos tan rarísimos de algunos de ellos, como Mandnor o Linmoudu que yo creí de origen malgache, o indio, o comorés, y resultaba ser un juego de palabras: en el momento de libertarlos, agotados ya los nombres de árboles, plantas, se les ocurrió una forma de inventarlos, invirtiendo el orden de las letras o sílabas de palabras comunes. Aquí, en España, parece que el sistema era ponerles el apellido de sus antiguos amos, o en el caso de la cristianización de los judíos, también nombres de frutas, árboles, flores).

El Malecón. Cuba.

Hace años, en charla con el pintor cubano Jorge Camacho, por cierto, en aquél momento único superviviente de la lista de surrealistas de Bretón, al conocer mi apellido, Lazo, me cuenta afectuoso que el  segundo suyo coincide con el mío. Que su madre le decía que venía de España, de judíos españoles. Y yo divago pensando que alguno de mis antepasados alosneros, tan dados a la diáspora, fuese de tal espíritu aventurero como para surcar el Atlántico y contribuir a esa mistura que resulta ser La Isla Bonita del Caribe.

Pinar del río. Cuba.

Y así, “enLazando” pienso en la mujer valiente que buscándose el futuro que en su tierra se le negaba, ha atravesado el Índico y parido allí a una linda criollita que ha dejado registrados para siempre sus apellidos onubenses en  los Archivos de la Isla Bourbón. Y el rastro de su todavía inseguro trazo en la cubierta del libro que su abuela estaba leyendo.

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